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martes, 18 de noviembre de 2025

Tomarse en serio

Unos cuantos autorretratos y fotografías de Robert Crumb a lo largo de su vida.

"Creo que la burla constante que se trae Woody Allen en su Autobiografía con sus padres se debe a que escribe su libro con ochenta y tantos años. Seguramente si lo hubiese escrito con cuarenta esta parte no habría sido tan satírica. Habría sido más respetuosa. Si cada año escribiésemos nuestra autobiografía saldrían libros completamente distintos. En cada época pondríamos el acento cómico, o el acento dramático, en una edad diferente. Por ejemplo, nuestra adolescencia a los veinte o los treinta la contaríamos con mucha gravedad, incluso con solemnidad; a los cuarenta o los cincuenta se contaría con pitorreo, con burla; y a los ochenta la contaríamos con compasión."

Emilio Gavilanes. Anotaciones a lápiz. Newcastle ediciones, 2025.




martes, 22 de marzo de 2016

Los bodegones atómicos de Janire Nájera


Janire Nájera. Todas las fotografías forman parte de la serie Artefactos, incluida en el proyecto The Black Hole. 2012.
La artista Janire Nájera presenta en la sala de exposiciones del Ayuntamiento de Logroño (dentro del festival Mujeres en el arte en La Rioja, impulsado por Susana Baldor) una parte de su proyecto The Black Hole, en el que desde hace siete años viene documentando un extraño lugar que acaba de cerrar en Los Álamos, Nuevo México.
Janire Nájera en el Ayuntamiento de Logroño. 03.2016.
El “Agujero Negro” fue un baratillo de excedentes militares relacionados con la basura nuclear generada en el secretísimo centro que investigaba sobre las posibilidades bélicas de la energía atómica, ya utilizada en la segunda guerra mundial, origen de la disparatada carrera armamentística y amenaza latente de confrontación internacional durante toda la guerra fría y hasta la actualidad.


Un técnico de ese laboratorio estadounidense, Ed Grothus, se recicló en activista resistente y fue agrupando durante tres décadas viejas reliquias inservibles en una especie de descoyuntado museo tecnológico con mucho de abigarrada leonera, donde se liquidaban, a precio de risa, los frutos de la obsolescencia tecnológica y la basura ideológica nuclear, igualmente radiactiva y tan dañina como aquella.

Fue un proyecto ilusorio que, por sus bizarras características, podría considerarse como plenamente artístico: inviable de todo punto salvo para la curiosidad, ligado a un empecinamiento personal insostenible y condenado irremediablemente al fracaso. ¿Alguien da más? Se entiende la fascinación por “Ed, el atómico”: es como un personaje postizo creado a medias por Robert Crumb y Joan Fontcuberta.

Los artefactos que de entre su ingente acumulación seleccionó y fotografió Janire Nájera en las vísperas de la “liquidación por cese de negocio” tienen un poderoso atractivo, en el que a la rotunda belleza formal se suma el misterio de su utilidad práctica y, sobre todo, su hipotético (e improbable) poder destructivo. 

Recuerdan a los extravagantes e inseguros productos fabricados por la corporación ACME en los dibujos animados de Looney Tunes protagonizados por el Coyote y Correcaminos, el gato Silvestre o Bugs Bunny: cuando aparecen en escena se presiente que la catástrofe está asegurada, aunque no se intuya por dónde va a venir ni qué efectos provocará.

Ha utilizado para fotografiar sus “bodegones atómicos” una luz uniforme, frontal, cruda, con un encuadre constante, aséptico, de visión perpendicular y fondos neutros. El resultado, por chocante que resulte, recuerda más que a otros fotógrafos “sistemáticos” a artistas de otras disciplinas especialmente atraídos por el volumen, la composición y el equilibrio: pienso en Giorgio Morandi, en las pequeñas esculturas agrupadas de Barbara Hepworth y en los pintores de naturalezas muertas del barroco español, con esos fondos sobre los que se destaca, flotando, un frutero, una colección de utensilios de cerámica o un santo fraile mercedario. 


Estos pobres vestigios de armas para la destrucción masiva se convierten en las series fotográficas de Janire Nájera en una especie de cuento -entre moral y cruel- sobre el progreso (o una concepción enferma de la idea de progreso) que acaba reducido a chatarra más o menos contaminada.

Es un trabajo excelente cargado de humor negro, en el que, junto a sus indudables valores plásticos, se perciben los resultados de su sólida formación periodística y su especialización en fotografía documental; un rico bagaje que la ha llevado a crear obras y exponer en medio mundo y a publicar en los medios internacionales más prestigiosos.




Janire Nájera
The Black Hole
(Hasta el 27 de marzo de 2016)
Sala de exposiciones del
Ayuntamiento de Logroño

lunes, 2 de noviembre de 2015

John Berg, director de arte

John Berg fotografiado con una reproducción de la portada de Born to run, hecha en 1975 a partir de una foto de Eric Meola.
Ha   muerto John Berg, la persona que, como “director de arte”, coordinó la imagen de más de cinco mil producciones discográficas de Columbia-CBS entre 1961 y 1985, una época crucial para la música y para la forma de venderla.
El equipo de John Berg en los años más fecundos, los últimos sesenta.


Un   “director de arte” es un creador que renuncia a su estilo propio para formar un equipo pluridisciplinar con el que dar la solución idónea para cada proyecto que se le encomienda, atendiendo sus singularidades y desarrollando el subyacente concepto original. Es quien selecciona y plasma la idea más acorde con el producto a difundir, y, en ese sentido, John Berg acertó reiteradamente y “llenó nuestra cabeza de rock” (y de muchas otras músicas). 
Cartel de Milton Glaser incluido en el primer disco de grandes éxitos de Bob Dylan. 1967.
Por  su equipo pasaron, entre muchos otros,  Richard Avedon, Milton Glaser, Jerry Schatzberg, Tomi Ungarer, W. Eugene Smith y Robert Crumb (que, tras dibujar la portada del Cheap Thrills de Janis Joplin, se negó a cobrar porque “no quería el sucio dinero de la Columbia”). 


Renovó  las tipografías, recurrió a imágenes controvertidas y provocadoras, hizo las primeras portadas desplegables, organizó los contenidos informativos como si de un libro se tratara, incluyó dentro de las carpetas posters y memorabilia para los fans e inventó otras muchas cosas que hasta entonces no se habían visto y luego se generalizaron como lo más natural. Por ejemplo, las portadas verticales como la de Blonde on blonde, con una foto “movida” porque fotógrafo (Schatzgerg) y cantante (Dylan) temblaban en el helador febrero neoyorquino de 1966.

Sobre  la famosa portada del Born to run, se cuenta que la intención de Bruce Springsteen era recurrir a una foto bastante convencional (“como de solapa de libro de John Updike”, según la certera puñalada de Berg) y que el Boss sólo aceptó a regañadientes la propuesta basada en una foto de Eric Meola, demostrando que va mucho mejor de oído que de vista.
Su   trabajo “colectivo” fue muy reconocido e influyente, y aceptó los plagios como el mejor de los elogios (“la imitación es la forma más sincera de halago”, dijo, haciendo gala de su cínico espíritu deportivo).
Uno  de sus productos más premiados fue la imagen y tipografía del grupo Chicago, y especialmente su décimo disco, de 1976, reproduciendo una tableta de chocolate. Un año después, en España y en la misma casa de discos, salía el esplendoroso Veneno (de Kiko Veneno y los hermanos Amador), tan revulsivo en su momento y plenamente vigente todavía.
No sé si las portadas (la original y la que hubo que hacer a toda prisa por imposición de la censura postfranquista) son un homenaje a Berg o, simplemente, el fruto espontáneo inducido por las sustancias que flotaban en el aire. En cualquier caso, también fueron excelentes.

viernes, 17 de abril de 2015

¿Qué fue de las tiendas de discos?

Robert Crumb. Compradora de discos.
 Como todas las causas perdidas y las especies en vías de extinción, las tiendas de discos también tienen su propio "día internacional."
Amoeba music en Los Ángeles, California.
Aquellos pequeños almacenes en los que un aficionado restaba espacio a electrodomésticos o instrumentos músicales para exhibir los deseados vinilos entre la reducida parroquia, se fueron transformando en tiendas especializadas -mejor o peor surtidas- en las que un experto informaba y era capaz de orientar el gusto de un público creciente. 
Leonera incógnita.

Luego llegaron los grandes almacenes y cadenas especializadas que asfixiaron a aquellos a base de bajar los precios hasta lo insoportable. 
Hasta de perfil son bonitos.
Empezó también la venta por correo y las ofertas, y mientras estábamos distraidos pensando en si eran galgos o podencos (en un debate esteril entre las bondades del vinilo y del compacto), llegó "lo digital" y arrasó con todo. Descargas de pago o piratas, suscripciones a portales de streaming y videoescucha a través de youtube van ocupando el "espacio musical", y este es el año en que la venta digital ha superado por fín a la objetual, en una tendencia que parece imparable aunque sujeta a las turbulencias de los intereses contrapuestos de artistas, productores, distribuidores y corporaciones suministradoras de servicios de comunicación digital telefónica.
F.G. La tienda de discos Gramola, en Viena. 04.2015.
Las tiendas de discos han desaparecido, salvo en las grandes ciudades. Hoy, en una ciudad de 150.000 habitantes como la mía, es más difícil comprar un disco que hace cuarenta y cinco años, cuando solo tenía 60.000 vecinos y un nivel de consumo infinitamente inferior. Si permaneces enganchado a los "objetos" tienes que aprovechar los viajes esporádicos a grandes ciudades o recurrir a la compra a través de multinacionales de distribución que aspiran a una posición monopolista (y con exenciones fiscales injustificables, mucho mayores que las que recibe un disquero, que no recibe ninguna).
Forges, en El País, retrató a este sorprendido disquero resistente.
Una pena. En unos pocos años se ha perdido toda una red de distribución que generaba actividad cultural complementaria diversa, creadora de un montón de puestos de trabajo directos e inducidos.
Robert Crumb. "La materia de la que están hechos los sueños." Portada para su edición de rarezas de los años 1920-30
Al final, y lamentablemente, la única conexión "humana" que vamos a tener con el negocio de la música grabada va a ser la que establezcamos con el instalador de la fibra óptica. Y nuestras airadas quejas con los teleoperadores.
Juanjo Saez para rockdelux. 2002.


miércoles, 19 de marzo de 2014

Comer sonido

El cocinero ideal para el gourmet Robert Crumb.
Una atenta lectora de miracomosuena (que las hay) nos envía esta sorprendente información de base científica sobre la relación entre el sonido y la comida, obtenida a partir del estudio sistemático de nuestras respuestas gustativas ante determinados estímulos sonoros.

Frank Sinatra comiéndose su discografía completa, víctima de una crisis de creatividad 
durante el rodaje de De aquí a la eternidad. 1953.
Demuestra con datos dos cosas que ya intuíamos: que somos muy susceptibles a las influencias del ambiente y la apariencia, y que, también en esto, estamos en manos de peligrosos manipuladores que juegan con nuestras expectativas.
Hay que cultivar el oído (y el gusto) desde pequeñitos. Fuente:lpcoverlover.com
El artículo, como los buenos platos, no tiene desperdicio. Así que abre el enlace, coje pan y moja. 
Salud! 
Y que aproveche.

sábado, 29 de junio de 2013

Robert Crumb y La banda de la tenaza.

He leído hace poco La banda de la tenaza, de Edward Abbey, y ha resultado tan gozoso como cabía esperar.
La portada española, con ilustraciones de Robert Crumb de 1985.
Se trata de una novela de aventuras delirantes con cuatro iluminados en cruzada permanente contra el mundo, en el incomparable marco del desierto y los cañones de Utah. Anarquismo ecologista de alto voltaje, lleno de situaciones tan inverosímiles como chocarreras, con aliento optimista y alucinado. Una mezcla deliciosa de la ideología panteísta de Thoreau en Walden y de los personajes de Jack Kerouac en Los vagabundos del Dharma, con la iconografía de Robert Crumb, que con sus escasas viñetas pone cara y decorado a tan singulares tipos en un muy especial entorno compartido por mormones y pieles rojas. Alucinante.
Los freaks protagonistas, según R. Crumb. 1985.
Se puede leer como un gran tebeo con inmensos bocadillos, jugosos, picantes y muy nutritivos, con un catecismo básico: resiste y desobedece, y no dejes de pasártelo bien; pero sé consciente de que todas las acciones tienen consecuencias y repercusiones, también para los destructores justicieros cargados de buenas intenciones. 
Es un libro mucho más maduro, más serio, de lo que cabría suponer en principio. De hecho, pasa por ser un manual informal de instrucciones para el terrorismo ecologista, por sus pormenorizadas descripciones de procedimientos de sabotaje práctico.

Portada de R. Crumb para Big Brother & the Holding Company, con Janis Joplin como cantante. 1968.
Eché en falta la música, ya que sólo aparece anecdóticamente de la mano de Janis Joplin como causa de una pelea desigual contra una panda de gañanes. Yo, al leerlo, me imaginaba a los Grateful Dead con desarrollos interminables de melodías sencillas. Música infinita para grandes horizontes. Aunque su escucha es más apropiada para la contemplación estática que para el torbellino de pickups y rancheras perseguidas por los rojos desiertos. Esos vehículos tenían otro equipamiento, y esos activistas, como la mayoría, no tenían demasiado tiempo para la lírica. Yo, por mi parte, he disfrutado de un libro que claramente tenía otras intenciones más ambiciosas que entretener a un diletante urbano. Salvando las distancias, como el que disfruta leyendo Las moradas de Santa Teresa.
La portada americana, de 1975.