y al cabo de mucho tiempo mi centro vine a encontrar."
La Niña de los Peines, con Melchor de Marchena al toque.
(...) "En una célebre letra flamenca, una piedra es lanzada al mar y, como resultado, pierde su centro. O quizás primero pierde su centro y, de esta manera, acaba siendo arrojada al mar. En cualquier caso, al final la piedra acaba por recuperar su centro, aunque al cabo de mucho tiempo, y no nos queda claro dónde lo recupera exactamente. Nos gustaría pensar que la piedra en cuestión vuelve a su centro original, pero no hay ninguna prueba de que así sea, no hay manera de saberlo. Una piedra lanzada al mar da muchas vueltas antes incluso de sumergirse; incluso podemos imaginar perfectamente que rebota en el agua, desafiando en un primer momento, aparentemente, las leyes de la gravedad. Algo de todo esto resuena con otra cita de María Zambrano sobre la figura del exiliado, que se pierde “en el fondo de la historia, de la suya también, para encontrarse un día, en un solo instante, sobrenadándolas todas. La historia se le ha hecho como agua que no lo sostiene ciertamente”."(...)
Claudia Rodríguez-Ponga y Antonio J. Pradel. Fui piedra. El estado mental, 2016.
Rosalía Vila se ha convertido (a sus 24 años y seguramente
sin pretenderlo) en un fenómeno “popular” con muchos aspectos extramusicales
(con polémicas artificiales sobre raza, geografía, belleza o gentrificación que
nos llevan, otra vez, al negro túnel del tiempo, aunque ella aproveche su
presencia en los medios para dar opiniones interesantes y matizadas). La
revista rockdelux ha considerado su primer disco, Los Ángeles, como la mejor
edición española de 2017, y la asociación de periodistas musicales le otorgó,
por el mismo motivo, el último premio Ruido. Afortunadamente, además de a los
medios de comunicación atrae a un amplio público, básicamente joven, aunque también
gusta a la parte más curiosa del público flamenco tradicional. Incluida
reiteradamente en la programación de festivales indies, su proyección internacional
se acelera, y ha sido nominada en los Grammy dentro de la categoría de mejor
nuevo artista.
En ese `estado de cosas´ llegó Rosalía al salón de columnas
del teatro Bretón (que se quedó más pequeño que nunca ante tanta expectación) y
dio un concierto singular, mostrando a placer sus grandes cualidades y lo que,
seguramente, la define y la hace distinta: su actitud hacia el flamenco, que se
manifiesta en el respeto de la tradición, pero haciéndola propia,
interpretándola a su manera y conforme a su necesidad.
Luis Masson. Mujer sevillana.
Canta Rosalía como “hacia dentro”, para sí misma, a media
voz, potenciando la intimidad, la emoción, como en un puro susurro, en un hondo
lamento: como quien recuerda el cante. Su espacio idóneo no es ni un cuarto de
cabales ni un tablao para espectáculo: su actitud parece reclamar un ámbito
doméstico, de trabajo compartido, de confidencia, de retiro, casi de soledad.
Es la suya una voluntad de proximidad, de corta distancia, y las dimensiones
del salón de columnas y la tenue Iluminación del lugar, muy matizada,
tenebrista por momentos, recalcó esa intención.
Rosalía ha crecido como artista desde la afición y el gusto
personal, desde el círculo de amigos, y no, como en otros casos igual de
válidos, desde la raíz, a través del conocimiento asimilado en la familia. Y su
gusto y sus capacidades son idóneos para las virtudes de los cantaores antiguos
(y no tanto) que podríamos llamar, simplificando bastante, “marcheneros”, devoción
reconocida y confesada en la que coincide con buena parte de lo mejor de la nueva
generación de cantaores.
Ella logra que su voz
dúctil, flexible, su sorprendente capacidad para el melisma y la filigrana,
aparezcan en el concierto (más que en el disco) como una forma expresiva
natural y relajada, libre de la exigencia que su complejidad técnica parece
exigir.
Francis Picabia. La española. 1917-20.
Empezó Rosalía, cargando el ambiente de emoción y misterio,
con una media granaína que hiciera famosa Manuel Vallejo (Con un suspiro le pago),
continuando con un vibrante mirabrás, todo temblor, para llegar al Aunque es de
noche que musicara Enrique Morente por tangos a partir del poema de San Juan de
la Cruz, en una versión de compás muy cargado y ligeramente acelerada: seguro
que los dos maestros darían el placet. Sin duda. Después, la milonga La hija de
Juan Simón, que popularizara Antonio Molina, cogiendo los corazones del
respetable en un puño y haciéndonos partícipes de la dramática historia del
enterrador, demostrando, sobre el brillante trabajo del maestro Alfredo Lagos,
que Rosalía canta como el que cuenta, como el que sabe una historia puesta en
letra de canción y la interpreta con todo interés, con toda la intención, con
todo el cuerpo.
Salvador Dalí. Pierrot tocando la guitarra. 1925.
Continuó con un precioso ramillete de fandangos, de compás muy marcado, vibrantes, una delicia de musicalidad, para afrontar la guajira Cuba linda te venero, de Pepe Marchena, derrochando gracia y dominio de la escena, logrando interesar vivamente al respetable con sus andanzas caribes. Pura vida. Después, tras otra preciosa presentación de Alfredo Lagos, que la llevó en volandas todo el tema y durante toda la noche, unas luminosas bulerías por soleá a la manera de la Niña de los Peines (Qué bonita es la amapola), para continuar con los tanguillos gaditanos de los anticuarios, enseñándonos que se puede vivir del aire y del cuento desdramatizando la cruda realidad. Para ir acabando, unas bulerías todo compás y brío, muy aceleradas y llenas de variaciones, muy apropiadas para demostrar sus abundantes recursos. Jerez en directo. Y de regalo para el entusiasta y pertinaz público, de nuevo por Vallejo y volviendo a las pesadumbres (Quítate de mi presencia, Catalina mía), demostrando que ni contigo ni sin ti tienen nunca nuestros males remedio. Un final apoteósico.
Rosalía canta “antiguo” en intención y repertorio, y cultiva
una sentimentalidad en la que el dolor íntimo de la muerte y la pérdida resulta
omnipresente. Como intérprete, además de sus enormes cualidades vocales, tiene
la capacidad de “transmitir”, y saca un enorme partido a su expresividad
intuitiva (movimiento escénico, pitos, palmas, movimiento de manos y brazos, etc.),
a una gestualidad natural liberada de los corsés que demasiado a menudo lastran
a los intérpretes flamencos.
En lo puramente musical, sacrificar –o, al menos, atenuar- el
metal de la voz, su brillo, su capacidad y facultades, a una opción estética “antigua”
(“canta como una vieja”, dicen que dijo muy elogiosamente Pepe Habichuela tras
escucharla) conlleva el riesgo de resultar monótona, y el afán por cantar a
media voz puede dificultar la claridad de la dicción y de llegar adecuadamente
al público.
Joan Miró. Bailarina española.1928
Pero esa hipotética circunstancia no se dio el pasado viernes en
Logroño. Aquí tuvimos la suerte de que Alfredo Lagos urdió la trama y sobre
ella Rosalía bordó el cante.
En su contacto con la crítica y con el público Mayte Martín
recurre con bastante frecuencia a metáforas relacionadas con la construcción,
lo que, si bien resulta chocante por tratar su arte de sutiles esencias aéreas,
está muy bien traído porque explica gráficamente cuál es su intención a la hora
de enfrentarse al complejo edificio del flamenco, creación colectiva sin
proyecto inicial, crecida por acumulación, que ha dado hermosos espacios llenos
de luz deslumbrante pero con indudables problemas de habitabilidad. Su
aportación personal a ese patrimonio descomunal aspira a ser la de limpiar,
fijar y dar esplendor, pero sin afán por monopolizar una verdad "académica", porque es cambiante, como las modas entre los especialistas en
rehabilitación de edificios.
Ella, en plena madurez artística y creativa, sabe
perfectamente lo que quiere y está dispuesta a luchar por conseguirlo. Y lo que quiere,
como viene demostrando, no tiene por qué ser sólo una cosa, ni siempre la
misma. Ahora, desde sus confesados y espléndidos cincuenta años, en condiciones
óptimas, habiéndolo aprendido todo y con una curiosidad enciclopédica, se
siente con fuerzas para “echar flores a la memoria” de los grandes del flamenco
y construir su aportación a partir de su
recuerdo, pero sintiéndose libre y con fuerza para desempolvar el repertorio y prescindir
de amaneramientos y vicios adquiridos por la exposición a la intemperie y el
paso del tiempo.
Mayte Martín y Salvador Gutiérrez.
En su labor edilicia cantó en Logroño la granaína de Chacón
y una petenera a la manera de La Niña de los Peines, llena de musicalidad, buen
gusto y delicadeza; una riquísima serie de fandangos de Huelva, preciosos, muy
variados, cargados de sabiduría (“Que Baltasar el pañero, / yo soy más rico que Heredia, / que
Baltasar el pañero, / yo vivo pa divertirme, / ¿pa qué quiero yo el dinero, /
si soy más rico que Heredia?”) y aliento popular; después por soleá, maravillosamente
jonda, y unas cantiñas llenas de sal y de luz, para acabar por bulerías,
pletóricas de chispa y rematadas con el romance de la reina Mercedes y Un compromiso,
convertidos en cuplé. Y de generoso regalo, dos poderosos fandangos naturales.
Mayte Martín.
Estuvo muy bien acompañada en la “reconstrucción” por el guitarrista Salvador
Gutiérrez, viejo compañero y excelente maestro de obras, preciso, seguro, lleno
de musicalidad y dulzura, que destacó especialmente en los fandangos, por soleá
y en las bulerías, siempre muy imaginativo y variado en las falsetas, y muy
eficaz a la hora de sosegar el cante.
Esa tranquilidad expresiva, ese control del tempo, esa sutileza aparentemente
desapasionada que va conquistando Mayte
Martín puede que sea su mejor logro, lo que la hace inconfundible como extraordinaria
cantaora: su afán por cultivar su dicción clara y precisa, que pone al servicio
de la calidad poética y sonora de tan rico legado musical y literario. Mayte Martín Guitarra: Salvador Gutiérrez Jueves Flamencos 19.01.2017 Teatro Bretón. Logroño Otra crónica de Mayte Martín en Logroño: De corazón a corazón
El concierto con el que acabaron los Jueves Flamencos de
este año puede suponer, ojalá, el arranque de una colaboración artística perdurable,
de esas que marcan época.
Rafael Riqueni.
Se notaba sobre el escenario mucho más que la complicidad imprescindible
para que dos profesionales suban juntos a un escenario: era el reencuentro artístico
de Estrella Morente y Rafael Riqueni, dos amigos que han crecido juntos
artísticamente bajo el influyente magisterio de Enrique Morente (omnipresente
toda la noche, en el cariñoso recuerdo, en la creativa y respetuosa actitud hacia el cante antiguo y en la
absoluta musicalidad derrochada en cada detalle) y que, después de los avatares
de la vida, se reúnen en plenas facultades para relanzar sus carreras con un
proyecto ambicioso, luciendo, con alegría, las propias capacidades y dando
oportunidad y motivo al amigo para que luzca las suyas: Estrella estuvo muy
generosa en el elogio y a la hora de compartir el protagonismo, y Rafael la
cuidó como lo hace un hermano mayor, más experimentado. Aquello tuvo aire de
celebración familiar, y hubo a lo largo de la noche, y en paralelo con el
musical, un concierto de miradas: de un lado, miradas de cariño de quien
reconoce un vínculo intangible de afecto desbordado, y del otro, miradas paternales,
como de quien entiende que ha de suplir lo mejor que pueda y sepa la ausencia
definitiva del maestro común, tan querido y tan necesario.
José Val del Omar. Fotograma de Aguaespejo granadino (La gran siguiriya). 1953.
Estrella Morente estuvo brillante en todo momento, muy
flamenca, luciendo con temple sus extraordinarias cualidades y su proverbial
buen gusto cantando. Revisó a base de bien el repertorio esencial de La Niña de
los Peines, recreándose en los cantes antiguos y en la forma popular de quebrar
la voz cuando se cantaba sin acompañamiento. Riqueni vuelve a estar en forma
después de la noche oscura, y demostró lo de siempre, su riqueza armónica, su
delicadeza, la enorme sensualidad de su toque, siempre tan evocador, y que,
probablemente, sea el guitarrista que mejor ha recreado en el lenguaje del flamenco
la rica visión de la música andaluza que sintetizaron en sus composiciones Albéniz,
Turina o Granados.
José Val del Omar. Fotograma de Aguaespejo granadino (La gran siguiriya). 1953.
El repertorio fue variado y exigente: alegrías, tangos, la
preciosa soleá “Un día era rey” (que trajo una gran ovación para Riqueni,
confirmándole que también él debía sentirse como en casa); una emocionante
cartagenera (culminada en un ligerísimo abandolao sobre el que Estrella cantó
una letra demoledora sobre la pérdida de un padre que, seguramente, no podría
haber cantado hace bien poco: afortunadamente, el tiempo lo cura todo) y una
seguiriya memorable, “Tú no tienes la culpa”.
José Val del Omar. Fotograma de Aguaespejo granadino (La gran siguiriya). 1953.
Después de una riquísima rondeña de Riqueni volvió Estrella
para cantar bamberas, un garrotín y acabar metiendo en una bulería tres cuplés:
uno (“Mira que eres lindo”) dedicado, con los oportunos ajustes, a Javier Conde,
continuado por “Cautiva Torre del Oro” y la “Triniá”, bailando con gracia y
logrando una apoteosis ampliamente celebrada por el entregado público que llenó
el teatro.
El concierto, que contó con la eficacísima intervención, al
compás y los jaleos, de Ángel Gabarri y Antonio Carbonell, tuvo, entre otras
virtudes, su firme apuesta por lo flamenco, sin concesiones, y, por tratarse de
lo que Estrella presentó como “el comienzo de una aventura”, gozó del atractivo
aire de un ensayo general de algo que merece seguir creciendo.
José Val del Omar. Fotograma de Aguaespejo granadino (La gran siguiriya). 1953.
Ojalá que Estrella Morente acabe por encontrar en Rafael
Riqueni al necesario compañero creativo que Pastora Pavón tuvo en Melchor de
Marchena. Por el bien de sus carreras y por el del flamenco.
El mundo del flamenco es tan rico y diverso que no para de dar agradables sorpresas a la afición. Por ejemplo descubrir a sus 66 años a un excelente cantaor en plena madurez artística, que ha hecho una carrera discreta al margen del relumbrón de las grandes citas y de los discos, y que se atreve con un “encierro” muy exigente que le obliga a esfuerzo y tensión continuos, y a una entrega a prueba de públicos renuentes.
Zambra del Cujón. Granada, 1890. Foto de José García Ayola.
Esto es lo que disfrutamos en el concierto de Manuel Carmona Heredia, “Nene de Santa Fe”, que se enfrentó a pecho descubierto y con la exclusiva ayuda de un excelente escudero, Paco Cortés, a cien minutos de concierto lleno de peligros. Con esos apellidos y su denominación de origen, huelga decir que la casta gitana está asegurada: lució una voz muy expresiva, doliente, afillá, de amplio colorido y hondo rajo, y todo lo que cantó sonó antiguo y cabal.
Postal de las cuevas granadinas. Circa 1950.
Como no quería dejar de hacer nada de lo mucho que sabe, se trajo una escaleta con los palos que iba a afrontar (una costumbre habitual en otros géneros y necesaria para grupos amplios, pero inédita, que yo sepa, en un cantaor flamenco), lo que corrobora la seriedad profesional con que acudió a la cita. Sus credenciales tuvieron la forma de un romance a palo seco (una preciosa variante del Romance de la hermana cautiva, o de los dos hermanos, que cantó, a pie firme, como si lo hubiera aprendido en una fragua, acompasándose libremente al ritmo de su respiración); una rica colección de tangos de diversa procedencia; las malagueñas de Chacón (con una expresa mención emocionada al maestro en su letra) cantadas con admirable solvencia y con la ductilidad que requiere tan delicada joya; unas alegrías, encabezadas por la cantiña de la rosa (que le ayudó a dibujar, muy hermosa, el portentoso caballero de la guitarra) y con otro saludo, esta vez a Pastora Pavón, la Niña de los Peines;
Grupo de gitanos en el Sacromonte granadino. Circa 1960.
siguió con una larguísima tanda de soleares muy gitanas, de preciosas letras cargadas de derrota, con su cita acordándose de Fernanda de Utrera, e hilvanadas con brillantez constantemente renovada por Cortés; un taranto lleno de musicalidad, tan hondo como luminoso, y una taranta tremenda, en la que logró convertir el elogio toponímico en arte mayor; una caña canónica, en maestro antiguo, grande desde los “ayes” hasta el final; y, para terminar, una seguiriya llena de arrojo y sentimiento, de emoción y valor, en la que se apreció, sin mencionarlo, el recio influjo de Antonio Mairena. Como anunció desde el principio, puso todo su corazón para gustar, y cualquiera de los cantes de la noche valió todo un concierto, pero hubo que esperar a la propina (un marco de bulerías -¿fuera de la escaleta?- en el que cupieron, entre otros, Caracol, Mairena y la Bernarda) para que recibiera el merecido premio de una cerrada ovación con el público puesto en pie. Así es la vida: unas veces nos pasamos de generosos y otras desdeñamos el mérito.
Sacromonte granadino. Circa 1930.
Su compañero, Paco Cortés, demostró que es un guitarrista virtuoso, con un sonido amplísimo y poderoso, contundente y misterioso, desde los hondos graves del bordón hasta los delicadísimos trémolos, que toca con tal levedad como si lo hiciera en negativo, despojados al máximo. Tiene una riqueza melódica prodigiosa, gran imaginación y siempre resulta muy flamenco, sabiendo, cuando es necesario, sonar “antiguo”, chispeante y muy alegre. Tanto en solos y falsetas como sirviendo al cante resultó siempre “cantabile” y flexible, y acompañó a su “primo” Manuel de maravilla. En definitiva, una gran noche de dos maestros en plena forma. Un auténtico placer con regusto añejo, muy especial, para recordar. "Nene de Santa Fe" Paco Cortés, guitarra Salón de columnas del Teatro Bretón Logroño 10 de marzo de 2016 Otras crónicas de los Jueves Flamencos de 2016: Argentina Luis "El Zambo" Guadiana Rocío Márquez
En los dos años transcurridos desde su anterior concierto en Logroñose ha producido en la carrera artística de
Rocío Márquez un salto cualitativo de esos que convierten a un
excelente intérprete en un creador extraordinario. Todo lo
relacionado con la producción y recorrido de su disco El Niño (que
-el tiempo lo dirá- puede llegar a ser una de esas escasas
referencias que tras despertar pasiones encontradas, marcan una época e
influyen a largo plazo en la forma de entender el flamenco por
aficionados y músicos) la han hecho crecer en muchos aspectos, entre
otros forjando el criterio para trazar con pulso firme el rumbo de su camino.
Pablo Picasso. Ma Jolie. 1910.
Los grandes artistas (y Rocío Márquez lo es, sin
ninguna duda) sienten de vez en cuando la necesidad de salirse de la
comodidad (lo que los cursis llaman últimamente “el área de
confort”) y reinventarse, partiendo de su dominio de la
tradición y tomándose el derecho de avanzar a partir de ella e
incluso crear contra ella si lo considerasen necesario. Esa tensión entre
conocimiento, pasión y libertad, cuando fructifica, produce un momento
feliz y una obra singular, y luz en todo lo que el artista toca. Y en
ese momento está Rocío, conviviendo con naturalidad y muy a gusto
con Manuel de Falla y con Refree, con Pepe Marchena y con el Niño de
Elche, con la forma en que Enrike Solinís afronta el repertorio
barroco y con la musicalidad y maestría de Miguel Ángel Cortés,
en un territorio arriesgado, mestizo, donde todo se retroalimenta en un continuo proceso “de ida y vuelta”.
Rocío Márquez y Miguel Ángel Cortés.
El
concierto de Logroño tuvo esa luz musical y las otras cualidades que
ya le conocíamos a Rocío de anteriores ocasiones: estuvo muy bien
planteado, transmitiendo respeto por la audiencia, orden y sencillez.
Empezó por todo lo alto con una
malagueña culminada en abandolaos, y desde el principio quedaron
patentes las credenciales de su compañero Miguel Ángel Cortés,
con una preciosa entrada, imaginación a raudales y su portentoso
dominio del compás. Continuó con cantes de ida y vuelta, comenzando
con habaneras y siguiendo por guajiras, muy en Valderrama, todo
filigrana. Después, un amplio muestrario de tangos, que empezaron
granaínos en la estela de Morente y acabaron por Cádiz de la mano
de La Niña de los Peines, y las variadas capacidades mágicas de
Cortés fueron premiadas con una ovación. Siguió el concierto por
peteneras, con una preciosa presentación de guitarra (y sobre ella,
sutil como un susurro, la acompasada voz flotando entre la melodía)
y sofisticados cambios de compás y aceleraciones en la falseta central;
de nuevo compareció La Niña de los Peines, y todo se llenó de
jipíos, melismas, quiebros y emoción expandida. Puro gozo.
Pablo Picasso. Ma Jolie. Circa 1913.
Cantó
también, como hace dos años, el Romance a Córdoba de Pepe
Marchena, meciéndose -toda gracia- como la mejor rosa, todo un
prodigio de simpatía, cualidades y encanto: ¡para tirar el
sombrero!. Luego la caña de Chacón, con sus preciosos paseíllos de
ayes, emocionada, dramática, haciendo de su honda respiración un
añadido valor expresivo, y con Cortés, una vez más, luminoso.
Continuó con unas bulerías antiguas en las que la letra se queja de
lo que muchos se siguen quejando cuando la oyen cantar ("Ya no bailan
el olé castizo / ni cantan la caña ni el polo cañí / que ahora
cantan la danza del tueste / o la marcha fúnebre que hizo Chapí. /
Bulerías, vengan bulerías, / que me pide el cuerpo / juerga y
alegría"), recordando a La Perla, que, como ella, “cantaba lo que
quería y como quería.”
Pablo Picasso. Ma Jolie. Circa 1914.
Después
unos relucientes caracoles, espectaculares, ovacionados por el
público como mereció su entrega, apasionada, porque el
“conocimiento
la pasión no quita.” Luego
unas seguiriyas, rompiendo (o, mejor, ensanchando) los cánones,
desmontando y reconstruyendo lo esencial, lo mejor y más expresivo
de este cante dramático, haciéndolo más directo, más actual.
De nuevo se apreció la alargada sombra de Morente y su Omega, con
Miguel Ángel Cortés en maestro sabio, puente entre generaciones. Relajó después el ambiente dando gusto a una parte del público con el Qué no daría
yo de Rocío Jurado, dramatismo a raudales, bordado melodrama que
provocó el entusiasmo del respetable, y para terminar, sin
amplificación y a pie firme, un par de preciosos fandangos en los
que pudimos apreciar cómo se canta con todo el cuerpo, hasta dónde
hay que esforzarse para sacar de lo más hondo esa dolorosa
expresividad que logran solo los más grandes. Un epílogo espectacular para el recuerdo.
En
definitiva, fue un gran concierto de una cantaora en estado de gracia. Los
contenidos de El Niño (que no la actitud) quedaron para otra
ocasión.
Equipo Crónica. Ma Jolie. 1981.
Y
como perfectos guardaespaldas del compás, Los Mellis, sincronizados
de nacimiento, tan discretos como eficaces.
A lo largo de estos últimos 20 años, los aficionados logroñeses hemos podido disfrutar en los Jueves Flamencos del Teatro Bretón de una pequeña muestra –aunque significativa y cabal- de la inmensa diversidad y riqueza de un género musical que goza, como siempre a lo largo de su procelosa historia, de una “mala salud de hierro”. Ha sido tiempo suficiente para ver cómo evolucionan los gustos y se desarrollan las tendencias, y, en algunas ocasiones, cómo crecen los intérpretes. Es el caso de Argentina, que desde su anterior visita de 2009 ha construido una importante carrera (muy bien documentada discograficamente, lo que cada vez es menos frecuente) que la ha llevado a ocupar un importante lugar en tan competitivo panorama.
Sus méritos son evidentes: para empezar, unas excelentes cualidades vocales en las que se aprecian ecos de las grandes referencias femeninas de la historia del flamenco; además, una actitud exigente y perfeccionista con el propio trabajo, que la lleva a buscar lo sustancial en las viejas fuentes, con especial querencia por los cantes añejos menos conocidos; y, por último, la habilidad para rodearse de músicos muy capaces que la han ayudado a la hora de desarrollar una carrera especialmente pendiente de cultivar la necesaria sintonía con el gusto popular. Argentina, además, suma a todo ello su innata humildad, que le permite reconocer con sinceridad infrecuente lo más natural: que estudia y que aprende de todos, y que se construye como artista a partir del gusto que rige y orienta sus abundantes cualidades. Ella, a pesar de sus muchos méritos, no alardea de haber inventado nada.
Pepe Pinto y Pastora Pavón, La Niña de los Peines.
En su “paseo por el cante”, Argentina desgranó en Logroño una parte notable de su enciclopédico repertorio: empezó con unos preciosos cantes de trilla que sonaron emocionantes, muy lorquianos (enmarcados libremente entre el saludo por bulerías con el que el grupo arrancó el concierto y el valiente martinete de colofón); siguió con un garrotín “para acordarnos” de Chano Lobato a base de bien, lleno de brillo y gracia; unas maravillosas serranas, demostrando poderío, pletórica de fuerza; una dolorida taranta de homenaje a la Niña de los Peines; una bulería por soleá, con lo mejor de los dos mundos, y bordó una malagueña, llenándola de hondo sentimiento y culminando en los brillantes abandolaos, con exigentes cambios de ritmo. Se tomó un necesario respiro que atendió el fenomenal “Bolita” con una música misteriosa que acabó siendo una preciosa rumba, extrayendo de su instrumento sonidos evocadores del laúd y de la kora, tras los que se apreciaba el amplio ámbito de expansión que consiguió Paco de Lucía para la guitarra, toda la riqueza lírica, armónica y rítmica que supo captar más allá de la ortodoxia flamenca. A su vuelta al escenario, Argentina arrancó con unas seguiriyas dolientes, muy bien rematadas, y continuó hasta el final con un rico surtido de los cantes festeros de Andalucía la Baja: unas cantiñas muy variadas, llenas de imaginación y en cambio permanente, acordándose de la Niña de los Peines; unas preciosas bulerías en las que se mezclaban y convivían con toda naturalidad la Paquera y Lole y Manuel; los reiteradamente demandados fandangos de Huelva, vibrantes, espectaculares, en los que echó el resto y con los que se ganó la mayor ovación de la noche en lo que parecía que iba a ser la despedida, honor que reservó para su versión del María la Portuguesa de Carlos Cano, que metió, como en un delicado guante, dentro de unas preciosas bulerías.
Argentina y José Quevedo, "Bolita". Foto de Pepe Portillo.
Se la vio en plena forma, igual de cómoda en la fiesta que en el drama, y muy bien servida por las excelentes cualidades de sus compañeros: José Quevedo, “Bolita”, guitarrista brillante y preciso, esencial, que lleva en volandas a una cantaora a la que tan bien conoce (entre otras cosas por haber producido todos sus discos), y que destacó en todos y cada uno de los escasos momentos que su función le permite: demostró su alto valor creativo en todo lo que tuvo que ver con las abundantes bulerías, en las falsetas del garrotín y el prodigioso compás de las cantiñas, y voló a lo grande en los abandolaos y en la sobresaliente rumba. El compás estuvo muy bien atendido por Diego Montoya y José Suárez, “Torombo”, máquinas de ritmo perfectamente engrasadas que tejieron un firme tapiz sonoro de pitos, palmas, jaleos y taconeos que, además de color, dio solidez, calor y cuerpo al edificio musical que construyeron entre todos.
José Campúa. Fiesta gitana en Jerez de la Frontera. 1919.
El concierto, irreprochable en lo musical, perdió brillo en sus aspectos complementarios (planificación, ritmo escénico, transiciones,…) y se apreció a la cantaora constantemente incómoda con asuntos circunstanciales (vestuario, mantón, abanicos, temperatura,… ) que necesariamente afectaron a la concentración de la artista y, en consecuencia, a su comunicación con el público, que llenó el teatro y supo reconocer con generosidad los méritos y la entrega de tan brillante elenco.
Argentina
(acompañada por José Quevedo, “Bolita”, Diego Montoya y José Suárez, “Torombo”)
Siguiendo ese orden geográfico no escrito que suele sobrevolar
las programaciones de los jueves flamencos, le tocó esta vez, por fin, a
Almería, y de allí vino Rocío Segura, como se encargó de confirmar en la rúbrica
con la que puso fin a su entregado recital: “Y a Logroño yo he venido, / de
Almería soy, señores, / y a Logroño yo he venido / para cantarle a su gente /
con “tós” mis cinco sentidos / este fandango valiente.” Y lo hizo a base de
bien, y excelentemente acompañada por Manuel Herrera.
Francisco de Goya. Muchacha escuchando una guitarra. 1797-99.
Se esperaba a la experta en cantes de Levante pero llegó una
cantaora completa, larga y versátil, capaz de cantar muy arriba y arriesgando
mucho, con la valiente temeridad de la juventud que se siente segura en lo que
ha aprendido bien y desde pronto. Y para demostrar su abanico de cualidades y
sus fuentes de inspiración preparó un recital en el que se oían ecos de sus
cantaoras de referencia, pero también formas populares menos conocidas.
Brassaï. Foto de la serie Sevilla. 1950.
Empezó con un precioso surtido de tangos variados (comenzando
por los de La Repompa), llenos de musicalidad y alegría, estupendamente
acompasados como para el baile, alardeando de su voz poderosa y flexible, ideal
para dar el brillo adecuado a un repertorio cargado de honda sabiduría popular.
Después una soleá, templada, dominante, llena de poderío y alardeando de sus
cualidades melismáticas. Continuó con dos malagueñas llenas de arrojo y
valentía, la segunda transformada en unas preciosas verdiales, pletóricas de
ritmo y gracia. Luego unas bellísimas
alegrías que fueron mucho más que un homenaje secreto a La Niña de los
Peines, continuadas con una granaína muy personal, especialmente
apropiada por tan infrecuente en los conciertos.
Carlos Pérez Siquier. La Chanca (Almería). 1957.
De Levante nos trajo los fandangos almerienses de Pedro el
Morato, acabados en unos preciosos abandolaos. Siguieron un amplio surtido de
muy variadas bulerías con las que nos acordamos de La Perla de Cádiz, con mucho
aire y un compás perfecto, llenas de presencias antiguas aunque dejando espacio
para sus letras y vivencias personales. Y, para terminar, otro precioso surtido de fandangos sobre penas
grandes, de las que no se pueden llorar, volviendo a demostrar las cualidades que hay que tener para afrontar ese tipo de
cantes con semejante valor y capacidad
de transmitir emociones.
La presencia del guitarrista Manuel Herrera lo hizo todo, seguramente, más
fácil: estuvo, sencillamente, perfecto, sirviendo al cante y a la
cantaora, y aprovechando los respiros para demostrar su imaginación de
virtuoso. Cabría destacar (con dificultad, porque todo fue destacable) su papel
sobresaliente en los tangos, o la presentación y las falsetas de alegrías y
bulerías, o los fandangos de cierre. En fin: perfecto. Un guitarrista superior,
pletórico de imaginación, técnica y expresión.
Rocío Segura.
Seguro que se echaron en falta algunos otros cantes en los que Rocío Segura derrocha magisterio, pero hora y media en ese nivel de entrega no da para más, y eso forma parte de la decisión soberana de la cantaora y de los misterios del directo. Así nos quedan las ganas de que vuelva pronto para escucharla otra vez y apreciar lo bien que va creciendo como artista.