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lunes, 26 de enero de 2015

Vicente Amigo, raíz libre

Vicente Amigo.


A lo largo de cien intensos minutos, Vicente Amigo protagonizó un gran concierto en el Teatro Bretón como apertura de los Jueves flamencos de 2015. Nos guió en un largo viaje por su amplia obra, y se mostró, igual que siempre, como un privilegiado músico colmado de inspiración, con una técnica precisa y brillante y un sonido poderoso y limpio (enriquecido en ciertos momentos por eficaces efectos de reverberación que daban profundidad y “volumen” a tan delicada presencia).
Pablo Picasso. Guitarrista. 1910.
Sigue, como toda su vida, entregado a un exigente proceso creativo en el que a menudo es más importante lo que se depura a base de trabajo que lo que se va añadiendo. Sus preocupaciones son las de los grandes guitarristas: tempo, matiz, dinámica, control emocional, sutileza rítmica y velocidad. El fruto, por encima de todo (o como resultado de todo lo anterior) es una obra cargada de emoción y profundidad, evocadora y profundamente descriptiva. Es difícil saber por qué un proceso regido por la frialdad analítica y la autoexigencia técnica acaba afectando tan directamente a la emoción de los espectadores, pero así es: Vicente Amigo aporta en su interpretación un sorprendente calor comunicativo que consigue mantener vivo el interés emocionado del público, y así lo demostró reiteradamente el que, entregado, llenaba el teatro. Y todo ello dentro de una saludable sobriedad, de una profunda sentimentalidad plenamente transmitida. Misterios del arte y de la poesía. 
Juan Gris. La guitarra. 1918.
El concierto tuvo un profundo encaje flamenco (una honda raíz de tangos, bulerías, rumbas, tarantas, soleás,...) , pero gozó de vuelo alto y largo, de un abundante enramado de sonidos adquiridos por la curiosidad de tan fecundo compositor. Siempre ha buscado Vicente Amigo la influencia y compañía de músicos ajenos a la cultura flamenca (y no solo guitarristas), y siempre le ha dado buen resultado ese gusto por escuchar, disfrutar y mezclarse con creadores distantes para enriquecer su propio lenguaje, como mejor forma para sacar de sí lo que tiene dentro, de crear una obra personal construida sobre los moldes clásicos (la cadencia, el ritmo y los modos flamencos), pero dilatando las formas expresivas hasta conseguir algo propio, aunque inmerso en un saber tradicional y colectivo.
Ese dilema entre lo popular y la creación, esa lucha para dar un espacio a la expresión personal (por tocar siempre, como recomendaba Sabicas, “la propia música”) se resuelve en su obra en el constante enriquecimiento de la armonía, ampliada y expandida hacia otras músicas y con lo aprendido de otras músicas. El resultado no perturba el carácter original, sino que lo enriquece y amplía.
Georges Braque. Hombre con guitarra. 1911.
El largo proceso de perfeccionamiento técnico y exigencia creativa de la guitarra flamenca hasta convertirse en guitarra de concierto (que, por no irnos a la imprecisa arqueología “flamencólica” podemos arrancar en la columna vertebral forjada por Ramón Montoya, Niño Ricardo y Sabicas, y terminar en esa incomparable nómina de las últimas décadas que ustedes conocen y yo no voy a mencionar, porque las comparaciones son odiosas y los olvidos, criminales), la han conducido, si no a un callejón sin salida, sí a una encrucijada en la que músicos sobresalientes se sienten poco motivados para acompañar al cante (salvo en algunos discos), y componen y graban sobre bases exportables, más universales y perfectas para la difusión internacional. Quizá Vicente Amigo (que ha tenido un estrecho vínculo creativo y personal con la mayor parte de esta irrepetible “edad de oro” de la guitarra) sea en la actualidad el principal representante de esa joven generación extraordinaria de grandes músicos (evidentemente, mucho más que intérpretes virtuosos) con más proyección en el exterior que en nuestro país, a través de colaboraciones con músicos singulares de otros ámbitos culturales. España, a menudo, se les queda pequeña.
F.G. Mezquita. Córdoba. 01.2015.

Quizá una salida a ese dilema podría venir de mirar atrás y reconocer que la guitarra ha dado tan buenos frutos acompañando al cante como en su afán por hacerse digna protagonista de los conciertos. Hay motivos para añorar el impulso de esas prodigiosas parejas creativas más o menos “estables” (como las que formaron Ramón Montoya y Antonio Chacón, Pepe Habichuela y Enrique Morente o Paco de Lucía y Camarón de la Isla), que sirvieron para provocar saltos cualitativos en la cultura flamenca y renovar y ampliar el canon de esta música asombrosa.
Seguro que no es fácil dar ese "paso atrás", pero sería estupendo para el flamenco, para los músicos y para los aficionados.
Vicente Amigo.
Un reto solo a la altura de grandes como Vicente Amigo.



Vicente Amigo.
(con Antonio Coronel, Añil Fernández y Rafael de Utrera)
Teatro Bretón. Logroño.
22 de enero de 2015.

 (Publicado en Rioja2 el 26.01.2015)

lunes, 27 de enero de 2014

Estrella Morente

Vino Estrella Morente a Logroño y la ciudad acudió puntual a la cita llenando el Teatro Bretón. La afición tenía ganas y altas expectativas: a la altura del singular personaje y del acontecimiento -una especie de reaparición después de varios años de doloroso retiro-.
Estrella Morente eclosionó muy joven y ya en plenitud, como una intérprete superdotada que había gozado de un magisterio de proximidad único, excepcional. Con ese prestigio intacto ha vuelto a Logroño, protegida por un amplio entorno de músicos de la familia y en el marco de un desembarco general de los Morente-Carbonell en varios campos de la creación (pintura, músicas diversas, teatro,…) por todo el país. 

Estrella Morente, con siete años, le canta a Sabicas una taranta.
Recogido en Calle del aire. Chewaka-Virgin. 2001.

Goza de una presencia escénica imponente, atemporal, que evoca a las deidades mediterráneas, a las tanagras griegas, a las rotundas bellezas ibéricas, a las madonnas maduras de Rafael, a las grandes actrices y cantantes que han interpretado durante un siglo a las heroínas marcadas por la tragedia


Tanagras griegas del periodo helenístico. Siglos III-II a.C.

Con sus cualidades, se atreve y puede con todo, y nos presentó un repertorio ambicioso, pero excesivamente ecléctico. Todo lo hizo bien, en lo flamenco desde las seguiriyas a las bulerías o las sevillanas, lo difícil y lo aparentemente sencillo, aunque tuvo incomodidades y algún cante extrañamente inacabado. Pero la mezcla resultó caprichosa y a menudo no funcionó. En disco, según los gustos, pero ante el público casi nunca. A Enrique Morente, como a Picasso, todo le salía bien, cualquier hallazgo en él parecía lógico y resultaba natural, como el paso justo y necesario desde el lugar de partida. Pero eso raramente ocurre, porque la genialidad es lo peor repartido en este mundo. 



El problema, además de al repertorio, podemos achacarlo, en buena medida, a la puesta en escena, porque no hay que olvidar que un concierto también es un espectáculo y como tal debe cumplir acertadamente un mínimo de requisitos imprescindibles.  
Y el diseño escénico fue erróneo. Una artista que tiene esa capacidad y esa gracia para el movimiento, y que la quiere ejercer y demostrarla ante el público -gustándose y gustando- no puede estar constreñida por una doble batería de monitores y músicos, dispuestos de la manera convencional en que se presentan en un recital estático de flamenco tradicional. En esa situación, la protagonista tiene que buscar espacio y desplazarse a la parte trasera, oculta tras los “bultos”, mal iluminada y en peligro de incidencias con el cableado, los vasos y toda la parafernalia que se esparce en cualquier escenario para un concierto.  



El vestuario también resultó equivocado. Por mucho que le gusten las telas que pinta su madre con claves de sol y notas musicales, si se convierten en un obstáculo para el movimiento natural y en un peligro para su equilibrio, no son lo más apropiado. Igual que echarse encima un precioso mantón del tamaño de una colcha para amagar en un momento dos pases toreros que apenas se aprecian, por la propia dimensión del “engaño” y por desarrollarse detrás del tupido burladero. 



Una presentación de ese tipo tampoco debe dejar las cuestiones de sonido o iluminación al albur de lo que ofrezca cada plaza -siendo muy bueno lo que proporcionó la nuestra- salvo si se considera el bolo como un ensayo general con público. Para cuando se equilibra el sonido ya ha pasado buena parte del concierto, y las luces poco pueden subrayar o resaltar si el movimiento escénico no está determinado ferreamente y comunicado con precisión. 


Entre los adornos de iluminación apareció proyectada sobre el panorama una estrella que más parecía una cruz latina de las de los viejos libros de historia sagrada, aunque, quizá, pensándolo mejor, fuera una espada de Damocles. Estrella Morente está en el momento -un largo momento que dura ya cinco o seis años- en el que debe optar sin dilación por ser la nueva tonadillera de España o por darle brillo con su capacidad extraordinaria a lo mejor del flamenco: por hacer revivir a Rocío Jurado o a la Niña de los Peines.





Estrella Morente puede con todo, pero le convendría elegir. Y puestos a elegir, buscar un director artístico y de escena que le ayude a orientar el futuro de su carrera y a seleccionar, ordenar y presentar. Algo parecido al parar, templar y mandar de los toreros, pero más peligroso porque para aquello parece –muy erróneamente- que cualquiera vale o, peor todavía, que no es necesario. 
Que Dios reparta suerte, porque Estrella Morente se la merece.



Estrella Morente.
Teatro Bretón. Logroño.
Jueves flamencos.
23 de enero de 2014.