viernes, 11 de marzo de 2016

Leila Alaoui. Un trabajo interrumpido por la muerte

Leila Alaoui. Fotografías de su serie Los Marroquíes.
A la manera de algunos grandes fotógrafos y bajo el título genérico de Los Marroquíes, Leila Alaoui cultivó durante años un “trabajo en marcha” que la llevaba por los lugares más recónditos de su país con la intención de documentar la rica diversidad que se va perdiendo inexorablemente.
Retrataba la gran variedad de individuos que constituyen el “protagonista colectivo” de la cultura popular conforme a un patrón uniforme, esencialmente clásico, recortados sobre un fondo neutro y siempre de frente, cruzándose el objetivo de la cámara (nuestros ojos, querido lector) y la mirada de los modelos, ataviados con sus mejores galas y mostrando con orgullo las herramientas que definen sus vidas. 
En su trabajo eran evidentes por igual la intención etnográfica y la reivindicación de saberes ancestrales en peligro de extinción. 
Entre sus desconocidos protagonistas había, naturalmente, muchos músicos cargados con sus instrumentos, luciendo la misma complacida dignidad de los otros artesanos. 

Mientras hacía para Amnistía Internacional un trabajo sobre la opresión de las mujeres en Burkina Faso, fue asesinada en Uagadugú junto a otras treinta personas por terroristas de Al Qaeda. 
En palabras de Tahar Ben Jelloun, “ni su talento, ni su inteligencia, ni su sensibilidad, ni su belleza la protegieron." Tenía 33 años y su trabajo -esta y otras interesantes series- pervive, accesible en su blog.

Nouba Istihilal. Ustad Massano Tazi.
Música andalusí de Fez. Ocora.1988





jueves, 10 de marzo de 2016

¿Dibujar o hacer fotos?

Martine Franck. Henri Cartier-Bresson dibujando en Provenza.

El eterno (e irreal) dilema entre dibujo y fotografía lo resolvió Cartier-Bresson en plan maestro y para siempre, eligiendo como portada de su libro fundamental, El instante decisivo, un humilde collage de Henri Matisse acompañado de su pulcra caligrafía.
Edición americana de The decisive moment. 1952.

Cartier-Bresson explicaba el origen de ese título que llevaba "pegado a la piel como una etiqueta, desde que Verve publicó mi libro Images a la sauvette, con una ilustración en tapa de Matisse que era un homenaje a la fotografía en general. Yo lo había encabezado con una cita del cardenal de Retz: `Nada hay en el mundo que no tenga un instante decisivo´. Un editor neoyorquino que publicó mi libro se inspiró en ella y lo tituló The Decisive Moment. Desde entonces, esa frase me persigue."
Henri Cartier-Bresson. Henri Matisse dibujando en Villa Le Rêve. 1944.

En los años setenta volvió a la pintura y el dibujo, abandonando progresivamente la fotografía porque aceptó el consejo de su viejo amigo Tériade, crítico y editor de ese y otros muchos libros de arte: “Has hecho cuanto podías hacer en fotografía; si sigues ahí sólo podrás ir a menos".
Martine Franck. Henri Cartier-Bresson visitando a Goya en El Prado. 1993.
Y nunca se arrepintió, porque lo importante, en realidad, es tratar de aprender a ver, cualesquiera que sean la estrategia y las herramientas. 
Elegir el instrumento puede que sea "el instante decisivo" (aunque no tiene por qué ser irreversible).

miércoles, 9 de marzo de 2016

La maravilla


Cristobal Hara. Valencina de la Concepción. 1993. (Portada del programa de los Entremeses de Cervantes)
Algunas veces (no demasiadas, lamentablemente) la maravilla se hace presencia y palabra sobre un escenario. En mi ciudad pasó tal prodigio recientemente con el retablillo de algunos entremeses de Cervantes (La cueva de Salamanca, El viejo celoso y El retablo de las maravillas) puestos en pie por el Teatro de La Abadía. 
Ros Ribas. Entremeses de Miguel de Cervantes. Teatro de La Abadía.
Como por arte de magia nos transportaron a finales del siglo XVI y a la meseta castellana, donde “todos los aparatos de un autor de comedias se encerraban en un costal, y se cifraban en cuatro pellicos blancos guarnecidos de guadamecí dorado, y en cuatro barbas y cabelleras y cuatro cayados, poco más o menos. (…) No había en aquel tiempo tramoyas, ni desafíos de moros y cristianos, a pie ni a caballo; no había figura que saliese o pareciese salir del centro de la tierra por lo hueco del teatro, al cual componían cuatro bancos en cuadro y cuatro o seis tablas encima, con que se levantaba del suelo cuatro palmos; ni menos bajaban del cielo nubes con ángeles o con almas. El adorno del teatro era una manta vieja, tirada con dos cordeles de una parte a otra, que hacía lo que llaman vestuario, detrás de la cual estaban los músicos, cantando sin guitarra algún romance antiguo.” 
Ros Ribas. Entremeses de Miguel de Cervantes. Teatro de La Abadía.
Así de preciso y con tanto detalle cuenta Don Miguel cómo le cogió el gusto a las comedias y la forma en que aprendió a hacerlas viendo las representaciones de Lope de Rueda, y así las dirige y pone en pie José Luis Gómez. 
Poco más hace falta que las palabras justas (con su sonido precioso, su sentido y su significado), el ingenio desbordante del autor (constructor de juguetes dramáticos perfectos) y la intención de divertir y señalar (sin dejar títere con cabeza, sea el muñeco gobernador, cornudo, alcalde, criado, clérigo, regidor, escribano o rústico, mujer u hombre: materia subversiva tan abundante como para varias querellas, porque no hay nada nuevo bajo el sol). 
Ros Ribas. Entremeses de Miguel de Cervantes. Teatro de La Abadía.

Eso y un buen puñado de excelentes cómicos con oído suficiente como para cantar y bailar de manera acompasada. Y una luz intensa y cambiante, como castellana, que deslumbra y lo baña todo repartiendo hermosura elemental. Y un gran árbol como un tótem, en el centro de una era convertida en espacio de jolgorio comunitario. Y un tratamiento de la omnipresente música digno de admiración, recurriendo a lo popular cotidiano, a las formas más tradicionales que todavía perviven en nuestro acervo cultural, a través de la rima de refranes, decires y canciones, a los ritmos creados con objetos domésticos, pitos y reclamos, y a un despliegue portentoso de máquinas de ruido teatral utilizadas a la vista y con tal virtuosismo que cubren las necesidades de cualquier incidencia o suceso que acontezca. Pocas veces se ha conseguido un "espacio sonoro" tan espectacular y justificado.
Ros Ribas. Entremeses de Miguel de Cervantes. Teatro de La Abadía.

Y todo dando la apariencia de sencillez, sin que se aprecie el arduo trabajo de depuración, de reducción de la fuente a lo esencial tras despojarla de adherencias indeseadas. Un trabajo de grandes individualidades que se disuelven en un homenaje colectivo a Miguel de Cervantes, y que nos llena de orgullo y agradecimiento a quienes, tanto tiempo después, seguimos disfrutando de este inagotable idioma.