viernes, 17 de octubre de 2014

La novia judía


Rembrandt. La novia judía. 1667.
Es conocida la debilidad del joven pintor Vincent Van Gogh por el Rijksmuseum, y dentro de él por Rembrandt y por La novia judía. Ante ese cuadro que visitaba frecuentemente le comentó a un amigo que gustoso daría diez años de vida a cambio de que le concedieran permiso para permanecer durante dos semanas sentado frente a la pintura, sin más compañía que un mendrugo de pan duro.
En una de las cartas a su hermano Theo le comentaba el recuerdo de sus impresiones: era un cuadro íntimo, infinitamente simpático, pintado con mano de fuego por un poeta, por un Creador. "Qué noble sentimiento de una profundidad inmensa. Es preciso haber muerto varias veces para pintar así. Rembrandt penetra tan lejos en el misterio que dice cosas que ninguna lengua puede expresar. Es con justo mérito que se le llama el Mago".
Thomas Struth. Alte Pinakothek. Autorretrato. Munich. 2000.
Lamentablemente, la actitud general de los espectadores contemporáneos ya no es esa. Ya no se ve así la pintura. A los museos se ha dejado de ir a aprender o a intentar transformar la propia vida por elevación. Ahora lo que se busca es marcar el territorio a todo meter y cumplir con las exigencias de la actualidad, y se pasa más tiempo en las tiendas de mercaderías o corriendo por los pasillos que contemplando las obras de los maestros, antiguos o modernos.
Thomas Struth. Stanze di Raffaello. Museo Vaticano. 1990.
La obra artística se convierte en mero reclamo, como cualquier otra bagatela popular a través de la que conseguir pingües beneficios para los desnaturalizados Museos y para recaudadores de todo tipo.
Thomas Struth. El Prado. 2005.
El poco tiempo que los afanosos estudiantes y turistas dedican a la contemplación lo desperdician fotografiándose dando la espalda al cuadro, o inmortalizándolo a larga distancia entre un mar de cabezas movedizas. Una oportunidad perdida. Un esfuerzo inútil. 
Teresa Rodríguez. La ronda nocturna. Rijkmuseum. Agosto de 2014.
Como prueba, sirvan estas fotos de cualquier mañana en el Museo del Louvre de gente que afirmará a la vuelta a su casa que ha visto a la Gioconda:






                                     







Qué tiempos y qué (malas) costumbres.
Como decían las abuelas de antes, "a lo que llegamos".


jueves, 16 de octubre de 2014

La metamorfosis


Elliott Erwitt. Félix, Gladys y Rover. Nueva York, 1974.



A algunos extraños compañeros de viaje es necesario recordarles que conviene tener cuidado a la hora de elegir con quién nos mezclamos, porque, tarde o temprano, algo se nos acabará pegando.
Elliott Erwitt. Nueva York. 2000.
Y naturaleza humana.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Blanqueo de mentiras

Kazimir Malévich. Cuadrado negro. 1913-15..
Si en una rueda de prensa el compareciente repite cuatro veces una información, algo pasa. Seguro que el emisor no es un pico de oro, pero igual de seguro que tiene intención de colar de matute gato por liebre.
Kazimir Malévich. Plano en rotación, llamado círculo negro. 1915.
La cosa se remacha otras cuatro veces en la nota de prensa elaborada al efecto, en la que se da cuenta y se fija el “evento”. El profesional que la redacta somete sus cualidades a algo que aprendió de pasada en la Facultad de Periodismo, pero que pone en práctica cada vez más a menudo desde que trabaja en un gabinete de prensa, lo que le mantiene activo en un oficio avocado al paro: es el sexto Principio de la Propaganda elaborado por Joseph Goebbels, conocido como Principio de Orquestación, y que sostiene que "la propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentarlas una y otra vez desde diferentes perspectivas, pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas”.
Kazimir Malévich. Pintura suprematista. Cuatro cuadrados. 1915.
Al día siguiente, los medios colocan como “información” y por tierra, mar y aire el resultado de la chapucera manipulación, pero la prueba ha sido superada, y se hace realidad otro principio de la comunicación igual de certero, pero más desencantado: "si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad".
Kazimir Malévich. Cruz negra. 1915.
La mentira, impresa y difundida, se ha hecho noticia y habita entre nosotros.
Kazimir Malévich. Composición suprematista. Blanco sobre blanco. 1918.
Todos contentos. 
Aunque siga siendo un embuste.
Porque, ¿a quién le importa?