martes, 15 de mayo de 2018

Los nombres y las palabras

F.G. El maravilloso jardín de la naturaleza. Pájaro en Barranco. 05.2018.

"No sé los nombres de los pájaros
que, tras el aguacero, cantan.
Hacen su fiesta en lo más alto
de los chopos, ¿o son olmos?

Tampoco sé si el verde que sube y sube
es de trigo o de centeno.
O si son del espino albar las flores
que han puesto de blanco las zarzas.

Sé que era un enebro el árbol
que a Araceli y a mí
nos cobijó, Luis quien fue a buscarnos
y Ángeles quien le puso en marcha.

Son nombres fáciles de recordar
como Fernando, Irene o Serafín. Manzana
o lilas. Pasado el tiempo,
cada tormenta de raíz aún los levanta.

Sucede así: sé que clarea
con oír una palabra."

María Ángeles Maeso. No sé los nombres de los pájaros. (Recogido en ¿Quién crees que eres yo? Huerga & Fierro, 2012)
F.G. El maravilloso jardín de la naturaleza. Fruta arequipeña. 04.2018.

lunes, 14 de mayo de 2018

Goyescas

F.G. Capricho de reconocimiento. Collage de palabras e imagen encontradas. 05.2018.

F.G. Desastre de exterminio. Collage de palabras e imagen encontradas. 05.2018.

F.G. Disparate exhibicionista.. Collage de palabras e imagen encontradas. 05.2018.

viernes, 11 de mayo de 2018

Prohibido prohibir

Bruno Barbey. Mayo de 1968 en Paris. Patio de la Universidad de la Sorbonne.

A veces la traducción a otro idioma mejora la expresión original, y en el caso "sesentayochista" que hoy nos ocupa el español tiró recto y claro por la calle de en medio para llegar acertadamente hasta el popular `prohibido prohibir’ (igual que hizo el inglés con su `forbidden to forbid´)
Aunque quizá la sentencia (una aspiración añeja entre los recalcitrantes partidarios de la libertad) tuvo varias fuentes simultáneas de origen libertario que confluyeron en aquella época de efervescencia antiautoritaria: la redicha y formal de la Facultad, escrita por algún especialista en la redacción de reglamentos (como el prehipster de la foto, tan adusto y recortado, tan serio) recurriendo a palabras mayores y a sus letras capitales, como para ser tallada en piedra en la puerta de un templo o en las tablas de la ley, y la versión callejera y silvestre, anónima y minúscula, más dada al juego de palabras y al trabalenguas, a su efecto sonoro, decididamente partidaria de la redundancia arrabalera y de abolir los rangos y las diferencias hasta en la grafía de los dichos. Pero, eso sí, con admirada exclamación final, como una orden conminatoria!!!

Y es que siempre, también en esto, ha habido clases.