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miércoles, 19 de noviembre de 2014

Los hogares modernos y el derecho a la vivienda



Richard Hamilton. ¿Y qué es lo que hace a los hogares de hoy tan diferentes, tan atractivos? Collage. 1956.
Richard Hamilton se hizo la pregunta retórica del pie de la imagen precedente y la resolvió en ese collage de 26 x 25 cm. que en su momento fue el detonante del pop-art y que todavía sigue influyendo en creadores con intenciones muy variadas. 
Thomas Struth. Golem playground. Georgia Tech. Atlanta. 2013.

Desde grandes fotógrafos hasta pintoras-agitadoras neopop,
Patricia Gadea. Tapiz antiguo sobre el enigma del confort en el futuro. 1998. Foto F.G.
pasando por ilustradores surrealistas, 
Coco Fronsac. Mi casa. Chimères et Merveilles.
diseñadores de portadas de discos
Saint Etienne. Tales from turnpike house.
y dibujantes de historietas. 
Miguel Brieva.

En 1961, Francisco Ibañez creó para el tebeo Tío Vivo, de Editorial Bruguera, la serie 13, Rue del Percebe, glorioso ejemplo de simultaneismo realista y caótico, en el que todo era ruido, furor y lampancia. La vida misma. En palabras del dibujante Micharmut, "era como una performance vertical, como una película atropellada, como un retrato minutero del colectivo menesteroso, como un estudio sociológico acelerado de la vida en años de vacas flacas".

Francisco Ibañez. 13, Rue del Percebe.

Pero para algunos, las vacas, salvo espejismos de bonanza (a menudo ligados a preñeces y burbujas) permanecen eternamente flacas.
El Listo. 2012.
Y aquí es donde entra El Listo, que rehabilitó la arquitectura de Ibañez aplicándole las extractivas prácticas usurarias de los bancos hasta desalojar cualquier resto de vida, conservando los bienes materiales limpios de polvo y paja.
El Listo, a partir de Ibañez. España. 2012.
Los desahucios son las nuevas bombas de neutrones.




viernes, 17 de octubre de 2014

La novia judía


Rembrandt. La novia judía. 1667.
Es conocida la debilidad del joven pintor Vincent Van Gogh por el Rijksmuseum, y dentro de él por Rembrandt y por La novia judía. Ante ese cuadro que visitaba frecuentemente le comentó a un amigo que gustoso daría diez años de vida a cambio de que le concedieran permiso para permanecer durante dos semanas sentado frente a la pintura, sin más compañía que un mendrugo de pan duro.
En una de las cartas a su hermano Theo le comentaba el recuerdo de sus impresiones: era un cuadro íntimo, infinitamente simpático, pintado con mano de fuego por un poeta, por un Creador. "Qué noble sentimiento de una profundidad inmensa. Es preciso haber muerto varias veces para pintar así. Rembrandt penetra tan lejos en el misterio que dice cosas que ninguna lengua puede expresar. Es con justo mérito que se le llama el Mago".
Thomas Struth. Alte Pinakothek. Autorretrato. Munich. 2000.
Lamentablemente, la actitud general de los espectadores contemporáneos ya no es esa. Ya no se ve así la pintura. A los museos se ha dejado de ir a aprender o a intentar transformar la propia vida por elevación. Ahora lo que se busca es marcar el territorio a todo meter y cumplir con las exigencias de la actualidad, y se pasa más tiempo en las tiendas de mercaderías o corriendo por los pasillos que contemplando las obras de los maestros, antiguos o modernos.
Thomas Struth. Stanze di Raffaello. Museo Vaticano. 1990.
La obra artística se convierte en mero reclamo, como cualquier otra bagatela popular a través de la que conseguir pingües beneficios para los desnaturalizados Museos y para recaudadores de todo tipo.
Thomas Struth. El Prado. 2005.
El poco tiempo que los afanosos estudiantes y turistas dedican a la contemplación lo desperdician fotografiándose dando la espalda al cuadro, o inmortalizándolo a larga distancia entre un mar de cabezas movedizas. Una oportunidad perdida. Un esfuerzo inútil. 
Teresa Rodríguez. La ronda nocturna. Rijkmuseum. Agosto de 2014.
Como prueba, sirvan estas fotos de cualquier mañana en el Museo del Louvre de gente que afirmará a la vuelta a su casa que ha visto a la Gioconda:






                                     







Qué tiempos y qué (malas) costumbres.
Como decían las abuelas de antes, "a lo que llegamos".