martes, 18 de noviembre de 2014

Ejercicio de mutismo


Eugen Gomringer. Silencio. 1954.


"No tengo nada. ¿Qué decir?
Decir que no tengo nada.
Decir que nada tengo, no.
No, nada, tengo que decir.
No decir que tengo nada.
No; decir que nada tengo.
Nada tengo que no decir.
Nada; decir que no tengo.
¿Qué tengo? No decir nada.
Nada; no decir qué tengo.
Nada tengo. Decir que no.
Decir: no, nada, que, tengo.
¿No tengo que decir nada?
Tengo que decir: no, nada.
¿Qué tengo? Nada; no decir.
¡Nada! Tengo que decir no.
Decir que tengo, ¿no? Nada.
Nada, no. Tengo qué decir.
¿No decir qué tengo? ¿Nada?
Decir nada, no; que tengo.
Tengo que decir nada, ¿no?
Decir, nada; que no tengo.
¿Qué tengo? ¿No decir nada?
¿Qué no tengo nada? Decir.
¡Que nada tengo!: Decir no.
Nada, no tengo qué decir.
No tengo nada que decir."


Felipe Boso. Ejercicio de mutismo. Incluido en T de trama. La isla de los ratones. Santander, 1970.


J. M. Schaeberle. Corona solar. Eclipse de 1893.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Comerse las paredes. Demetrio Navaridas en Briñas


Demetrio Navaridas. Reflexiones. Sala Tondón. Briñas. Noviembre de 2014. Fotografías de F.G.
Acaba de inaugurarse en la Sala Tondón, de Briñas, la exposición que Demetrio Navaridas ha titulado Reflexiones.
La larga trayectoria de este polifacético artista y pedagogo siempre ha estado guiada por su afán experimental, y a lo largo del tiempo ha recurrido a muy distintas técnicas y soportes (desde la fotografía y la pintura hasta el land–art, pasando por la escultura, las instalaciones o el vídeo),  con diversas intenciones expresivas.

Debido a ese demostrado interés por la novedad técnica y los nuevos lenguajes, sorprende especialmente que en sus trabajos más recientes se aprecia una depuración estilística y simplificadora que parece indicar que comparte un postulado que guía a buena parte de los creadores contemporáneos de cualquier disciplina artística: el futuro del arte y su salvación (si tal cosa fuera posible) habría que buscarlo en su pasado. La estrategia se concreta en el afán por recuperar la sencillez formal, la capacidad de evocación y el misterio, aspirando a una comunicación directa, esencialmente sensual, a través de obras sofisticadas cargadas de memoria y orientadas hacia la sugerencia sutil,  dejando de lado la vana prepotencia del fetiche tecnológico.
Las obras que ha preparado para la Sala Tondón demuestran un renovado interés por la naturaleza y las formas tradicionales de representarla, aunque sirviéndose  de técnicas híbridas con un resultado tan sorprendente como bello.
Demetrio Navaridas trabajando. Fotografía de Emma Ábalos. Noviembre de 2014.
Se trata de una especie de dibujo realizado por grabado directo sobre la superficie del muro, un dibujo rehundido por extracción de la cal hasta conseguir una imagen blanca sobre la blanca pared, aprovechando a su favor las texturas e irregularidades. El “lienzo”, mínimamente delimitado,  entra en diálogo y “reflexión” con el ventanal de la sala, y, a través de él, con el río y la ribera, de donde proceden los motivos recogidos en los tres grandes muros, sobre los que vibra la cambiante luz, distinta también por la perspectiva móvil de la mirada próxima.  El río y su imagen virtual entran, a través de los sorprendidos espectadores, en un juego inagotable de ecos y reflejos. 

Además de la relación más o menos evidente con el grabado, estas obras de Navaridas recuerdan a los relieves que decoraban las fachadas y muros de los templos egipcios buscando una garantía de perdurabilidad que no podían asegurar ni frescos ni altorrelieves. Incluso la forma de representar, tan “naturalista”, recuerda a aquellos figurativos primitivos. Pero aquí la obra tiene fecha de caducidad, establecida por el ritmo de las futuras exposiciones, lo que no tiene por qué ser necesariamente malo. 

Decía el artista conceptual Sol Lewitt, hablando de su propia obra, que los dibujos de pared destinados a la destrucción en un plazo de tiempo breve gozaban, por extraño que pareciese, de cierta garantía de “eternidad”, por estar libres de padecer el paso del tiempo, evitando así su progresiva degradación. Curiosamente, y por lo que comenta Isabel Krug, comisaria de esta exposición y directora de la Sala Tondón, los habitantes de Briñas serían de la misma opinión si nos atenemos a la prodigiosa pervivencia y recreación en su recuerdo de los mínimos detalles, especialmente de los aspectos más significativos, de las exposiciones  “efímeras” que han ido presentándose allí. 

Esa sintonía con el público destinatario entronca en buena medida a este proyecto (con la peculiaridad que le da las características del espacio) con la serie de propuestas de intervención artística en el casco urbano de Sajazarra, admirable proyecto lamentablemente liquidado en su mejor momento. Es una pena que iniciativas culturales tan interesantes estén siempre pendientes de un hilo, y a menudo se vengan abajo por la desidia culpable de quienes más tendrían que apoyarlas.
Resulta admirable que una pequeña sala fuera de los circuitos artísticos y al margen de los medios de comunicación y del gran público concite el interés de artistas con tan notable ambición creativa, capaces de elaborar obras singulares para un lugar específico, sin más contraprestación que su amor al arte y el buen trato recibido de los impulsores del proyecto. Un caso de generosidad sorprendente en los tiempos que corren.
Imagen captada del vídeo de Demetrio Navaridas y Carlos Rosales.
En el vídeo realizado por Demetrio Navaridas y Carlos Rosales que se exhibe en una antesala preparatoria para la entrada a la exposición, se ve una sobria performance en la que el primero ingiere un pobre plato de desconocido alimento con una extremada formalidad de cartujo, con el único acompañamiento de un fondo sonoro de alborotados patos fluviales. Conviene verlo, porque propone más preguntas que respuestas. Una de ellas, y de toda pertinencia, podría ser: ¿de qué se alimentan los artistas, nuestros artistas?

Pero no contemos más y dejemos abierto el enigma. Mejor recomendar a los lectores que aprovechen este hermoso otoño para acercarse a Briñas y disfrutar a la ida del espectáculo del encendido viñedo de la Sonsierra, de las vibrantes choperas y del inagotable río Ebro. Y, a la vuelta, entre tanta belleza, admirar y agradecer la generosidad y el talento de artistas como Navaridas y mediadores como Isabel Krug y Carlos Rosales, capaces de hacer una y otra vez, para nuestro disfrute y nuestro recuerdo, más con menos, mucho con casi nada.




Demetrio Navaridas.
Reflexiones.
Sala Tondón, Briñas. (La Rioja)
Exposición abierta hasta el 8 de abril de 2015. 

(Publicado en Rioja2 el 17.11.2014)

viernes, 14 de noviembre de 2014

La voz de las ballenas, o por allá resoplan


El submarinista de miracomosuena departiendo amigablemente con un cachalote (Physeter macrocephalus).
(Physeter macrocephalus

(Physeter macrocephalus

Estos asombrosos mamíferos fusiformes e hinchados han dado mucho que escribir y que soñar a lo largo de la historia. En literatura inspiraron todo un género, con ambiciones e intención variada, y han sido tradicional sujeto protagonista de juegos fantásticos y ensoñaciones infantiles.
De un tiempo a esta parte se han podido grabar y estudiado los ruidos que generan, que han sido apreciados como cantos y gritos, y considerados por los especialistas como un “lenguaje” lleno de variedad, dentro del que se distinguen sorprendentes armonías espontáneas, utilizadas con éxito en ciertas terapias de relajación nerviosa.
Trae hoy miracomosuena dos ejemplos para disfrute de curiosos en general y de músicos aleatorios en particular:

Grupo de orcas.

Pequeño grupo de orcas en las Islas de San Juan (junto a Seattle).
El canto de las ballenas. Frémeaux & associés. 1992.
La orca, a pesar de que los anglosajones la llaman “ballena asesina”, es un enorme delfín que puede llegar a medir 10 metros de largo. Se la encuentra en mares fríos, templados y cálidos, pero siempre cerca de las costas. Emite una amplia variedad de sonidos, que van desde ruidos secos y fuertes hasta suaves latidos, y diversos tipos de llamadas agudas y penetrantes.

Ballena jorobada.



Ballenas jorobadas en las islas Hawaii.
El canto de las ballenas. Frémeaux & associés. 1992.
La ballena jorobada, llamada también rorcual jorobado o megaptero, puede llegar a los 18 metros de largo y pesar 40 toneladas (ya sabes, querido lector, que, como cuenta el viejo chiste de filólogos griegos y “la misma palabra lo dice”, tone lada equivale a mil quinientos kilos) y viaja de las aguas polares donde se alimenta a las tropicales para reproducirse, haciendo uso de unas sorprendentes (aunque limitadas) dotes para el vuelo, que aprovecha para respirar.
Emite un canto poderoso identificable por los marineros, además de chasquidos y gemidos, y, según en qué océano viva, tiene lenguajes diferentes, equivalentes a “dialectos locales” como si de pájaros u hombres se tratara.
Julián Pérez. Ballena varada en la ría de Huelva, tras ser remolcada a puerto por la Guardia Civil. 2014.

 Este conglomerado de prodigios gigantescos, que agrupa a unas ochenta especies de cetáceos, está gravemente amenazado en su conjunto y con varias de ellas en vías de extinción. Además de la caza excesiva por parte de japoneses, noruegos e islandeses para su explotación comercial e industrial, padecen como pocos el avance del "progreso": vertidos químicos, plásticos, calentamiento global y disminución de la capa de ozono las van matando poco a poco.
Pero lo que más sorprende y más daño les hace es la confusión, la sordera y la desorientación fatal que produce en sus sofisticados cerebros el tráfico marítimo militar y comercial, que utiliza en el sonar que rige los modernos sistemas de navegación técnicas de impulsos infrasonoros muy parecidos a los que ellas fueron desarrollando a través de la evolución de la especie. 


Así que mal plan tenemos, las ballenas y nosotros.