Mostrando entradas con la etiqueta Louis Armstrong. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Louis Armstrong. Mostrar todas las entradas

viernes, 28 de febrero de 2020

¡Un disco nuevo!

Portada de la reedición del disco de Fletcher Henderson que contiene los temas mencionados. De pie, en el centro, Louis Armstrong.
(...) "Por un momento, cuando cortó el cordel y abrió el paquete, Rath se olvidó hasta de Charly. Unas páginas de periódico saltaron del interior, páginas de periódico en inglés. El paquete estaba bien acolchado. Encima había una carta, pero la curiosidad de Rath iba en pos sobre todo de otra cosa. ¡Un disco nuevo! Contempló el envoltorio cuadrado y sacó la funda interior con un movimiento diestro. «Fletcher Henderson Orchestra, —leyó—, Easy Money Blues». 
                                   
¡Recién llegado de Nueva York! Le hubiera encantado ponerse a escucharlo inmediatamente. Rath sacó el disco negro de su funda y lo sostuvo como si se tratara de una porcelana de gran valor. Come on, Baby! Era el título de la otra cara." (...)
Cubierta original del disco, sin carátula y sin más información que la de la "galleta".
Así nos cuenta Volker Kutscher, el autor de las novelas sobre el comisario Gereon Rath (que han servido de base para los guiones de Babylon Berlin, la espectacular serie sobre la convulsa vida berlinesa durante la República de Weimar) el acontecimiento que suponía en los años 1920-30 la llegada de un disco de importación a una casa. 

Muchas décadas después la alegría y las expectativas siguen siendo igual de grandes. Pase lo que pase en la calle, el acontecimiento está dentro de la habitación.

jueves, 5 de noviembre de 2015

Y Juan Perro fosforesció entre nosotros

Juan Perro en el Auditorio de Logroño, fotografiado por Sonia Tercero.29.10.2015.

Hecho todo un “Scheherezade”, Santiago Auserón estuvo en Logroño para contarnos los incansables viajes de ida y vuelta que ha protagonizado Juan Perro, arriesgado trovador por las dispersas costas del ritmo, en cuyos territorios disfrutó de jugosos encuentros y peripecias con gente de singular valor de los que escuchó y aprendió voces y músicas que ahora nos traslada en forma de canciones y como pormenorizados cuentos, decires o consejas.
Planteó el concierto como una fiesta familiar en el patio de la casa compartida con un público tan entregado como sorprendentemente cohibido (tal vez por la prudencia que suele acompañar a la “edad media”) ante el que se presentó como un vecino “cantor de la frontera norte de Al-Andalus, que es el Ebro”, invitándonos a un viaje conjunto, pilotado jocosamente entre la negra melancolía y el puro gozo disfrutador, demorándose todo lo necesario y contando por la menuda, para que la fábula auneciera.  
Santiago Auserón y Compay Segundo.
Montó un retablo completo sobre fondo “negro zulú” con sus santos tutelares, Compay Segundo, Louis Armstrong, Raimundo Amador y Caetano Veloso (al que le ha dedicado un precioso “retrato fabulado”), y múltiples capillas para devociones complementarias, como las bandas de metales de Tijuana, la ornitología, el calipso y los complejos ritmos árabes y balcánicos, además de unas cuantas “glosas” dedicadas al Take five de Brubeck-Desmond, al Don't let me be misunderstood que popularizaran Nina Simone y The Animals, y a Francisco de Salinas (a quien otro admirador, Fray Luis de León, dedicara una famosa Oda), para llegar, como todo sonero que se precie, al Beny Moré y a Miguelito Cuní. Casi al final, con el standard  We´ll be together again, comparecieron los jazzmen y crooners que la hicieron popular, como Louis Armstrong y Frank Sinatra, Tony Bennet y Ray Charles, como Billie Holiday. Estas son, al parecer, y al menos en parte, las milagrosas devociones de Juan Perro. Estos, así de variados, los aromas de su voz.
A lo largo de dos horas y media nos regaló sus excelentes canciones (las nuevas y las incombustibles) llenas de variedad rítmica y virtudes líricas, y mezcló con mano maestra emoción y alegría, derrochando descacharrantes imitaciones de voces y timbres, montunos intencionados y pregones gamberros, -o viceversa-. Demostró en todo momento que es un gran intérprete que se la juega en la distancia corta y un consumado entretenedor, un histrión que desarrolla un saludable tono autoparódico sobre su fama de petulante (ya sabemos que a todo el que procura salirse de los lugares comunes y tiene un vocabulario que abarca más de docena y media de palabras se le mira mal y se le llama, como poco, pedante).
Amargant, Auserón y Vinyals.

Estuvo muy bien acompañado por dos excelentes músicos que, como consumados intérpretes de jazz, aportaron brillo, color y versatilidad a las complejas composiciones, con un curioso reparto de papeles: el guitarrista Joan Vinyals, diablo de Gràcia, tan terrenal, se ocupó de los territorios pantanosos relacionados con el rhythm & blues, y el saxofonista-clarinetista Gabriel Amargant, pájaro del Maresme, atendió a los altos vuelos de las inspiradas melodías.
Cuando parecía que, después de dos horas, todo había acabado, se produjo un milagro de los que pocas veces se dan, un regalo de veinte minutos inolvidables en los que Auserón “rompió la barrera del sonido” y del espacio, saltando las candilejas (en sentido estricto) para cantar sin amplificación entre el público entregado. Aquello da para varias “piezas separadas”, una sobre el origen de su canción Los inadaptados, (basada en The Misfits de John Huston, con Marilyn Monroe como “una rubia emisora de señales de todo tipo”) y otra sobre la proteica Reina zulú, en la que un niño celtíbero que prefería ser zulú nos cuenta sus aspiraciones  de recomponer el primigenio pasado común de la humanidad, perdido en la verdadera diáspora del mundo, como demuestran la antropología y la historia universal de la música. Nuestro griot particular nos explicó convincentemente que “hemos perdido el léxico, la memoria de la lengua y las conexiones de la etnia zulú”, y que, una vez que las recuperemos, “nos independizaríamos todos, pero a la vez”. Un bonito manifiesto contra las simplificaciones nacionalistas y las ficciones identitarias. La cosa acabó con el esmerado y voluntarioso coro de los recalcitrantes espectadores cantando sentidas  invocaciones a la Semilla negra, en una comunión tan entregada como las que solo se ven en los directos de Nick Cave. Asombroso.
Santiago Auserón y El Guayabero.
Creo que Santiago Auserón cumplió sobradamente su anunciado deseo de “fosforescer” entre nosotros (si nos atenemos a la luminiscencia persistente que todo lo ocupó durante un largo rato en torno al cantante y que irradió hasta la sonrisa agradecida del alucinado público), y, si tuviéramos que responder a la pregunta de El Guayabero, confesaríamos sin rubor que lo pasamos muy bien por delante y, al parecer, también lo pasaron muy bien por detrás.
Santiago Auserón visto por Max, para la revista buensalvaje. 2015

“(…) ese perro es un artista 
y en dramas especialista
y sabe bailar el son.
Lluvia en la acera
sigue sonando
y el perro flaco,
merodeando, se va.”
Vuelve pronto.


Juan Perro trío
Jornadas "Futuro en español"
Auditorio Municipal. Logroño
29.10.2015

martes, 27 de agosto de 2013

Bert Stern, más allá de Marilyn Monroe

Resulta paradójico (y hasta parajódico, que es más y mucho peor) que el momento más dulce en la vida de un brillante creador polifacético llegue a convertirse para el público masivo en el cliché reduccionista donde se disuelve cualquier otro mérito, y que, a partir de ese momento, su trayectoria de éxito profesional se deslice aceleradamente hacia la vorágine autodestructiva. Esto, más o menos, es lo que le pasó a Bert Stern el día en que Marilyn Monroe aceptó posar para él en la sesión más célebre de la historia, que ha pasado a la mitografía como The last sitting.
De su apasionada biografía se hizo una interesante película documental que reflejaba con oportuno acierto las similitudes entre el personaje real y los "heroes de celuloide" de la serie que tan acertademente cuenta las ficticias existencias (aunque muy bien documentadas) de los publicistas de Madison Avenue.
Cartel original de la película de Shannah Laumeister. 2011.
Cabe considerar a Bert Stern como un clásico de la fotografía, especialmente destacado en los ámbitos de la moda, la publicidad y el retrato, un artista siempre original y muy interesado por captar el movimiento, igual en las pasarelas que en el ballet o en los entornos de los estudios cinematográficos. 
De la sesión del Hotel Bel-Air de Los Ángeles se ha hablado tanto que quizá sea demasiado: lo mejor, en mi opinión, el enamorado canto a la belleza que hace Stern y el valor que demostró Marilyn al aceptar tan arriesgado tour de force sin red (2.571 fotografías libérrimas); a otro nivel, una serendipia: el atractivo gesto del rechazo sobre los contactos descartados.

Lo peor quedaría para la comercialización morbosa y para el cultivo chismográfico redundante y cansino, que ha recibido otra vuelta de tuerca tras la reciente muerte del fotógrafo.
Pero, aunque Marilyn nos siga deslumbrando, merece la pena que nos fijemos en una faceta del trabajo de Stern menos conocida, tan admirable y probablemente más influyente en el restringido ámbito de la dirección de películas sobre música. Se trata de Jazz on a summer day, documental rodado en el festival de Newport de 1960 (sólo dos años antes del fatídico encuentro entre la mariposa y la llama), coincidiendo con las regatas de la Copa América (circunstancia feliz que le permite demostrar las similitudes que existen entre navegar y hacer música: se trataría, esencialmente, de gobernar el timón y dejarse llevar aprovechando viento y mareas).
Ya solo la secuencia inicial, con los créditos sobreimpresionados en las arcoirisiadas aguas danzantes del puerto y el ondulante saxo de Jimmy Guiffre, justificaría el visionado. 
Pero la película es mucho más: es un estudio sobre la necesaria relación entre los músicos y el público; es una oportunidad para demorarse en cualquier rincón donde aparezca la belleza espontánea; es un retrato del swing natural  de los cuerpos; es la ocasión para ver a Thelonious Monk (y a un largo montón de "perseguidores") en su mejor momento; es un alarde técnico de fotografía, con iluminación artificial o bajo el sol radiante; es la demostración de que el montaje no tiene por qué ser manipulador; es la deslumbrante fotogenia del buen gusto.
Y, pasado más de medio siglo, el documento nos sirve también para comprobar cómo han cambiado (¿para mejor?) vestimentas y modales, y las actitudes del público en los festivales, y los propios festivales (porque hubo tiempos en los que el contenido de un festival de jazz eran grupos de jazz, y no cualquier cosa que asegure la taquilla).

Muchas de las imágenes de la película nos recuerdan a otras que hemos visto antes pero que casi siempre son posteriores. Quizá se deba a que son imágenes "naturales". Sin duda a que son las de un maestro, que en esta ocasión contó con el asesoramiento musical de George Avakian.
Y para terminar, un regalo: Louis Armstrong fotografiado por Bert Stern para un anuncio de prensa de Polaroid.
 Campaña de Helmut Krone para Polaroid. ¿1960?




A pesar de la sonrisa satisfecha del aficionado y de lo fácil que lo pone Polaroid, no es sencillo hacer una fotografía así.