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miércoles, 19 de junio de 2024

La resistencia del agua

F.G. Campo de nubes frente a la playa norte de Peñíscola. 06.2024.

"Furioso por lo que llamó
la impertinencia del Helesponto
               al estallar una tormenta
           que obligó a detenerse
               a su ejército de 2 millones,
                    Heródoto narra
               que Jerjes ordenó que le dieran
                    300 latigazos
           al rebelde cuerpo de las aguas, lanzarle
       además un par de grilletes y marcarlo
                a fuego candente.
Puedes imaginar
cómo se recibió la noticia
                    en Atenas. Me refiero a
que los persas estaban de camino."

Raymond Carver. Primavera, 480 AC. Recogido en Todos nosotros. Poesía completa. Versión de Jaime Priede. Anagrama, 2019.
F.G. Campo de color desde el espigón del puerto de Benicarló. 06.2024.

viernes, 12 de junio de 2020

El punto de vista del otro

Un hoplita griego y un soldado persa combatiendo. 480 a.C. Kilix conocido como Copa de Edimburgo.
(...)«Heródoto hace una inesperada afirmación acerca de sus fuentes. Dice que escuchó a gentes cultas de Persia las explicaciones que acaba de ofrecer sobre la génesis del conflicto. Los fenicios, en cambio, cuentan otra historia, «y no me meteré yo a decidir entre ellos, inquiriendo si la cosa pasó de este o de otro modo». Tras años de viajes y conversaciones, Heródoto comprobó que los testigos a los que interrogaba le facilitaban relatos contradictorios sobre los mismos acontecimientos, olvidaban muchas veces lo sucedido y en cambio recordaban sucesos que solo ocurrieron en el universo paralelo de sus deseos. Así descubrió que la verdad es huidiza, que es casi imposible desentrañar el pasado tal y como sucedió porque solo disponemos de versiones diferentes, interesadas, contradictorias e incompletas de los hechos. 
Soldados de la guardia del rey persa. Relieve de Persépolis. S VI-V a.C.
En las Historias abundan frases como: «que yo sepa», «según creo», «de acuerdo con lo que averigüé por boca de…», «no sé si es verdad; solo escribo lo que se dice». Milenios antes del multiperspectivismo contemporáneo, el primer historiador griego comprendió que la memoria es frágil, evanescente, y que cuando alguien evoca su pasado deforma la realidad para justificarse o encontrar alivio. Por eso, como en Ciudadano Kane, como en Rashomon, nunca llegamos a conocer la verdad más profunda, sino solo sus atisbos, sus variantes, sus versiones, su alargada sombra, sus infinitas interpretaciones.
Y lo más increíble de todo: nuestro autor no consigna la versión de los griegos, solo la de los persas y fenicios. Así, la historia occidental nace explicando el punto de vista del otro, del enemigo, del gran desconocido. Me parece un planteamiento profundamente revolucionario, incluso veinticinco siglos después. Necesitamos conocer culturas alejadas y diferentes, porque en ellas contemplaremos reflejada la nuestra. Porque solo entenderemos nuestra identidad si la contrastamos con otras identidades. Es el otro quien me cuenta mi historia, el que me dice quién soy yo.» (...)

Irene Vallejo. El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo. Ed. Siruela.

Ilustración de James Bruce. Papyrus. Diseño de la portada de Gloria Gauger.
La Historia ha pasado de ser un instrumento útil para el conocimiento de realidades complejas hasta convertirse en una máquina de justificaciones retrospectivas, argumentarios prospectivos e interesados "relatos" delirantes. 
Las caudalosas e incontrolables fuentes buscadas por Heródoto han devenido en escleróticos clichés inamovibles (o cambiantes a voluntad para apuntalar la conveniencia coyuntural), y el resultado es una prosa pretenciosa, alambicada, mentirosa a conciencia, mera voz de su amo, sin espacio para el contraste o el disenso.
Poco más (o menos) que el periodismo partidista, militante, de trinchera, que todo lo ocupa, que todo lo anega.
Escena de combate en un vaso ático de figuras negras. S. V. a.C.

miércoles, 1 de febrero de 2017

El fotógrafo Carlos Traspaderne, río abajo

Carlos Traspaderne. Persianas. 2015.
Parafraseando a Heródoto y su sintética visión sobre el origen y la milenaria pervivencia de la cultura egipcia, podríamos afirmar que Riberia –el fértil territorio de confluencia entre La Rioja, Navarra y Aragón al que ha puesto nombre y definido en imágenes Carlos Traspaderne- es un don del Ebro.
Mapa de Riberia según la información de Carlos Traspaderne dibujado por Jorge Elías en 2016.
Un Ebro invisible pero omnipresente que ha recorrido durante cuatro años cargando con su Hasselblad y guiado por la actitud de un etnógrafo ajeno a la propaganda y los interesados “hechos diferenciales”, que mira atento y percibe entre el marasmo dominante cierto equilibrio, una imprecisa intención, algo así como un atisbo de orden. Seguramente esas dos armas, la mecánica y la mental, han sido decisivas para “pegar” a Carlos Traspaderne a un territorio privilegiado del que ha hecho un retrato completo (el del campo y el de su difícil costura con la confusa periferia urbana), a la distancia justa y con la mirada desapasionada y sistemática de un forense.
Carlos Traspaderne. Cabaña El Bienestar. 2015.
En el centro está el árbol protector, y todo crece a su sombra, todo se desparrama en torno a él. Ahí nace una arquitectura sin arquitectos, sin visados ni permisos, de volúmenes crecidos por acumulación, primarios, esenciales. Como por ensalmo se ha llegado a la posmodernidad espontáneamente, sin que por aquí, ni de lejos, haya pasado, ni de visita, la modernidad. En cualquier rincón te encuentras la casa de Frank Gehry en Santa Mónica o una instalación de arte povera digna de Mario Merz, y la estética del art brut es la tendencia dominante (por los siglos de los siglos y sin perspectiva de cambio) en ambas márgenes.
Carlos Traspaderne. Espejo. 2015.
Es el reino del reciclaje y lo biodegradable (sujeto a las previsibles crecidas destructoras con la vuelta inexorable al punto de partida, pero con el suelo enriquecido y renovado incansablemente): barro, paja, cañas, cantos rodados, lonas, uralita y una especial torpeza para todo lo que tenga que ver con el encofrado.
Carlos Traspaderne. Bidón. 2015.
Su carácter básicamente estacional y su virtuosa adaptación a la necesidad y la urgencia aproxima estos recintos a la irregularidad de los cobijos efímeros y transitorios de los recolectores prehistóricos, como una evidente pervivencia neolítica. Estos lugares son el observatorio privilegiado para apreciar pormenorizadamente el crecimiento y la belleza inagotable de una planta de alcachofa alzada y de las estrellas y lunas libres de la odiosa polución lumínica de las urbes, por no hablar de las placenteras posibilidades del sosegado cultivo de la soledad y el deleitoso trabajo manual, además de posibilitar la elegancia social de recibir a los amigotes para merendar en ambiente distendido.
Carlos Traspaderne. Sillas. 2014.
Brindan lo de siempre: cobijo, alimento y distracción, y últimamente una posibilidad especulativa al convertir la paupérrima caseta de aperos en recalificado chalet de dos plantas, transformando su conjunto en caótico barrio residencial. Eso los liga a los imprecisos límites de un paisaje urbano desconsideradamente deteriorado, refractario no sólo a la belleza sino al mínimo decoro. Como si tanto trabajo en ordenar las primorosas huertas hubiera desecado a los “riberos” de sus naturales capacidades para el buen gusto, el sentido estético y el estudio y aplicación provechosa de las acertadas soluciones que recibieron de la tradición y de sus antepasados.
Carlos Traspaderne. Bürstner. 2015.
En ese territorio sin ley (o con poca y cambiante a conveniencia) se sigue la misma estrategia de siempre: aprovechamiento y acumulación, con especial atracción por las ruedas y las caravanas, porque hoy estamos aquí y mañana, ¿quién sabe dónde? Eso es el progreso: cables y ruedas.
Carlos Traspaderne. Balcón. 2016.
El hermoso (y desasosegante) trabajo de Carlos Traspaderne es un extraordinario documento fotográfico sobre un territorio en profunda transformación (a pesar de su apariencia congelada en el tiempo se va despoblando y empobreciendo aceleradamente en beneficio de las ciudades y sus depredadoras dinámicas económicas) y está en consonancia con una literatura cada vez más abundante e influyente (Llamazares, Labordeta, Sergio del Molino, Paco Cerdá, Emilio Gancedo,...) que habla de un mundo (el de la rica y variadísima cultura popular española) que irremediable y estúpidamente se pierde para siempre. La cosa es más grave, mucho más grave, que la mera alabanza de la aldea. En ese sentido Riberia tiene cierto aire de distopía postapocalíptica, porque, ¿qué peor apocalipsis que el abandono criminal?
Los registros de Carlos Traspaderne son precisos, elocuentes y desapasionados, y podrían equipararse al trabajo de los equipos de la FSA que fotografiaron la deprimida vida rural americana (siendo especialmente acordes con las obras de Dorothea Lange y Walker Evans en su afán por contar las vidas y sus precarias condiciones retirando del escenario a los protagonistas). Ese tono "deshumanizado" y "antiestético" me recuerda también a alguno de los mejores disparos de los fotógrafos-exploradores que documentaron "cómo se ganó el oeste." 
Carlos Traspaderne. Flor. 2015.
Riberia, enmendémosle ahora la plana a Heródoto, es también el fruto de los ribereños luchando contra el Ebro, un padre Ebro que quita y que regala. Y ese dinámico y desigual combate se está dando por perdido por vergonzante abandono de uno de los contendientes. Todo aquí es humano, demasiado humano, y, como tal, efímero. Somos agua (especialmente los de regadío) y estamos de paso. Nada quedará de todo esto, salvo las acequias y los regatos, que aguantarán, como poco, otros mil y pico años.
Carlos Traspaderne. Escalera. 2014.
Y al fondo, tras la ruina, seguirá la frondosa chopera, inmenso caudal de madera ascendente cargada del canto de los pájaros.

Carlos Traspaderne
Riberia. 2012-2016
Aloha editorial
Madrid, 2016