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domingo, 7 de agosto de 2022

Siete de agosto

Toni Frissel. Primavera de Weeki Wachee, Florida. Portada del disco Undercurrent,
de Bill Evans & Jim Hall. 1962.
Bill Traylor. Pescado firmado.

F.G. Inmersión. 06.2022.

 


jueves, 26 de mayo de 2022

las notas hermosas

Bill Evans en Copenhague. 1964. Foto de Jan Persson.

"Me gustan más las teclas negras
Me gustan las luces tenues
Me gustan las mujeres que beben solas
Mientras yo me encorvo sobre el piano
Buscando todas las notas hermosas"

Charles Simic. Tal para cual. (Recogido en Acércate y escucha. Versión de Nieves García Prados. Vaso Roto Ediciones, 2020).

Bill Evans en directo. 1964 y 1975.

lunes, 16 de mayo de 2016

Ralph Towner y Paolo Fresu, de manera silenciosa


Ralph Towner y Paolo Fresu.

En la pareja artística formada por Ralph Towner y Paolo Fresu a las conocidas bondades del dúo de jazz se añaden las ventajas de la relación intermitente. Un vínculo, digamos, “fijo-discontinuo”, que se renueva a conveniencia desde hace más de veinte años y al que cada uno va aportando en cada reencuentro lo que sigue aprendiendo a través de otras experiencias musicales, la visita de otros sonidos y la satisfacción de otros intereses.
Retoman de vez en cuando la colaboración abierta donde la dejaron, con la facilidad que da el contar con el repertorio incombustible de su disco Chiaroscuro (2009), que lleva camino de convertirse en un clásico del jazz del siglo XXI.  En ese puerto seguro, sobre esas diez canciones magníficas, vuelan alto y renuevan y enriquecen la provechosa relación.  Comentó Fresu que el disco reflejaba “la filosofía del dúo”, y se refirió a Caravaggio y a su contrastado estilo de luces y sombras como una constante fuente de inspiración para su música.
Caravaggio. El tañedor de laúd. 1596.

Afortunadamente su concierto en Logroño tuvo un sonido perfecto, transparente, algo absolutamente imprescindible para apreciar tan sofisticada música. Y para disfrutarla plenamente, porque además de su evidente complejidad intelectual también es una música con voluntad de apreciación sensual, que desde su delicada sutileza llama a la alegría de vivir.
La noche empezó con Punta Giara para seguir con Wistful thinking, Doubled Up y Blue in Green (esa maravilla escrita por Bill Evans y firmada a medias con Miles Davis). Después el standard I fall in love too easy, de Jule Styne, popularizado por Frank Sinatra y los trompetistas Chet Baker y -de nuevo- Miles Davis, en la que apreciamos la capacidad del dúo para el swing y para afrontar cómodamente una canción de estructura convencional, más allá de los modos lineales donde se suelen mover. Y para acabar, Chiaroscuro, Sacred Place y, de regalo, Summer´s end, con un aire de bossa nova brillante y alegre.
Ralph Towner .
Ralph Towner demostró que es un virtuoso dotado de una técnica compleja, sofisticada y esencialmente clásica, que pone al servicio del sonido y de la emotividad de su personal forma de entender, tocar y componer jazz. Su formación inicial como pianista se aprecia en su asombrosa capacidad “polifónica” -tocando con naturalidad varias líneas melódicas simultáneamente- y en sus desarrollos armónicos. Escuchándole se entiende que se sienta más cerca de Bill Evans que de los guitarristas del be-bop, porque su música resulta siempre cool, limpia, precisa, elegante. Su forma de tocar asombra a los aficionados al jazz, aunque sea habitual en otras culturas guitarrísticas: la sutileza de la cuerda pulsada, su maestría con el legato, la capacidad de obtener delicados sonidos percutivos en el mástil mediante leves presiones, los efectistas glissandos, su fluidez,…, todo en él resulta –aparentemente- sencillo y natural: como respirar. Y cuando toca la guitarra barítono no disminuyen esas cualidades y entre las  sonoridades graves aparece la capacidad para hacer sonar un instrumento acústico con la potencia de un bajo funky.
Paolo Fresu.
Junto a este sabio tranquilo, este virtuoso en plena madurez que todo lo hace fácil, estuvo el impecable Paolo Fresu, un brillante trompetista que aportó versatilidad al dúo, unas veces  a través de vibrantes desarrollos melódicos sobre el ostinato minimal y a menudo remarcando el valor musical del silencio, la importancia de ese aire que es poco más que el aliento vital previo a la nota musical. Resultaba curiosa su gestualidad, recordando a veces a un arquero en constante tensión para colocar la nota precisa en el lugar adecuado, y otras convertido en un ovillo reconcentrado, buscando desde donde extraer de su capacidad instrumental la sentimentalidad, el brillo y el calor que equilibraran tan delicadas melodías. Como en todos los trompetistas de su generación se puede reconocer en Fresu la influencia de Miles Davis,  pero más en la intención que en la técnica o el fraseo, lo que le mantiene lejos de la amenaza manierista. Su paleta de sonido –con el fiscorno y la trompeta, con o sin sordina- es amplísima, y su riqueza tímbrica admirable, muy apropiada para aportar atmósferas y colorido al repertorio.
Caravaggio. La tentación de San Mateo. 1599.
Fue un excelente concierto de setenta minutos que se hicieron muy cortos, con el público en un silencioso arrobo ante dos músicos unidos a la vez por el contraste y la sintonía entre la cálida luz y la misteriosa sombra. Aunque, como suele pasar en las parejas, los papeles eran intercambiables.
Para el anecdotario queda, por infrecuente, la utilización en plena actuación de una lima de uñas por el maestro Towner. Y es que la mano es un instrumento de precisión. 


Ralph Towner & Paolo Fresu
JAZZ 2016. Cultural Rioja
Teatro Bretón. Logroño
11 de mayo de 2016



Otras crónicas del ciclo JAZZ 2016. Cultural Rioja:



lunes, 18 de mayo de 2015

Chucho Valdés, multiplicado


Chucho Valdés
Sería ocioso dedicar demasiado tiempo a pensar hasta dónde podría haber llegado la carrera y la popularidad de Chucho Valdés en el caso de haber nacido en otras latitudes y vivido en distintas circunstancias históricas. Lo ha tenido casi todo en contra, salvo el haberse desarrollado en una isla con un patrimonio musical único, en un entorno familiar privilegiado y con un sistema educativo -más allá de las penurias materiales- admirable. Lo cual, ciertamente, no es poco, y quizá, si a los frutos nos remitimos, sea lo más importante.
Lo otro -el brillo de la fama, el dinero, la proyección mediática-, cuando el músico realmente lo merece acaba por llegar, y así nos encontramos el pasado jueves en Logroño (veintidós años después de su presencia al frente de Irakere, su grupo) con un artista de importancia creciente y con un reconocimiento universal que le ha convertido en referente de primera línea en el competitivo mundo de la música improvisada, y no solamente en el jazz latino. Y además en unas condiciones óptimas para seguir desarrollando sus descomunales capacidades como músico, en cuanto a técnica, imaginación y versátil flexibilidad.

Chucho Valdés en el Lincoln Center.
Con ese intangible bagaje llegó a un teatro desbordado de entusiastas admiradores a los que fue presentando -cumpliendo lo que había anunciado unas horas antes- a “sus amigos de toda la vida” en una intensa conversación. Por allí pasaron Ernesto Lecuona y Thelonious Monk, Consuelo Velásquez y John Coltrane, El Manisero y un inesperado Joaquín Rodrigo, el Trío Matamoros y Federico Chopin, los grandes éxitos de Broadway (People, de Funny Girl, y Over the rainbow, de El mago de Oz) y las canciones francesas (unas preciosas y muy americanizadas Feuilles mortes), los temas populares cubanos (invocaciones, sones, danzones,…), J.S. Bach y Bill Evans. En fin, un hermoso compendio de la música escrita para piano y aquella otra de la que un pianista con talento y sin prejuicios se apodera por amor y gusto.
Chucho Valdés.
Tuvo la suerte de los grandes, porque hasta las pequeñas incidencias sumaron a su favor (si dejaba la chaqueta sobre el piano, las cuerdas graves percutidas aportaban un sonido como “preparado” de imprecisa vibración que hacía la melodía más evocadora todavía, misteriosa, con unos extraños armónicos que despertaron la inquietud del atento público; si golpeaba un micrófono el sonido se sumaba al compás reforzándolo), y demostró que es un pianista en estado de gracia, o varios pianistas tocando simultáneamente, si bien se mira: algo así como si Thelonious Monk fuera su mano izquierda y Oscar Peterson la derecha, y vinieran de visita los ecos cerebrales de Bach y los latidos cordiales de Chopin sobre un fondo rítmico tan rico y suculento como el Caribe.
Chucho Valdés.
No sé si Chucho Valdés opinará como Paco de Lucía acerca de la diversificación funcional de los intérpretes (“la izquierda es la que piensa y la derecha es la que ejecuta”) pero yo me acordé de esa afirmación del ya añorado maestro cuando “escuché” el contrabajo de Paul Chambers y la batería de Art Taylor en su mano izquierda y el vertiginoso saxo tenor de Coltrane en su derecha mientras acometía el trepidante Giant Steps. Y todo a la vez, como un cuarteto en arrolladora acción. O, igual de difícil, cuando toca su música basada en el folclore de su país y escuchamos la potente descarga rítmica de un combo o todos los timbres y el colorido de un septeto. Hay que tener recursos y capacidad privilegiados para afrontar de manera “polifónica” un repertorio tan variado y exigente. Seguro que también ayuda el haber nacido en un ambiente en el que se considera natural aprender a tocar a Bach de oído desde pequeñito.
Chucho Valdés en clase de música.


Se    le vio en plena forma y feliz, a gusto y muy agradecido por el entusiasmado reconocimiento de un público que le aclamó durante todo el concierto y le acompañó al final -muy acompasadamente- tocando palmas en los inagotables cambios rítmicos de la prolongada despedida con su "Son número 1". Puro gozo.
Los ochenta minutos pasaron volando.


Chucho Valdés.
JAZZ 2015. Cultural Rioja.
Teatro Bretón. Logroño.
14 de mayo de 2015.


Otras crónicas del ciclo JAZZ 2015:

(Publicado en Rioja2. 19.05.15)