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lunes, 23 de mayo de 2016

Beny Moré, Alain Pérez y la CMQ Big Band sonaron bonito y sabroso


El Beny Moré, inmortalizado por Jorge Frías, "Sinsal", tremendo artista. 2016.
Hubo un tiempo (ya lejano, y probablemente perdido para siempre) en el que en las emisoras de radio y en los estudios de televisión se tocaba música en directo. La amplitud del combo dependía del rumbo del patrocinador publicitario, y la calidad de la música era cosa del talento e imaginación de los intérpretes. En La Habana de los años cincuenta (una de las múltiples “edades de oro” de la música cubana), las orquestas, además de grabar discos, tocaban en cabarets, salones de baile, teatros, espectáculos y “emisoras radiales” como la CMQ, y las más famosas lo hacían todo a la vez, en jornadas extenuantes. 
El concierto que propone desde hace tres años la CMQ Big Band trata de recuperar y difundir ese sonido singular, fruto de unas circunstancias excepcionales y que dejó de tocarse ya en los años sesenta, relegado entre otras cosas por los cambios políticos de la isla (ya tú sabes eso de “se acabó la diversión, llegó el Comandante y mandó parar). Y lo hace recreando la intención y el repertorio de Beny Moré (el “bárbaro del ritmo”, el “sonero mayor”) y su Banda Gigante, considerados unánimemente como su manifestación más lograda y exigente.
Beny Moré y su Banda Gigante. Circa 1955.
Hacia la mitad de su concierto en Logroño la CMQ Big Band atacó la guaracha Elige tú, que canto yo, de Joseíto Fernández, que propone las reglas del juego: “yo canto una guaracha, una rumba y hasta un son, y canto cualquier cosa y es porque soy buen cantor. Si tú me pides bolero, pues bolero yo te doy”. Todo eso y mucho más (son montuno, mambo, rumba, guaguancó, guajira, chachachá, batanga, invocaciones orishas,…) se tocó en el Teatro Bretón por una banda interracial y transatlántica de diecisiete músicos, una “caja de ritmos” dirigida por el brillante pianista Luis Guerra y con Alain Pérez como omnipresente cantante y maestro de ceremonias.
La CMQ Big Band, con Alain Pérez.
El repertorio estuvo muy bien elegido, agrupando una selección de los “grandes éxitos” de un músico singular que, a pesar de su temprana muerte (a los 43 años) en un medio, digamos, nada proclive a la “fiesta”, marcó para siempre el imaginario sonoro de la música cubana y está en el epicentro de su influencia internacional, mucho más allá del ya de por sí amplio territorio sentimental del bolero. Músicas propias y ajenas (recreadas y hechas propias en sus versiones) y paulatinamente más sofisticadas, desde su época de intuitivo cantor rural y su paso por el grupo de Miguel Matamoros hasta la orquesta de Pérez Prado, y sobre todo con su Banda Gigante, donde se fijaron clásicos de leyenda que siguen siendo, como ahora se dice, “rompepistas”.
Beny Moré y su tribu, la Banda Gigante. 
La orquesta sonó como aquello para lo que se creó: una poderosa máquina de sonido rutilante, un complejo mecanismo de precisión que ha de servir igual de bien (y sin descanso ni transición) a las necesidades expresivas de la pasión romántica y a las exigencias rítmicas del estómago y los pies de los bailongos. Todo un logro, ensamblar el lenguaje melódico y rítmico cubano con la potencia sonora de una explosiva banda de metales. Mérito que en buena medida correspondió a su director, el pianista Luis Guerra, autor de los elegantes arreglos y de varios solos virtuosos y espectaculares.
Beny Moré y su Banda Gigante, cuando La Habana era una fiesta.
Alain Pérez (un músico extraordinario que a lo largo de su intensa carrera se ha sentido igual de bien haciendo sus propios discos que acompañando al contrabajo a Paco de Lucía -durante varios años- o a Jerry González y a lo más selecto de la música cubana -de dentro y de fuera de la isla-), cantó con solvencia en la exigente tesitura en que lo hacía el Beny con su “voz de clarín”, en un territorio agudísimo próximo al falsete, arriesgado para la afinación. Tiene un registro vocal amplio y un metal precioso, y resultó un repentizador ocurrente, con estribillos e inspiraciones sobre las bondades de lugar, los músicos y el público llenas de gracia. Calentó el ambiente y agitó a la orquesta con su gestualidad y su innato sentido del ritmo. Ya hacia el final, con el montuno Qué bueno baila usted, convirtió el teatro en dislocada pista de baile, y la canción en homenaje a los esforzados músicos, con un agradecido “Beny Moré, qué banda tiene usted” y “qué bueno toca usted” que se sintió como entusiasta reconocimiento colectivo hacia “la tribu”.
Beny Moré, el bárbaro del ritmo, en acción.


Seguramente si hubiera en el grupo, como es frecuente, una segunda voz (además de los deliciosos coros de los percusionistas, que merecerían su propio concierto) el resultado sería más rico y variado, evitando lo que podía acabar por apreciarse como cierta monotonía en lo vocal.
La descarga, que terminó con la Batanga nº 2 de Bebo Valdés, duró cien intensos minutos y a la mayoría del público nos supo a poco. Los telones del escenario se cerraron y el recinto volvió a estar como cuando llegamos, para disfrutar de lo que Alain Pérez definió como “una película en blanco y negro sobre Beny Moré, leyenda y milagro de la música cubana”.



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Después, ya en la calle y entre los entusiastas, vinieron las consideraciones sobre la idoneidad de un teatro para disfrutar de una orquesta de estas características. 
Lo que escuchamos, ¿es música sólo para bailar? Cabría recordar que muchos de los “lugares emblemáticos” que identificamos como ideales para la interpretación de este repertorio son recintos donde se bebe y se come, se escucha, se mira y se huele. Y, quien puede, toca. Pero no se baila, o no es lo primordial.
La vida no deja de darnos sorpresas.



CMQ Big Band, con Alain Pérez
JAZZ 2016. Cultural Rioja
Teatro Bretón. Logroño
19 de mayo de 2016



Otras crónicas del ciclo JAZZ 2016. Cultural Rioja:
Ernie Watts
Ralph Towner y Paolo Fresu
                                                                   

lunes, 11 de mayo de 2015

Jerry González y la música que viene y que va



Jerry González, con sus armas y razones. Foto: Andrea Zapata Girau.

¿Cómo llega un músico niuyorkino de primera categoría a afincarse en España y desde aquí poner en marcha una nueva dimensión de su proteica carrera?. El largo idilio, como muchas otras veces, tiene origen cinematográfico, y su promotor fue Fernando Trueba (al que tanto debe la música latina) con la película Calle 54 y su extraordinaria difusión e influencia internacional. Desde aquí, además de conservar (yendo y viniendo) los viejos vínculos y firmar colaboraciones esporádicas de lo más diverso, Jerry González ha creado dos grupos fundamentales, uno más “español” (Los piratas del flamenco, que marcó un influjo perdurable en parte de la nueva cultura flamenca, algo así como “una cierta actitud”) y otro más “americano”, o, para entendernos, cubanomadrileño, El comando de la clave, con el que nos visitó abriendo el ciclo de jazz de Cultural Rioja.
El Comando de la Clave en acción.
Jerry González es un músico complejo, creador y director de grupos, compositor de obras propias y arreglista de repertorio ajeno del que se apodera transformándolo a su medida, y está dotado de un concepto muy personal del sonido. También es un gran instrumentista, aunque en esta fase de su carrera da la impresión de que le importa relativamente poco seguir demostrando lo obvio (porque, si cupiera alguna duda, quedaría avalado por su discografía y por la historia de sus colaboraciones con los más grandes). Ahora parece más interesado en dar un nuevo salto adelante en la creación y transmisión de su música, centrándose en su capacidad de generar emoción y sentimiento. Cada vez se repliega más, dirigiendo al grupo desde las congas (como aprendió sin duda de Tito Puente y otros maestros rumberos) o a través de sus escuetas intervenciones con la trompeta (igual que Miles Davis, otro ilustre huraño partidario también de la mezcla y la renovación permanente).
Jerry González, de manera silenciosa. Foto de Amando Moura.
El repertorio del concierto estuvo formado por clásicos de la canción norteamericana (Someday my prince will come –de la banda sonora de Blancanieves- y el Love for sale, de Cole Porter), del jazz (el Resolution de John Coltrane, y el 81 de Ron Carter y Miles Davis, omnipresente) y del cancionero hispano, ya sean los bolerazos de la mexicana Consuelo Velásquez (Bésame mucho y Verdad amarga) o del puertorriqueño Rafael Hernández (Obsesión), que tan bien representan ese “estado de ánimo” que es el Caribe, del que tanto hemos recibido los españoles y al que hemos aportado, además del idioma, cierta manera de sentir y hacer, varias formas poéticas y musicales y unos cuantos talentos personales (en concreto y por lo que se estaba celebrando sobre el escenario, Paco de Lucía sin ir más lejos).
Caramelo, Jerry, Alain y Kiki. Foto: Andrea Zapata Girau.
Para acometer tan ambicioso repertorio es necesaria una big band o un pequeño grupo de excelentes músicos capaces de aportar tenacidad y carácter; gente capaz de sumar al concepto del latin jazz la intensidad coltraneana y el apego sentimental a las raíces rítmicas africanas que conservan en su acervo sonoro (rumba, guaguancó, conga, y las aportadas por el maestro, que aparecieron en los bises con El Cumbanchero).
Javier Massó, “Caramelo”, se mostró como un pianista brillante en el aspecto armónico, con una forma de tocar poderosamente percusiva de raíz africana, y desplegó una extraordinaria presencia melódica para ocupar en el desarrollo de los temas el espacio al que el maestro ha renunciado.
Enrique “Kiki” Ferrer, en la batería, tejió la urdimbre rítmica perfecta en la que cabían con total naturalidad las sonoridades de los timbales y las percusiones cubanas sobre la estabilidad métrica del batería de jazz. Es una especie de Chano Pozo con un instrumento de más “voces”, capaz de dialogar con los otros, especialmente con las congas de Jerry González.
Alain Pérez, al bajo, supo lanzar con sus líneas al grupo hacia arriba, en una atractiva simbiosis de funky y tumbao, aunque también bordó hermosas líneas melódicas, sobre todo en los boleros. Demostró unas sorprendentes cualidades de cantante, con una sonoridad aguda de coro popular que cuando ocupa más espacio en los montunos demuestra un brillo y flexibilidad que recuerdan a los grandes soneros antiguos.
En definitiva, un gran grupo dirigido con delicada precisión por un satisfecho músico que ve cómo crece su idea del sonido gracias a las brillantes aportaciones de sus compañeros en “el comando de la clave”.
Jerry González atacando al parche. Foto de Marina Vodovov.
¿Un momento especial para el recuerdo?: una larguísima ovación cuando el concierto se suponía acabado y ya se habían despedido los otros músicos, mientras el frágil Jerry, solo, recogía dificultosamente sus trompetas recortado sobre un fondo panorámico de profundo color azul ultramar. Un intenso y merecido aplauso que tuvo como premio el regreso de los sidemen a escena para un fin de fiesta en clave de guaguancó, tocando todos congas y timbales en complejas réplicas bajo el simpático liderazgo vocal de Alain Pérez y la sonrisa complacida del viejo maestro.


Jerry González y el Comando de la Clave
JAZZ 2015. Cultural Rioja.
Teatro Bretón. Logroño.
7 de mayo de 2015.


(Publicado en Rioja2 el 11.05.2015)