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| Portada de Daniel Gil. |
Aprovechemos como feliz coyuntura esta corta temporada entre una campaña electoral y la siguiente, y disfrutemos del silencio, o, al menos, del estruendo atenuado, porque cada vez hay menos diferencia entre las constantes contiendas y los periodos que ligan a unas con otras: la misma matraca de todos los dias, el mismo ruido furioso, las mismas mentiras amplificadas, las mismas manipulaciones desinformadoras, las mismas simplificaciones primarias para afrontar asuntos complejos,...
Ahí va, para invitar al sosiego, este delicioso fragmento de La colección de silencios del Dr. Murke, escrito hace tiempo por Heinrich Böll:
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| Portada de Daniel Gil. |
"(...) Murke estaba en su casa,
fumando tendido en el sofá. A su lado, sobre una silla, había una
taza de té y Murke tenía la mirada fija en el blanco techo de la
habitación. En su escritorio estaba sentada una hermosa muchacha
rubia, que a través de la ventana miraba fijamente hacia la calle.
Entre Murke y la muchacha, sobre una mesita, había un magnetofón
grabando. No se hablaba ni una palabra, no se oía ni un solo sonido.
Se hubiera podido tomar a la muchacha por una modelo fotográfica,
tan bella y silenciosa estaba.
—No aguanto más —dijo
la muchacha de repente—, no aguanto más, lo que exiges es
inhumano. Hay hombres que exigen inmoralidades a las chicas, pero lo
que tú me exiges es todavía más inmoral que lo que otros hombres
exigen a las muchachas.
Murke suspiró.
—Por Dios —dijo—,
querida Rina, tendré que cortar todo esto, sé razonable, sé buena
chica y guarda silencio para mí por lo menos cinco minutos más de
cinta.
—Guardar silencio —dijo
la muchacha, y lo dijo de una manera que hace treinta años hubiera
sido calificada de «desabrida»—. Guardar silencio; vaya una
invención tuya. No me disgustaría llenar una cinta, pero de
silencio...
Murke se levantó y
desconectó el aparato.
—Rina, Rina —dijo—,
si supieras qué valioso es para mí tu silencio. Por la noche,
cuando estoy cansado, cuando tengo que estar sentado aquí, hago
correr tu silencio. Por favor, sé buena chica y guarda silencio por
lo menos tres minutos más y no hagas que tenga que andar cortando;
sabes perfectamente lo que significa para mí tener que cortar.
—Como quieras —dijo la
muchacha—, pero, por lo menos, dame un cigarrillo.
Murke sonrió, le dio un
cigarrillo y dijo:
—De esta forma tengo tu
silencio en el original y en cinta, qué estupendo.
Conectó la cinta y ambos
se sentaron silenciosos frente a frente hasta que sonó el teléfono. Murke se levantó,
desvalido se encogió de hombros y descolgó. (...)."
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Goza del silencio cuanto puedas, paciente lector, y atesora esos raros momentos como un frágil privilegio en vías de extinción.