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martes, 13 de febrero de 2018

Elvira Valgañón: escuchar para contar

Caspar David Friedrich. Salida de la luna en el mar. 1822.
    
(...)"Seguro de sus propias certezas, Jacinto permaneció inmune a la curiosidad que despertó en el pueblo su regreso y nunca entró en las disputas de los del bar, que si venía de aquí o de allá, que si le habían oído hablar de Buenos Aires, que si había tenido negocios en Venezuela...
Atrincherado tras sus periódicos y sus anises, Jacinto escuchaba las historias que se contaban como el que oye llover. Solo una tarde, cuando ya se despedía, se quedó mirando hacia él, que fumaba solo junto a la estufa, como si algo le rondara la cabeza desde hacía tiempo.
- Y el mar ¿cómo es? - preguntó por fin.
Y él le contó el mar.
Jacinto, que había vuelto a sentarse, escuchó en silencio, asintiendo de vez en cuando y sonriendo a medias, como si sus palabras confirmaran al pie de la letra todo lo que él se había imaginado. Luego se levantó con aire satisfecho y marchó a casa tentando las paredes."(...)
Claude Monet. Tempestad en la costa de Belle-île. 1886
Este hermoso fragmento forma parte de Invierno, extraordinaria novela de Elvira Valgañón (Pepitas de calabaza, 2017) que nos cuenta, como quien cuenta el mar, una historia construida a partir de otras historias, un compendio de narrativa oral protagonizado por la memoria peregrina de un espacio imaginario y por un caudal de palabras tan precisas y eficaces como infrecuentes, que componen sabias expresiones ya perdidas salvo para la etnografía.
Historias habitadas por la cruda vida de un coro de personajes descritos con rigor esencial que vienen y van de y hacia un lugar alejado de todo, aunque no lo suficiente como para estar a salvo de las guerras generadas por lo poco que va quedando de un imperio colonial anacrónico, y, de su mano, la humillación, el miedo, el sometimiento, la decepción y la muerte. Vidas duras sumidas en un inclemente invierno perpetuo en el que, a pesar de la omnipresente atrocidad, siempre hay un resquicio por el que acaban colándose la ternura y la piedad.
Katsushika Hokusai. Bajo la ola de Kanagawa. 1825
Invierno, de Elvira Valgañón, es un ejemplo palpable del valor y el placer de contar, y la evidencia de la necesidad de saber escuchar otras voces para aprender a escribir con voz propia, de prestar atención al cuento ajeno (ese que se conserva y transmite limpio y engrasado como una trompeta heredada, esperando el momento oportuno para volver a salir a la luz), aprendido al amor de la lumbre en un mundo anterior a las devastadoras prácticas de la televisión, donde todavía tenían cabida la curiosidad y la imaginación.
Joachim Patinir. El paso de la laguna Estigia.1520-24.

martes, 3 de junio de 2014

Cuatro poemas silenciosos de Corredor-Matheos

José María Sicilia. La luz que se apaga. 2008.

"¿LA oyes?
Es la música
del poema que intentas 
escribir".





Caspar David Friedrich. Un monje junto al mar. 1810.

 "ESCUCHAR esta música
y percibir su aroma.
Alcanzar a tocarla.
Y verla:
oírla es verla.
Ahora que la música
ha cesado,
cuando todo ha cesado, 
ha llegado el momento 
de escribir".





Paul Cezanne. El camino del bosque. 1870.



"ARRANCAR
unos versos
al silencio
y sentir el vacío
donde todo 
era árbol,
agua,
pájaro.
Plenitud,
la de ser
en el filo del viento".






Henri Matisse. El silencio que habita las casas. 1947





"EN silencio.
No mudo:
absorto.
Ahora,
a esperar que regrese,
si quiere,
la palabra.
Y que allí donde brote
florezca
como un grito
en el silencio
que precede
a todo cumplimiento". 

José Corredor-Matheos. Poemas del libro Sin ruido. Tusquets editores. 2013.

Anish Kapoor. 1989.



miércoles, 11 de diciembre de 2013

Levante fuerte en el estrecho


Caspar David Friedrich. Paisaje de montaña con arco iris. 1810.

Cuenta Amancio Prada en su disco Escrito está (2001) que lee (o leía, entonces) con deleite los partes meteorológicos firmados por Jorge Luis Ron, especialmente los relacionados con el cambio de estaciones, "que suelen ser memorables, poéticos sin pretenderlo. Y de ahí su gracia."
Caspar David Friedrich. Paisaje de invierno. 1811.

Suele ocurrir con el lenguaje usado con precisión por cualquier especialista de cualquier ámbito, ya sea agricultor, marinero, músico, constructor de puentes o fisioterapeuta.
Dejaremos fuera de esa admiración generalizada, por precaución, a abogados y banqueros. 
Pero también nos interesan los curas (cuando se manejan con "las divinas palabras" que decía Valle-Inclán) y los políticos (cuando hablan, sobre todo, de "las ideas", que decían nuestros mayores). No aprendemos.
Caspar David Friedrich. El mar de hielo (El naufragio de La Esperanza). 1823.
La información sobre el tiempo probable goza, sobre todo desde que ocupa amplios espacios televisivos, de seguidores incondicionales, tan embelesados por la dicción y la coreografía del oficiante como por los contenidos del pronóstico, que, ya se sabe, vaya usted a saber...



Amancio Prada. Levante fuerte. Escrito está. 2001.

Amancio Prada compuso la música y cantó un parte meteorológico pretérito con pequeños insertos de melodías populares. No sabemos si el hombre del tiempo acertó con sus previsiones, pero él sí con la canción. Y, como toda belleza, es atemporal.
Caspar David Friedrich. El caminante sobre el mar de nubes. 1818.