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martes, 22 de mayo de 2018

Thelonious Monk Quartet con John Coltrane en el Carnegie Hall

Portada de Thelonious Monk Quartet with John Coltrane at the Carnegie Hall. 2005. Ilustración de Felix Sockwell.
El detective Harry Bosch, protagonista de la serie de novelas policíacas escritas por Michael Connelly, pone banda sonora a las tristezas y desengaños que le provoca la corrupción de Los Ángeles a base de muy selecto jazz. En la entrega número doce, “Echo Park”, respondiendo a la pregunta de una invitada a cenar (y a cualquier otra cosa que pudiera surgir...) acerca de lo que está sonando, afirma: "Yo lo llamo el «milagro en una caja». Es John Coltrane y Thelonious Monk en el Carnegie Hall. El concierto se grabó en 1957 y la cinta se quedó en una caja sin marcar en los archivos durante casi cincuenta años. Simplemente se quedó allí, olvidada. Un día, un tipo de la Biblioteca del Congreso que revisaba todas las cajas y cintas de grabación reconoció lo que tenían delante. Finalmente lo editaron este año pasado."


El "tipo" era Larry Appelbaum, supervisor del laboratorio que digitalizaba los fondos sonoros, y enseguida valoró la importancia del descubrimiento, que superaba en calidad de sonido, intensidad expresiva, compenetración y musicalidad a todas las grabaciones conocidas de tan grandes intérpretes, bastante escasas por problemas contractuales entre sus respectivas casas de discos. 
Contraportada de Thelonious Monk Quartet with John Coltrane at the Carnegie Hall. 2005.

Se trataba de la grabación de un concierto en el Carnegie Hall a beneficio de una asociación de Harlem, realizada en alta fidelidad por la radio pública Voice of América, que nunca llegó a emitirla. La revista Newsweek afirmó que el hallazgo era "el equivalente musical al descubrimiento de un nuevo Everest" y cuando Blue Note sacó el CD en 2005 fue un gran éxito comercial, al ser valorado como una de esas grabaciones históricas que se convierte en un clásico instantáneo, y reconocido como uno de los hallazgos verdaderamente geniales en la tradición del jazz porque documentaba el estado óptimo de la relación musical entre dos influyentes genios, dos creadores muertos hacía décadas (Coltrane en 1967 y Monk en 1982) 
John Coltrane, Shadow Wilson, Thelonious Monk y Ahmed Abdul-Malik en el Five Spot. 
La misma formación y año, 1957. Foto de Don Schlitten.
Pero volvamos de nuevo al piso del detective Bosch.
"Puso las cajas en el suelo del comedor y esparció las carpetas sobre la mesa. Había un montón y sabía que tendría ocupación durante al menos un par de días con lo que se había llevado de la oficina. Se acercó al equipo de música y lo encendió. Ya tenía puesto el cedé de la colaboración de Coltrane y Monk en el Carnegie Hall. El reproductor estaba en aleatorio y la primera canción que sonó fue «Evidence». Bosch lo tomó como una buena señal al volver a la mesa."
Thelonious Monk y John Coltrane.
Los datos, las evidencias, suelen estar por en medio, estorbando, a la vista de todos. Solo hay que pararse a mirar detenidamente y dar con "la caja milagrosa". 
Paciencia y observar.
Saltarán chispas.

lunes, 6 de junio de 2016

¿Qué jazz tocan ahora los músicos en Logroño?


Andrés Nagel. Serie de obras dedicadas al jazz. Museo de BB.AA. de Bilbao. Fotos de F.G. 12.2015.
Con el concierto titulado “Jazz de aquí y de ahora” acabó el decimosexto ciclo de jazz de Cultural Rioja. Tanto una cosa como la otra eran, en realidad, bastante relativas, tratándose de una materia tan intemporal y carente de fronteras como el jazz: los músicos, en su mayoría riojanos, estuvieron muy bien acompañados por otros excelentes venidos de provincias vecinas; la música interpretada se refería, sin discriminar, al callejero de Manhattan, la sentimentalidad rioplatense, el París evocado por su utilización en el cine, los campos de La Rioja, las calles de Pamplona o los cielos de Missouri; y entre los temas que escuchamos hubo standards, sonoridades clásicas y, eso sí, un buen puñado de excelentes composiciones novísimas creadas por los protagonistas.
En España, fuera de las grandes ciudades, el jazz “en provincias” tiene escenas locales bastante parecidas. En el caso de Logroño y La Rioja se caracteriza por un abundante número de grupos con bastante permeabilidad y miembros intercambiables, y unas cuantas citas estables, (los festivales de Ezcaray, Munilla, Alcanadre y Arnedo, y los dos ciclos de Logroño, el de Cultural Rioja en el Teatro Bretón -que continúa desde 2001 el largo camino que inició el Ayuntamiento en sus lejanas colaboraciones con la O.C.A. del Ministerio de Cultura y con el Festival de Madrid-, y el que ha recogido el Biribay Jazz Club tras el largo periplo del Café El Viajero, además de un puñado de actuaciones esporádicas. 
En cuanto al aprendizaje, más allá de la repetición autodidacta hay posibilidad de formarse en escuelas y conservatorios, ampliando estudios y horizontes en Musikene o en el Pablo Sarasate, o más allá según los intereses y las posibilidades de cada cual. Y hay también un grupo de aficionados considerable, pero que no llega a ser suficientemente amplio como para producir un salto cualitativo en la consideración pública e institucional y en la atención prestada por los medios de comunicación.
En ese difícil (por reducido y por árido) terreno de juego resulta imposible la profesionalización, y bastantes de los músicos permanecen ligados a la enseñanza, lo que supone claros inconvenientes pero evidentes ventajas, como mantenerse en contacto con los jóvenes y la información permanentemente renovada. Los que, contra viento y marea, siguen adelante y “mantienen la llama”, tocando donde son requeridos y autoeditando sus discos, son, decididamente, admirables. Sin duda merecen más ayuda -o al menos que se les pongan menos trabas- y eso se puede hacer de muchas maneras, entre otras facilitando la posibilidad de actuaciones en clubs y cafés y reduciendo el IVA de las entradas a un nivel civilizado.

La sesión del pasado jueves se organizó como tres conciertos independientes y continuados de algo más de treinta minutos cada uno, sin más interrupción que la mínima necesaria para realizar los imprescindibles cambios.
Empezó el trío que ha formado el batería Jorge Garrido para recrear –en su disco Vintage- el repertorio de Thelonious Monk. Al carecer de piano el esfuerzo principal y el brillo recayeron sobre el saxofonista Alberto Arteta, que tuvo que hacer a la vez de Monk y de Charlie Rouse. Los arreglos de Garrido investigan en las inagotables posibilidades de temas todavía crípticos, llenos de misterio (Green Chimneys, Think of one, Brilliant corners, Bright Mississippi,...), propicios por igual para grandes improvisadores y para baterías y contrabajos imaginativos y flexibles, proclives al cambio de ritmo, como el propio líder y Marcelo Escrich.
Continuaron Javier López Jaso & Marcelo Escrich Quartet, que tocaron temas de su disco Pagoda compuestos por el acordeonista (Un paseo con Astor, Vals 2016) y el contrabajista (Casimiro, 5 grados Brix). Fue una actuación llena de dinamismo y color, muy rica melódicamente, a la que cada uno aportó sus notables capacidades y el fruto de sus reconocibles gustos. El dominio del acordeón de López Jaso -su sensibilidad y su brillo- fueron muy bien complementados por la guitarra de Luis Giménez, y la complejidad rítmica elaborada por Escrich encontró en el excelente batería Daniel Lizarraga a su adecuado cómplice. Cerraron de manera espectacular con una preciosa versión -reconocida con merecidos premios en otros festivales- del Libertango de Astor Piazzolla, cuya actitud y emotividad sobrevoló toda la actuación.
La noche acabó con Ulrich Calvo y su Jazz Quartet, liderado por el talentoso guitarrista y compositor que le da nombre y marca de forma precisa su ecléctica dirección. De su mano llegaron los sonidos más contemporáneos, muy en la onda de los grandes guitarristas norteamericanos (más Bill Frisell que Pat Metheny, seguramente, aunque también John Scofield), muy interesado en la claridad de las melodías pero sin renunciar a enriquecer su limpio fraseo con efectos y pedales. La música de Ulrich Calvo resulta sofisticada y muy descriptiva, de horizonte amplio y siempre brillante. Como intérprete estuvo impecable (Solete, Dreams, Hang Open) y dejó espacio de lucimiento a Alberto Arteta en los desarrollos melódicos (especialmente bien en Loop mind y Hang Open, con su agilidad hard bop, incluida una cita de Monk) y siempre a la sección rítmica, con Kike Arza al contrabajo (excelente en Anita) y Daniel Lizarraga a la batería, a punto en todo momento.

Si nos atenemos a las flores recíprocas que se dedicaron los grupos -y en las que se fue buena parte del escaso tiempo previsto para sus intervenciones-, podríamos deducir sin riesgo que los músicos se llevan bien y se aprecian. 
Las más justificadas y merecidas, sin duda, fueron las dedicadas al maestro Miguel Calvo, referidas a su papel singular en la creación y sostenimiento de vocaciones jazzísticas entre los jóvenes aficionados (algo en lo que coinciden -naturalmente- buena parte de los músicos del rock local). 
Nobleza obliga.

"Jazz de aquí y de ahora"
Jorge Garrido (Monk Trío)
Javier López Jaso & Marcelo Escrich Quartet
Ulrich Calvo Jazz Quartet
JAZZ 2016. Cultural Rioja
Teatro Bretón. Logroño
2 de junio de 2016




Otras crónicas del ciclo JAZZ 2016. Cultural Rioja:
Ernie Watts
Ralph Towner y Paolo Fresu
CMQ Big Band

lunes, 30 de noviembre de 2015

Tom Waits y el arte de la entrevista

Tom Waits haciendo ruido, fotografiado por Scott Smith. 1974.

Hay gente que es buena en las entrevistas. Por ejemplo Tom Waits: siempre dice (y bien) cosas interesantes. Se gusta tanto en ese marco que a veces se "autoentrevista", y entre otros asuntos enjundiosos nos cuenta (y se cuenta: ¡qué buena práctica la de hacer listas!) cuáles son algunos de los sonidos que más le gustan: “Caballos y trenes aproximándose; los niños cuando salen de la escuela; los pianos de las cantinas en los westerns antiguos; una montaña rusa; las prensas de una imprenta; los coches norteamericanos de los 60; las estampidas de elefantes; el beicon friéndose; un mechero Zippo; las lechuzas; una caja registradora antigua”, para concluir que “La vida está llena de música.” Buen oído: cine, máquinas, naturaleza y vida cotidiana.
Diego González Ragel. Tren saliendo de la estación de Atocha. 1920.

Recientemente, Blank on Blank ha recuperado una entrevista de 1988 y ha hecho a partir de ella esta peliculita de dibujos llena de información esclarecedora (con comentarios sobre planos, arqueología zoológica, y, sobre todo, su forma de escribir, "disparando" como un fotógrafo):


 

En otra entrevista con Eduardo Lago para EPS, tras hablar de poetas, películas y coches, confesaba su fascinación por el vinilo y los ruidos estáticos y las frituras de los viejos soportes, a veces más atractivos e inquietantes que la propia música grabada, detrás de la que intuye la presencia de un  espectro, de alguien que pide ayuda dentro del disco “y me entran ganas de asomarme”. Eso pasa con los objetos reales, aún en la época de la reproducción mecánica masiva. Nada que ver con los espíritus puros de la red, virtuales, etéreos, volátiles, especialmente desde que se aposentan en la nube.
Georg Grosz y John Heartfield. Life and Work in Universal City. 1919.
Y otra joya de la misma entrevista. A la pregunta “¿Las palabras son música?”, responde: “Sin la menor duda. En tanto que sonidos, no necesitan nada más. Antes de la palabra hay sonidos con los que intento expresar sentimientos. Los sonidos tienen forma. En un sentido amplio, la música es ruido organizado. Fue Thelonious Monk quien dijo que no hay notas falsas”.
Thelonious Monk y su Town Hall Band ensayando en un piso. 1959. Fotografía de W. Eugene Smith para su libro The Jazz Loft Project.
Da   gusto escuchar en las respuestas de quienes saben las verdades que siempre hemos intuido.

lunes, 25 de mayo de 2015

Víctor de Diego y la fuerza del trío



Víctor de Diego.

Siempre resulta atractiva -por infrecuente- la posibilidad de escuchar en directo a un trío de jazz sin piano o sin otro instrumento que supla su papel armónico. Hace falta valor y seguridad en las propias capacidades musicales para enfrentarse a un tour de force” en el que desaparece la red protectora y cada componente tiene que multiplicarse para suplir esa carencia: además de lo habitual, el contrabajista ha de tejer y ligar el sonido, el baterista aportar grandes cantidades de matizado color y el solista (en esta ocasión el saxofonista Víctor de Diego) ha de convertirse en protagonista absoluto en tensión permanente, sin un momento de respiro y ocupando todo el espacio sonoro, porque, si no, aparece el silencio, y el silencio tiene mala prensa en ciertas músicas y no cabe en algunos repertorios. En un trío los intérpretes se marcan, la tensión se palpa y la exigencia ha de ser máxima para que todo encaje. Si funciona ese combate, ganamos todos: la música, los que la hacen y, especialmente, el público que la disfruta.
El trío de Víctor de Diego.
Víctor de Diego planteó su concierto del pasado jueves como un homenaje, un tributo a una música y a un repertorio en el que ha crecido como instrumentista y como creador. El punto de partida fue su último disco (el sexto) en el que conviven con naturalidad los temas de Monk y Coltrane, algunas piezas del cancionero norteamericano -Cole Porter y Jerome Kern- que hemos aprendido en voces maravillosas y las composiciones del propio De Diego y del trío al completo. La “naturalidad” le viene dada por su actitud frente a ese repertorio, al que aporta bastante más que simples arreglos, desarrollando los temas hasta hacerlos propios, incluyendo algo así como variaciones muy por encima de la mera improvisación.
Gonzalo del Val, Víctor de Diego y Jordi Gaspar
Se mostró en todo momento brillante y versátil, capaz de sonar melódico en las baladas y agitado y tenso en los temas rápidos, siempre imaginativo en sus largos desarrollos y muy técnico tanto al tenor como al soprano. Se mueve muy a gusto en “el lado amable” de John Coltrane, aunque vuela alto y libre dando rienda suelta a sus amplios gustos.
Jordi Gaspar, al contrabajo, estuvo impecable en su labor de soporte, y destacó especialmente en la presentación de My heart belongs y en sus solos de Bluesgalú y The song is you, ofreciendo una variedad de sonido asombrosa y su rica capacidad melódica, llena de matices.
El baterista Gonzalo del Val derrochó swing y precisión, imaginación y eficacia. Tiene un repertorio de recursos inagotable, lleno de efectos rítmicos y de colorido. Conviven en su forma de tocar lo trepidante y lo relajado, las rupturas y los deslizamientos, los ritmos latinos y los ambientes étnicos, y por destacar algo de entre su soberbio trabajo, me quedaría con su solo en Lazy bird y los cambios de tempo de Just one of those things.

Víctor de Diego.

Víctor de Diego es un músico con una sólida formación de conservatorio, que ha crecido con el tiempo involucrándose en proyectos de muy diversa índole y a base de mucho directo, y que nunca se ha apartado de la docencia y la relación con los jóvenes valores (algo en lo que coincide esencialmente con sus actuales compañeros de grupo y con la nueva élite del jazz español). En otras palabras, es alguien que suma técnica, oficio y amor por la música. Y preocupación por el público:  es muy de agradecer su actitud empática y las ganas de gustar que demuestra cuando dice estar sobre el escenario “para que pasemos un buen rato”, y cuando, en los textos de su disco, da unas anticipadas “gracias a todos los que después de escucharlo piensen…no tocan mal estos tíos…” 
Las gracias, por supuesto, a Víctor de Diego, a Jordi Gaspar y a Gonzalo del Val. Tocaron muy bien y pasamos un buen rato. 




Víctor de Diego trío
JAZZ 2015. Cultural Rioja.
Teatro Bretón. Logroño.
21 de mayo de 2015.



Otras crónicas del ciclo JAZZ 2015:
Jerry González y el comando de la clave
Chucho Valdés


(Publicado en Rioja2 el 25.05.2015)

lunes, 18 de mayo de 2015

Chucho Valdés, multiplicado


Chucho Valdés
Sería ocioso dedicar demasiado tiempo a pensar hasta dónde podría haber llegado la carrera y la popularidad de Chucho Valdés en el caso de haber nacido en otras latitudes y vivido en distintas circunstancias históricas. Lo ha tenido casi todo en contra, salvo el haberse desarrollado en una isla con un patrimonio musical único, en un entorno familiar privilegiado y con un sistema educativo -más allá de las penurias materiales- admirable. Lo cual, ciertamente, no es poco, y quizá, si a los frutos nos remitimos, sea lo más importante.
Lo otro -el brillo de la fama, el dinero, la proyección mediática-, cuando el músico realmente lo merece acaba por llegar, y así nos encontramos el pasado jueves en Logroño (veintidós años después de su presencia al frente de Irakere, su grupo) con un artista de importancia creciente y con un reconocimiento universal que le ha convertido en referente de primera línea en el competitivo mundo de la música improvisada, y no solamente en el jazz latino. Y además en unas condiciones óptimas para seguir desarrollando sus descomunales capacidades como músico, en cuanto a técnica, imaginación y versátil flexibilidad.

Chucho Valdés en el Lincoln Center.
Con ese intangible bagaje llegó a un teatro desbordado de entusiastas admiradores a los que fue presentando -cumpliendo lo que había anunciado unas horas antes- a “sus amigos de toda la vida” en una intensa conversación. Por allí pasaron Ernesto Lecuona y Thelonious Monk, Consuelo Velásquez y John Coltrane, El Manisero y un inesperado Joaquín Rodrigo, el Trío Matamoros y Federico Chopin, los grandes éxitos de Broadway (People, de Funny Girl, y Over the rainbow, de El mago de Oz) y las canciones francesas (unas preciosas y muy americanizadas Feuilles mortes), los temas populares cubanos (invocaciones, sones, danzones,…), J.S. Bach y Bill Evans. En fin, un hermoso compendio de la música escrita para piano y aquella otra de la que un pianista con talento y sin prejuicios se apodera por amor y gusto.
Chucho Valdés.
Tuvo la suerte de los grandes, porque hasta las pequeñas incidencias sumaron a su favor (si dejaba la chaqueta sobre el piano, las cuerdas graves percutidas aportaban un sonido como “preparado” de imprecisa vibración que hacía la melodía más evocadora todavía, misteriosa, con unos extraños armónicos que despertaron la inquietud del atento público; si golpeaba un micrófono el sonido se sumaba al compás reforzándolo), y demostró que es un pianista en estado de gracia, o varios pianistas tocando simultáneamente, si bien se mira: algo así como si Thelonious Monk fuera su mano izquierda y Oscar Peterson la derecha, y vinieran de visita los ecos cerebrales de Bach y los latidos cordiales de Chopin sobre un fondo rítmico tan rico y suculento como el Caribe.
Chucho Valdés.
No sé si Chucho Valdés opinará como Paco de Lucía acerca de la diversificación funcional de los intérpretes (“la izquierda es la que piensa y la derecha es la que ejecuta”) pero yo me acordé de esa afirmación del ya añorado maestro cuando “escuché” el contrabajo de Paul Chambers y la batería de Art Taylor en su mano izquierda y el vertiginoso saxo tenor de Coltrane en su derecha mientras acometía el trepidante Giant Steps. Y todo a la vez, como un cuarteto en arrolladora acción. O, igual de difícil, cuando toca su música basada en el folclore de su país y escuchamos la potente descarga rítmica de un combo o todos los timbres y el colorido de un septeto. Hay que tener recursos y capacidad privilegiados para afrontar de manera “polifónica” un repertorio tan variado y exigente. Seguro que también ayuda el haber nacido en un ambiente en el que se considera natural aprender a tocar a Bach de oído desde pequeñito.
Chucho Valdés en clase de música.


Se    le vio en plena forma y feliz, a gusto y muy agradecido por el entusiasmado reconocimiento de un público que le aclamó durante todo el concierto y le acompañó al final -muy acompasadamente- tocando palmas en los inagotables cambios rítmicos de la prolongada despedida con su "Son número 1". Puro gozo.
Los ochenta minutos pasaron volando.


Chucho Valdés.
JAZZ 2015. Cultural Rioja.
Teatro Bretón. Logroño.
14 de mayo de 2015.


Otras crónicas del ciclo JAZZ 2015:

(Publicado en Rioja2. 19.05.15)


lunes, 19 de mayo de 2014

Monk en La Habana de la mano de Pepe Rivero


Pepe Rivero.
El   pasado jueves aconteció en el Teatro Bretón de Logroño una tremenda descarga a cargo del cuarteto cubano de Pepe Rivero. Planteada sobre el papel como un homenaje a Thelonious Monk -el elusivo pianista que estuvo en el origen del be-bop, lo que es otra forma de decir en la creación del jazz moderno-, sobre el escenario resultó mucho más, algo así como una celebración de la música como fuente de belleza y placer.
Thelonious Monk. Fotografía de W. Eugene Smith, utilizada (oportunamente reencuadrada) 
como portada del disco Monk por Bob Cato. 1953.
No   es la primera vez que se plantea la pregunta sobre qué habría pasado si Monk hubiera nacido en el Caribe. Por no ir demasiado atrás, el panameño Danilo Pérez, el dominicano Michel Camilo, el puertorriqueño Giovanni Hidalgo, los cubanos Chucho Valdés, Paquito D´Rivera y Gonzalo Rubalcaba, el neoyorquino postizo Jerry González y el falso habanero Marc Ribot, entre muchos otros, han calentado las armonías de Monk con el ritmo y el color del trópico. Pero como siempre, tan importantes como las preguntas son las respuestas, y las de Pepe Rivero son excelentes, y demuestran su categoría como pianista, compositor, arreglista y director de grupo.
Pepe Rivero aporta riqueza rítmica (con dosis variables de rumba, bolero, chachachá, danzón, tumbao,…) al gran músico que había optado por la intrincada sencillez, por la lentitud, por lo escueto, haciendo de las facetas fragmentarias su principal seña de identidad.  Rivero le cambia el compás y acelera el ritmo, y el repertorio, aún permaneciendo identificable, se hace exuberante y tórrido.
Frank Emilio Flynn.
En  ese acercamiento Rivero reconoce su deuda con la música y el magisterio de Frank Emilio Flynn (excelso pianista cubano al que Winton Marsalis, literalmente, adoraba), y hay mucho de las aportaciones melódicas y rítmicas de esa tradición cubana que tan bien mezcla lo culto y lo folclórico. Además, como si entraran por la ventana desde el patio de vecindad, aparecen en la interpretación compases del Bolero de Ravel, fragmentos de Debussy y de Ernesto Lecuona, preludios y nocturnos de  Chopin y un buen montón de ritmos populares.
El  resultado es una música irresistible, con un sonido compacto, intenso, en perfecta sintonía con la tradición del latín jazz que los percusionistas cubanos ayudaron a construir hace casi setenta años. En ese sentido, resultó fundamental la labor de Reinier Elizarde “Negrón” al contrabajo y Georvis Pico a la batería, perfectos en la creación incansable de complejos ritmos llenos de imaginación, y de Inoidel González al saxo tenor, haciendo las veces de Charlie Rouse (tan brillante, tan vibrante) en este excepcional cuarteto.
Una noche para recordar, de las que acrecientan la afición y las ganas de marchar al trópico, como se pudo observar en la intensidad y brío con que el orfeón de la audiencia cantó el coro de “Que te desnudes”.
Azúcar…


martes, 27 de agosto de 2013

Bert Stern, más allá de Marilyn Monroe

Resulta paradójico (y hasta parajódico, que es más y mucho peor) que el momento más dulce en la vida de un brillante creador polifacético llegue a convertirse para el público masivo en el cliché reduccionista donde se disuelve cualquier otro mérito, y que, a partir de ese momento, su trayectoria de éxito profesional se deslice aceleradamente hacia la vorágine autodestructiva. Esto, más o menos, es lo que le pasó a Bert Stern el día en que Marilyn Monroe aceptó posar para él en la sesión más célebre de la historia, que ha pasado a la mitografía como The last sitting.
De su apasionada biografía se hizo una interesante película documental que reflejaba con oportuno acierto las similitudes entre el personaje real y los "heroes de celuloide" de la serie que tan acertademente cuenta las ficticias existencias (aunque muy bien documentadas) de los publicistas de Madison Avenue.
Cartel original de la película de Shannah Laumeister. 2011.
Cabe considerar a Bert Stern como un clásico de la fotografía, especialmente destacado en los ámbitos de la moda, la publicidad y el retrato, un artista siempre original y muy interesado por captar el movimiento, igual en las pasarelas que en el ballet o en los entornos de los estudios cinematográficos. 
De la sesión del Hotel Bel-Air de Los Ángeles se ha hablado tanto que quizá sea demasiado: lo mejor, en mi opinión, el enamorado canto a la belleza que hace Stern y el valor que demostró Marilyn al aceptar tan arriesgado tour de force sin red (2.571 fotografías libérrimas); a otro nivel, una serendipia: el atractivo gesto del rechazo sobre los contactos descartados.

Lo peor quedaría para la comercialización morbosa y para el cultivo chismográfico redundante y cansino, que ha recibido otra vuelta de tuerca tras la reciente muerte del fotógrafo.
Pero, aunque Marilyn nos siga deslumbrando, merece la pena que nos fijemos en una faceta del trabajo de Stern menos conocida, tan admirable y probablemente más influyente en el restringido ámbito de la dirección de películas sobre música. Se trata de Jazz on a summer day, documental rodado en el festival de Newport de 1960 (sólo dos años antes del fatídico encuentro entre la mariposa y la llama), coincidiendo con las regatas de la Copa América (circunstancia feliz que le permite demostrar las similitudes que existen entre navegar y hacer música: se trataría, esencialmente, de gobernar el timón y dejarse llevar aprovechando viento y mareas).
Ya solo la secuencia inicial, con los créditos sobreimpresionados en las arcoirisiadas aguas danzantes del puerto y el ondulante saxo de Jimmy Guiffre, justificaría el visionado. 
Pero la película es mucho más: es un estudio sobre la necesaria relación entre los músicos y el público; es una oportunidad para demorarse en cualquier rincón donde aparezca la belleza espontánea; es un retrato del swing natural  de los cuerpos; es la ocasión para ver a Thelonious Monk (y a un largo montón de "perseguidores") en su mejor momento; es un alarde técnico de fotografía, con iluminación artificial o bajo el sol radiante; es la demostración de que el montaje no tiene por qué ser manipulador; es la deslumbrante fotogenia del buen gusto.
Y, pasado más de medio siglo, el documento nos sirve también para comprobar cómo han cambiado (¿para mejor?) vestimentas y modales, y las actitudes del público en los festivales, y los propios festivales (porque hubo tiempos en los que el contenido de un festival de jazz eran grupos de jazz, y no cualquier cosa que asegure la taquilla).

Muchas de las imágenes de la película nos recuerdan a otras que hemos visto antes pero que casi siempre son posteriores. Quizá se deba a que son imágenes "naturales". Sin duda a que son las de un maestro, que en esta ocasión contó con el asesoramiento musical de George Avakian.
Y para terminar, un regalo: Louis Armstrong fotografiado por Bert Stern para un anuncio de prensa de Polaroid.
 Campaña de Helmut Krone para Polaroid. ¿1960?




A pesar de la sonrisa satisfecha del aficionado y de lo fácil que lo pone Polaroid, no es sencillo hacer una fotografía así.