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lunes, 28 de octubre de 2019

Oír (y mirar, y tocar) la luz

Portada de Vik Muniz para Seu Jorge. 2004.
 (...) "Este siglo nos ha puesto toda la música que existe al alcance de un clic, lo cual es una de las maravillas de la modernidad, pero también es verdad que esta maravilla nos ha arrebatado el deseo, el anhelo, esa desesperación por tener un disco especifico de la que gozábamos los habitantes del siglo XX. Hoy ya no es posible desear oír una canción, no hay que esperar, podemos escucharla un instante después de desearla, y el deseo sin el tiempo de espera no existe, se convierte en una gestión, en un trámite. (...)
Portada de Andy Warhol para el Sticky Fingers, de los Rolling Stones. 1971.
Pero la materia que ataba a la música tenía un capítulo más sutil. Cada vez que escucho una de esas piezas que llevan dentro la armonía del universo, no solo disfruto de la música, también vibro con el recuerdo de ese objeto material que hoy llamaríamos soporte físico; porque antes la música estaba asociada al objeto que la contenía, a la cubierta, al trabajo gráfico, a las fotografías, a la funda que protegía el disco, y al disco mismo, que tenía siempre una etiqueta en el centro con los títulos de las canciones, o con un complemento gráfico que redondeaba el concepto general de la obra; todo eso era parte indisociable de la experiencia de oír música. (...)
Portada del Equipo Crónica para Raimon. 1969.
Todo este universo memorioso y sensorial ha sido erradicado por el libro electrónico, de la misma forma en que Spotify, además de arrebatarnos el derecho de desear largamente un disco, nos escatima esa experiencia física que en el siglo XX era parte de la música."(...)

Jordi Soler. Oír la luz. El País, 28.09.2018.


Portada de Irving Penn para el disco Tutu, de Miles Davis. 1986.



lunes, 16 de mayo de 2016

Ralph Towner y Paolo Fresu, de manera silenciosa


Ralph Towner y Paolo Fresu.

En la pareja artística formada por Ralph Towner y Paolo Fresu a las conocidas bondades del dúo de jazz se añaden las ventajas de la relación intermitente. Un vínculo, digamos, “fijo-discontinuo”, que se renueva a conveniencia desde hace más de veinte años y al que cada uno va aportando en cada reencuentro lo que sigue aprendiendo a través de otras experiencias musicales, la visita de otros sonidos y la satisfacción de otros intereses.
Retoman de vez en cuando la colaboración abierta donde la dejaron, con la facilidad que da el contar con el repertorio incombustible de su disco Chiaroscuro (2009), que lleva camino de convertirse en un clásico del jazz del siglo XXI.  En ese puerto seguro, sobre esas diez canciones magníficas, vuelan alto y renuevan y enriquecen la provechosa relación.  Comentó Fresu que el disco reflejaba “la filosofía del dúo”, y se refirió a Caravaggio y a su contrastado estilo de luces y sombras como una constante fuente de inspiración para su música.
Caravaggio. El tañedor de laúd. 1596.

Afortunadamente su concierto en Logroño tuvo un sonido perfecto, transparente, algo absolutamente imprescindible para apreciar tan sofisticada música. Y para disfrutarla plenamente, porque además de su evidente complejidad intelectual también es una música con voluntad de apreciación sensual, que desde su delicada sutileza llama a la alegría de vivir.
La noche empezó con Punta Giara para seguir con Wistful thinking, Doubled Up y Blue in Green (esa maravilla escrita por Bill Evans y firmada a medias con Miles Davis). Después el standard I fall in love too easy, de Jule Styne, popularizado por Frank Sinatra y los trompetistas Chet Baker y -de nuevo- Miles Davis, en la que apreciamos la capacidad del dúo para el swing y para afrontar cómodamente una canción de estructura convencional, más allá de los modos lineales donde se suelen mover. Y para acabar, Chiaroscuro, Sacred Place y, de regalo, Summer´s end, con un aire de bossa nova brillante y alegre.
Ralph Towner .
Ralph Towner demostró que es un virtuoso dotado de una técnica compleja, sofisticada y esencialmente clásica, que pone al servicio del sonido y de la emotividad de su personal forma de entender, tocar y componer jazz. Su formación inicial como pianista se aprecia en su asombrosa capacidad “polifónica” -tocando con naturalidad varias líneas melódicas simultáneamente- y en sus desarrollos armónicos. Escuchándole se entiende que se sienta más cerca de Bill Evans que de los guitarristas del be-bop, porque su música resulta siempre cool, limpia, precisa, elegante. Su forma de tocar asombra a los aficionados al jazz, aunque sea habitual en otras culturas guitarrísticas: la sutileza de la cuerda pulsada, su maestría con el legato, la capacidad de obtener delicados sonidos percutivos en el mástil mediante leves presiones, los efectistas glissandos, su fluidez,…, todo en él resulta –aparentemente- sencillo y natural: como respirar. Y cuando toca la guitarra barítono no disminuyen esas cualidades y entre las  sonoridades graves aparece la capacidad para hacer sonar un instrumento acústico con la potencia de un bajo funky.
Paolo Fresu.
Junto a este sabio tranquilo, este virtuoso en plena madurez que todo lo hace fácil, estuvo el impecable Paolo Fresu, un brillante trompetista que aportó versatilidad al dúo, unas veces  a través de vibrantes desarrollos melódicos sobre el ostinato minimal y a menudo remarcando el valor musical del silencio, la importancia de ese aire que es poco más que el aliento vital previo a la nota musical. Resultaba curiosa su gestualidad, recordando a veces a un arquero en constante tensión para colocar la nota precisa en el lugar adecuado, y otras convertido en un ovillo reconcentrado, buscando desde donde extraer de su capacidad instrumental la sentimentalidad, el brillo y el calor que equilibraran tan delicadas melodías. Como en todos los trompetistas de su generación se puede reconocer en Fresu la influencia de Miles Davis,  pero más en la intención que en la técnica o el fraseo, lo que le mantiene lejos de la amenaza manierista. Su paleta de sonido –con el fiscorno y la trompeta, con o sin sordina- es amplísima, y su riqueza tímbrica admirable, muy apropiada para aportar atmósferas y colorido al repertorio.
Caravaggio. La tentación de San Mateo. 1599.
Fue un excelente concierto de setenta minutos que se hicieron muy cortos, con el público en un silencioso arrobo ante dos músicos unidos a la vez por el contraste y la sintonía entre la cálida luz y la misteriosa sombra. Aunque, como suele pasar en las parejas, los papeles eran intercambiables.
Para el anecdotario queda, por infrecuente, la utilización en plena actuación de una lima de uñas por el maestro Towner. Y es que la mano es un instrumento de precisión. 


Ralph Towner & Paolo Fresu
JAZZ 2016. Cultural Rioja
Teatro Bretón. Logroño
11 de mayo de 2016



Otras crónicas del ciclo JAZZ 2016. Cultural Rioja:



lunes, 11 de mayo de 2015

Jerry González y la música que viene y que va



Jerry González, con sus armas y razones. Foto: Andrea Zapata Girau.

¿Cómo llega un músico niuyorkino de primera categoría a afincarse en España y desde aquí poner en marcha una nueva dimensión de su proteica carrera?. El largo idilio, como muchas otras veces, tiene origen cinematográfico, y su promotor fue Fernando Trueba (al que tanto debe la música latina) con la película Calle 54 y su extraordinaria difusión e influencia internacional. Desde aquí, además de conservar (yendo y viniendo) los viejos vínculos y firmar colaboraciones esporádicas de lo más diverso, Jerry González ha creado dos grupos fundamentales, uno más “español” (Los piratas del flamenco, que marcó un influjo perdurable en parte de la nueva cultura flamenca, algo así como “una cierta actitud”) y otro más “americano”, o, para entendernos, cubanomadrileño, El comando de la clave, con el que nos visitó abriendo el ciclo de jazz de Cultural Rioja.
El Comando de la Clave en acción.
Jerry González es un músico complejo, creador y director de grupos, compositor de obras propias y arreglista de repertorio ajeno del que se apodera transformándolo a su medida, y está dotado de un concepto muy personal del sonido. También es un gran instrumentista, aunque en esta fase de su carrera da la impresión de que le importa relativamente poco seguir demostrando lo obvio (porque, si cupiera alguna duda, quedaría avalado por su discografía y por la historia de sus colaboraciones con los más grandes). Ahora parece más interesado en dar un nuevo salto adelante en la creación y transmisión de su música, centrándose en su capacidad de generar emoción y sentimiento. Cada vez se repliega más, dirigiendo al grupo desde las congas (como aprendió sin duda de Tito Puente y otros maestros rumberos) o a través de sus escuetas intervenciones con la trompeta (igual que Miles Davis, otro ilustre huraño partidario también de la mezcla y la renovación permanente).
Jerry González, de manera silenciosa. Foto de Amando Moura.
El repertorio del concierto estuvo formado por clásicos de la canción norteamericana (Someday my prince will come –de la banda sonora de Blancanieves- y el Love for sale, de Cole Porter), del jazz (el Resolution de John Coltrane, y el 81 de Ron Carter y Miles Davis, omnipresente) y del cancionero hispano, ya sean los bolerazos de la mexicana Consuelo Velásquez (Bésame mucho y Verdad amarga) o del puertorriqueño Rafael Hernández (Obsesión), que tan bien representan ese “estado de ánimo” que es el Caribe, del que tanto hemos recibido los españoles y al que hemos aportado, además del idioma, cierta manera de sentir y hacer, varias formas poéticas y musicales y unos cuantos talentos personales (en concreto y por lo que se estaba celebrando sobre el escenario, Paco de Lucía sin ir más lejos).
Caramelo, Jerry, Alain y Kiki. Foto: Andrea Zapata Girau.
Para acometer tan ambicioso repertorio es necesaria una big band o un pequeño grupo de excelentes músicos capaces de aportar tenacidad y carácter; gente capaz de sumar al concepto del latin jazz la intensidad coltraneana y el apego sentimental a las raíces rítmicas africanas que conservan en su acervo sonoro (rumba, guaguancó, conga, y las aportadas por el maestro, que aparecieron en los bises con El Cumbanchero).
Javier Massó, “Caramelo”, se mostró como un pianista brillante en el aspecto armónico, con una forma de tocar poderosamente percusiva de raíz africana, y desplegó una extraordinaria presencia melódica para ocupar en el desarrollo de los temas el espacio al que el maestro ha renunciado.
Enrique “Kiki” Ferrer, en la batería, tejió la urdimbre rítmica perfecta en la que cabían con total naturalidad las sonoridades de los timbales y las percusiones cubanas sobre la estabilidad métrica del batería de jazz. Es una especie de Chano Pozo con un instrumento de más “voces”, capaz de dialogar con los otros, especialmente con las congas de Jerry González.
Alain Pérez, al bajo, supo lanzar con sus líneas al grupo hacia arriba, en una atractiva simbiosis de funky y tumbao, aunque también bordó hermosas líneas melódicas, sobre todo en los boleros. Demostró unas sorprendentes cualidades de cantante, con una sonoridad aguda de coro popular que cuando ocupa más espacio en los montunos demuestra un brillo y flexibilidad que recuerdan a los grandes soneros antiguos.
En definitiva, un gran grupo dirigido con delicada precisión por un satisfecho músico que ve cómo crece su idea del sonido gracias a las brillantes aportaciones de sus compañeros en “el comando de la clave”.
Jerry González atacando al parche. Foto de Marina Vodovov.
¿Un momento especial para el recuerdo?: una larguísima ovación cuando el concierto se suponía acabado y ya se habían despedido los otros músicos, mientras el frágil Jerry, solo, recogía dificultosamente sus trompetas recortado sobre un fondo panorámico de profundo color azul ultramar. Un intenso y merecido aplauso que tuvo como premio el regreso de los sidemen a escena para un fin de fiesta en clave de guaguancó, tocando todos congas y timbales en complejas réplicas bajo el simpático liderazgo vocal de Alain Pérez y la sonrisa complacida del viejo maestro.


Jerry González y el Comando de la Clave
JAZZ 2015. Cultural Rioja.
Teatro Bretón. Logroño.
7 de mayo de 2015.


(Publicado en Rioja2 el 11.05.2015)

miércoles, 1 de abril de 2015

La música en el cuerpo de Hermeto Pascoal


Hermeto Pascoal ante la partitura de una de sus composiciones.

El   brasileño Hermeto Pascoal es un compositor autodidacta y multiinstrumentista intuitivo que, partiendo del conocimiento exhaustivo de la riqueza musical de su enorme país, ha llegado a hacer una importante carrera internacional en el ámbito de las vanguardias jazzísticas, a través de sus propios grupos o en colaboración con lo mejor de lo mejor. Por algo diría Miles Davis que era "el músico más impresionante del mundo".
Hermeto Pascoal: Brincando de Corpo e Alma. 2012.
En esta ocasión le vemos utilizar su propio cuerpo como instrumento único y múltiple, compleja fuente de sonido de la que extrae improvisadas melodías y ritmos que forman un todo perfectamente armónico, absolutamente natural.
Hermeto Pascoal. Portada del disco Hermeto. 1970.
Un hombre feliz y entonado, inventivo y libérrimo, que ni necesita masajista ni sufre estrés con la obsesión por adelgazar.
Hermeto Pascoal.
Que vivan las tallas -y los talentos- grandes.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Modos de ver

La sabia mirada de seis grandes creadores captada con toda precisión por otros tantos atentos observadores. No se desvela el misterio, pero ahí queda reflejado. Y no es poco. Caza mayor.


Federico Fellini. Fotógrafo sin documentar.




Blanca Li por Alberto García-Alix.






Miles Davis por Anton Corbijn.


Rafael Sánchez Ferlosio por Uly Martín.



Robert Frank por Dodo Jin Ming.


Brassaï por John Loengard.















martes, 4 de junio de 2013

Robert Brownjohn y los Rolling Stones


Robert Brownjohn. Let it bleed. Portada. 1969.




¿Os acordáis (es un ejercicio sólo para provectos: menores de cincuenta, abstenerse) de un tipo de tocadiscos que apilaba los vinilos sobre el plato y los iba dejando caer automáticamente, uno tras otro, para que la escucha fuera, hasta cierto punto, continuada? Pues eso era, como no podía ser de otra manera, un “automatic changer”. Como en el chiste, “la misma palabra lo dice”. Ha habido épocas en las que se llamaba a las cosas “por su nombre”, y este era un invento que te permitía tener las manos libres (u ocupadas, en el mejor de los casos) más allá de los veinte minutos que solía durar la cara de un disco de larga duración.
La portada del Let it bleed (sangrienta broma verbal que los Rolling Stones dedicaron al ñoño polmacartismo de la competencia) llamaba la atención y descolocaba. ¿Qué hacían bajo ese título satánico y apiladas con orden pero sin concierto una tarta nupcial de pueblo, una cubierta de neumático, una pizza, la esfera de un reloj de pared, una lata conteniendo una bobina de película y un disco que gira sobre el plato y en el que a los cuatro calaveras ya conocidos se sumaba el recién incorporado y brillante guitarrista adolescente Mick Taylor?
El desajuste era, sencillamente, el resultado de un cambio en las previsiones de producción del disco, muy esperado por los aficionados y los medios tras la truculenta muerte de Brian Jones. Cambió el título, pero se mantuvo el diseño gráfico previsto inicialmente, encargado a un brillante creador acostumbrado a caminar por el lado peligroso: Robert Brownjohn. Éste había recibido una sólida formación en el Instituto de Diseño de Chicago bajo la dirección y protección del gran László Moholy-Nagy (pronúnciese molinóch) y luego marchó a Nueva York para crear con otros brillantes socios una de esas agencias publicitarias que tan bien refleja la serie Mad Men, con grandes campañas gubernamentales y corporativas de las que han servido para forjar el imaginario de la sociedad de consumo. Una especie de Don Draper, pero con más paleta de sustancias psicoactivas. Sus inclinaciones artísticas le llevaron a relacionarse con casas de discos y con grandiosos músicos como Charlie Parker o Miles Davis, con los que compartió aficiones y adicciones. Posteriormente se trasladó a Londres, donde mantuvo su fructífera relación con multinacionales y bancos, y empezó a colaborar con el mundo del cine, destacando sus secuencias de créditos para algunas películas de James Bond como Desde Rusia con amor y Goldfinger (en la que hace una recreación pop de las técnicas creadas por Moholy-Nagy en los años veinte para las películas constructivistas de la Bauhaus).
La portada del título rodante la hizo en 1969, y murió a los cuarenta y cinco años en 1970. Todo un precursor.
Como todo en la vida, había en el desarrollo del encargo una parte de atrás: la fiesta ha terminado y quedan los restos. Destrozo y suciedad: el disco roto, el brazo del tocadiscos descuajeringado, la tarta desaprovechada sin haber gozado de mucho aprecio, los musiquitos decorativos hundidos en su propia nata, el neumático pinchado y cortado, el reloj sucio y rayado, la pizza fría, la película expuesta a la intemperie, …
Lo decía el poeta Jaime Gil de Biedma por esos mismos años: “envejecer, morir, es el único argumento de la obra.”
Son cambios automáticos.

Robert Brownjohn. Let it bleed. Arte final para la contraportada. 1969.