Mi rocío ensambla dos elementos: uno de ellos es juez y parte, un viejo aprieto de madera atravesado por dos largos tornillos acabados en sendas tuercas de mariposa, que fijan y ciñen, metiéndola en cintura, a la otra parte, una tupida malla de las usadas para facilitar el oreo de alacenas y despensas e impedir el paso a los insectos, plegada adecuadamente a las tragaderas del opresor.
No lo había pensado mientras lo hacía, pero cuando escribo esto me temo que podría pasar por una metáfora cruel de la vida misma. No es esa la intención: la pieza gira y gira y llena de luz el espacio que habita, a su aire.
Ya utilicé este tipo de malla en una pieza que presenté en mi primera exposición, ropavieja, en 2019, en la ermita de Lomos de Orios:
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| F.G. Manantial, en Lomos de Orios. 2019. |
se llamaba Manantial y su agua brotaba mansa o torrencial, pero siempre viva, libérrima, fresca, transparente, musical, vibrante,...
Pienso en este Rocío como un humilde regalo matutino de la naturaleza para la tierra y para los que, más o menos despreocupadamente, mejor o peor, la ocupamos durante un tiempo breve. En su ubicación actual articula visualmente lo privado con lo público, el interior con la calle, pero su permanencia en la intemperie le sienta muy bien, porque la mantiene siempre viva.








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