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viernes, 11 de septiembre de 2015

Bondades de la ruina

Zevs. Logos liquidados. 2005.
"Oh, Insolvencia, tú sí que nos has dado el nombre verdadero de las cosas", clava Juan Bonilla en el prólogo a la novela Rosa Rosae, de Víctor Botas, recién reeditada por Renacimiento.
Keith Haring. Pintura inacabada. 1989.

También nos ha dado la referencia exacta de su escasísimo valor.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Keith Haring en Berlin


Keith Haring en Berlín. 1986.
En 1986, tres años antes de la caída del Muro, Keith Haring estuvo en Berlín pintando un largo tramo del lado oriental de la infamia con su identificable lenguaje gráfico.



Al parecer, nada se conserva del amplio graffitti.
Vladimir Sichov. Keith Haring en Berlín. 1986.

Quizá no superó el escrutinio exigente de la colegiada crítica local y fue borrado o repintado de inmediato, por dañar una "propiedad pública".
Polaroid de Keirh Haring sobre su pintada en Berlín, cerca de Checkpoint Charlie. 1998. 
 Aunque tal vez, como pasó en mi ciudad con un "banksy" apócrifo, algún concejal asesorado lo desmontó y lo puso a buen recaudo.
Échenle un galgo, en cualquier caso.
Por lo menos, nos quedan las fotos.

martes, 17 de junio de 2014

¿Les gusta el jazz a los programadores de jazz?


Hans Michel & Günther Kieser. 1964.

Si nos atuviéramos exclusivamente al contenido de lo que programan (lo que no es mala cosa, porque en esto, como en todo, por sus obras hay que conocerlos), podríamos deducir que a los programadores de festivales de jazz les gusta poco el jazz. Al menos le dan una importancia relativa y decreciente, supeditada a las “estrellas” de otras constelaciones y relegado a espacios y franjas “de prestigio” pero secundarias en cuanto a presupuesto, promoción y proyección mediática. Cuanto más grandes sean los festivales de jazz, menos jazz programan, y la tendencia no cesa de empeorar.
Hubert Hilscher. 1972.
Empezaron por abrir el abanico a músicas complementarias, o a aquellas que estaban en la base de su lejano y tumultuoso origen, para ir sumando paulatinamente a artistas cada vez más tangenciales, o a proyectos más o menos “experimentales” con músicas de raíz, hasta llegar al protagonismo de artistas ajenos que lo único que aportan es popularidad y, en el mejor de los casos, taquilla. 
Milton Glaser. 1983.
Probablemente esta chocante situación sea el final de una crisis (larga) de crecimiento, una especie de hipertrofia anómala debida a decisiones tomadas hace tiempo, en épocas de vacas gordas. Ahí van unas cuantas: 
Günther Kieser. 1969.
Recurrir a grandes espacios exige una superproducción costosa y grandes gastos en iluminación y sonido para poner en valor (no siempre adecuadamente) las características de un producto sonoro tan sutil como volátil. 
Roberto Turégano. 1984.
Esa sobredimensión exige unos gastos que acaban por condicionar la autonomía de un proyecto cultural, que necesita para financiarse sumar a otros agentes con estrategias distintas, a menudo ligadas a la promoción territorial o comercial, o al consumo masivo.
María Laredo. 1976.
Eso implica que los benevolentes patrocinadores de los comienzos se hayan ido convirtiendo en ávidos promotores, propietarios de la marca y su futuro, que programan a la medida de sus intereses económicos. Como diría un castizo, se quieren alzar con el santo y la limosna. 
Atelier Martino & Jaña. 2012.
Tales desembolsos determinan unas expectativas de ingresos por venta de entradas y de derechos de imagen y de afluencia de visitantes que difícilmente se van a lograr con artistas de la órbita del jazz, extraordinarios pero poco conocidos salvo entre un reducido grupo de aficionados.
Hay, por tanto, que echarse en manos del “negocio del espectáculo”: músicos “populares”, géneros masivos, afluencias de espectadores acordes con la inversión, cuota de presencia asegurada en los medios de comunicación, venta de cervezas y mercaderías, y una larga serie de factores extramusicales. El jazz, sus creadores, son los menos beneficiados de esta reconversión. 
David Lance Goines. 2008.
¿Dónde queda el jazz? Demasiado a menudo en manos de aficionados que se la juegan favoreciendo la música en directo en pequeños locales que hacen posible el contacto y el milagro.
¿Por qué mantener, entonces, esa referencia jazzística en citas que hace tiempo dejaron de serlo? Exclusivamente por aprovechar marcas comerciales consolidadas, el marchamo de prestigio y sofisticación de una música asombrosa y el peso (muy llevadero) de una historia gloriosa. El jazz es, utilizando un título de Miles Davis, el reclamo. La coartada. 

Keith Haring. 1983.

Mientras tanto, en el “mundo real” de la provincia, la cosa va como puede. Un efecto colateral de la actual crisis es que se ha reducido drásticamente la demanda de contrataciones, y como consecuencia los costes añadidos meramente especulativos se han ajustado, recortándose notablemente los cachets globales. Seguro que ni los gastos de viajes, ni el “manageo”, ni la intermediación habrán desaparecido, así que cabe suponer que el palo, al final, se lo llevarán una vez más los músicos. 

Eberhard Marhold. 2001.
Ahora viene bien ser pequeño y no tener demasiada prisa, ser flexible y poder esperar hasta que queden fechas colgadas que han de colocarse a la baja. Y prescindir, como siempre, de primicias y exclusivas. Un lujo (dudoso) para otros. 
Milton Glaser. 1977.
Y, como siempre, o más que nunca, ser pobre se puede convertir en una bendición: no queda más remedio que cultivar la afición, informarse de lo que hay, elegir lo mejor posible, aprovechar la oportunidad, negociar con paciencia y amoldarse. Un standard, hablando de jazz. Todo un clásico, en cualquier género.
Günther Kieser. 1973.


(Publicado en +JAZZ 2014)






viernes, 21 de febrero de 2014

Chirigotas y cuchufletas

Robert Mapplethorpe. Keith Haring sobre Grace Jones. 1984.
Una forma saludable de defenderse de las agresiones ambientales (y entre ellas las gubernamentales, que tienden a ocupar todo lo que nos rodea) es el humor. Los carnavales, con más o menos gracia, son un momento aceptado (¿o sólo consentido?) por la autoridad, de mejor o peor gana, en el que siempre se ha tratado de demostrar que el poder, por mucho que aspire a lo absoluto y eterno, tiene los pies de barro y los dias contados.

Robert Mapplethorpe. Keith Haring sobre Grace Jones. 1984.
Como ejemplo de parapeto jocoso, el vídeo de esta chirigota gaditana.
Vedla íntegra, que merece la pena: ni oposición parlamentaria, ni medios de comunicación, ni "la calle", han dicho tanto y tan claro sobre la que nos está cayendo encima, y además con rima, ritmo y afinación.
El reino de la cuchufleta.

Javier Porto. Keith Haring sobre Grace Jones. 1984.
Pero enseguida llegará doña Cuaresma, y las cosas volverán por donde suelen.



martes, 5 de noviembre de 2013

Arte en la tierra y música en el aire

Óscar Cenzano. Danza de la luz y el viento. Instalación en Santa Lucía de Ocón. Fragmento. 08.2013. Foto F.G.




Desde hace diez años el escultor Félix J. Reyes y la pintora Rosa Castellot acogen en Santa Lucía de Ocón (La Rioja) a un tan pequeño como selecto grupo de artistas para celebrar la belleza del paisaje, la hospitalidad comunitaria y la inacabable posibilidad de creación a partir de los elementos que la naturaleza da con prodigalidad.


Demetrio Navaridas. Artificio. Intervención en Santa Lucía de Ocón. 08.2013. Foto F.G.

Este año, después de las presentaciones y los paseos por barbechos y caminos hasta los dispersos emplazamientos de las instalaciones, comenzó la fiesta y se fue haciendo de noche.  


Carmelo Argáiz. Asphodelus. Instalación en Santa Lucía de Ocón. 08.2013. Foto F.G.




A los grillos, estridentes músicos minimalistas del crepúsculo que cumplen cabal e incansablemente con el papel de "orquesta residente" de ese y de tantos valles, de tantas y tantas cálidas noches, les había salido una inesperada competencia:


F.G. La mesa de los efectos. 08.2013.

el dj Siete Dcbls pinchaba en lo alto del pueblo, rodeado de un ruidoso enjambre de amigos. La fiesta duró horas, y en miracomosuena queda el testimonio del fortuito encuentro de dos formas de hacer.


Grillos y dj Siete Dcbls descargando en la noche
de Santa Lucía de Ocón (La Rioja)

Keith Haring. DJ.






miércoles, 28 de agosto de 2013

Hacer corriente

En el castellano que se habla en mi ciudad hay, como en el de todas partes, bastantes expresiones "estacionales" que tienen que ver con fenómenos meteorológicos y sensaciones térmicas. En verano, entre otras cosas, buscamos la fresca y hacemos corriente. Esta recreativa actividad se produce en cualquier circunstancia y lugar, aunque está muy venida a menos desde que el aire acondicionado lo invade  todo. Por las noches, buscando el movimiento del aire, se abren puertas y ventanas a la espera de que la brisa llegue y traiga y facilite el sueño y el descanso. 

Josef  Sudek. Laberintos. 1969.

En ese abrir las ventanas a la vida, algunos objetos livianos de los que nos acompañan se agitan misteriosamente, y entran en el hogar sonidos amables y auténticos coñazos. Su gravedad y la irritación que producen en el inerme desvelado tienen que ver con su intensidad, su duración, lo previsible o inesperado de su presencia, lo gratuito o necesario de su motivo, lo ligados que estén a la administración y a sus servicios, lo natural o mecánico de su origen, lo próximo o lejano de su fuente, etc.
Keith Haring. Ladridos de perros. 1989.
Traigo dos sonidos habituales que adquieren especial relevancia en verano: los aquelarres perrunos (que suelen ser nocturnos y pastoreados desde la distancia por sus vocingleros propietarios)


Noche de perros en Las Chiribitas.

Pidge-13. Algunas palomas son más iguales que otras. 2012.

y el zureo de las palomas, que, tras haber convertido todos los huecos de las fachadas en mechinales mierdentos, actúan como ánima despertadora que anuncia la llegada de la peste de cada día.


Tras unos pajarillos más madrugadores, comienza el zureo en Las Chiribitas.

Apropiación de Haring en un graffiti atribuido a Banksy.




Por lo menos el encapuchado de Banksy lleva al perro atado, aunque con una cadena de lámpara antigua (sí: de esas que mueve la brisa cuando se "hace corriente") que habrá pillado en casa de sus padres.
El señor de las muletas que tanto se parece a David Bowie seguro que lleva en la bolsa de plástico azul (con la que hará un ruido horroroso en cualquier lugar donde el silencio sea imprescindible) pan duro para echarle a las palomas.