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miércoles, 23 de julio de 2025

Un grito de solidaridad con el pueblo palestino desde La Rioja

El niño Muhammad Zakariya Ayyoub al-Matouq, de un año y medio, sufre una desnutrición severa. 
Foto de Anadolu, esta semana, en la Ciudad de Gaza.

(Hace unos días se concentró en Logroño -en la zona del paseo de El Espolón que el movimiento ciudadano ha renombrado como Plaza de Palestina Libre- una amplia representación de los trabajadores de la Cultura en La Rioja con el objetivo de difundir el Manifiesto elaborado para denunciar el asesinato masivo del pueblo palestino por el ejército israelí, retransmitido en directo (y con la complacencia sádica de sus perpetradores) ante la indiferencia (si no la manifiesta complicidad) de la mayor parte de la comunidad internacional.
Este es el texto:

"En Gaza no hay función de teatro esta noche ni concierto ni paz. Los están exterminando.
No quedan librerías ni cines ni escuelas ni hospitales. Lo están destruyendo todo.
Ya no hay nadie que cuente historias a los niños ni tampoco nada que darles de comer. Es un genocidio.

Hace ya demasiado tiempo que Israel pisotea los derechos humanos del pueblo Palestino.
Bombas, balas, hambre, muerte y dolor. Es todo cuanto dejamos a millones de seres humanos.
¿Hasta cuándo? ¿Cuánto más hace falta para que actuemos? ¿No tiene nada que decir la cultura?
¿Seguiremos de brazos cruzados creyendo que la cultura puede ignorar semejante barbarie?

Después de  67.000 palestin@s asesinad@s, entre ell@s casi 18.000 niños y niñas. Después de más de 14.000 personas desaparecidas entre los escombros y en cárceles. Después de más de 120.000 personas heridas y mutiladas.  Después de dos millones de desplazados. Después de tanto horror, elegimos llamarlo por su nombre:

Sí, es un genocidio.
Sí, son crímenes de guerra.
Sí, es una operación de limpieza étnica, aniquilación de un pueblo y apropiación de sus territorios.

Y no, no vamos a consentirlo en silencio.

Ante la situación desesperada y extrema en Palestina, los profesionales de la cultura riojana expresamos públicamente nuestro más absoluto rechazo a la inacción de la mayoría de partidos políticos e instituciones internacionales y para que quede claro:

¡No en nuestro nombre!
¡No con nuestro voto!
¡No a la violación sistemática de los derechos humanos!
¡No con nuestro silencio!

Salvar vidas es prioritario, por lo que denunciamos la inacción de nuestros gobiernos y exigimos que fuercen a Israel a un alto el fuego definitivo, al desbloqueo y a no impedir la entrada y reparto de la necesaria ayuda humanitaria de forma inmediata y sin restricciones. Así mismo, pedimos la revisión del Acuerdo de Asociación Comercial y político con Israel, que tiene como condición expresa el respeto a los derechos humanos. Y demandamos el embargo de armas y que se impongan sanciones a Israel.

Nos preguntamos: ¿Qué más podemos hacer? Del mismo modo que la cultura posee la capacidad de congregar a las personas y aunar su sentir, en Logroño un grupo de ciudadanos lleva meses mostrando su solidaridad con el pueblo Palestino mediante diversas movilizaciones e iniciativas. Al menos eso podemos hacer: unirnos en esta renombrada Plaza de Palestina Libre.

Estamos aquí porque quienes amamos la cultura amamos lo que ello supone: la vida y la libertad.

Estamos aquí porque ya no soportamos ni más muertes ni más destrucción.

Estamos aquí porque un mundo mejor nunca será posible sin el arte y la cultura.

¡Paz, reparación, justicia y libertad para Palestina! 

Por eso estamos aquí."

Parte de los concentrados en la Plaza de Palestina Libre para escuchar la lectura del Manifiesto.
Fotografía de Carlos Traspaderne e Imanol Legross (Casa de la imagen). Logroño, 10.07.2025.


miércoles, 18 de diciembre de 2024

Relámpago ( ... y trueno)

F.G. Relámpago. 2024.
Son frecuentes en los accesos a los templos japoneses unas "serpentinas de papel" a través de las que quienes las hacen y cuelgan manifiestan su relación con lo sagrado. De poco más que una cuarta, conviven bien con la arquitectura y la naturaleza, y su ligereza las mantiene en habitual movimiento. Son fascinantes, y su zigzagueante dinamismo explica que sean conocidas como "rayos".

F.G. Parque Ueno Onshi. Tokio. 03.2024.

F.G. Fukakusayabunouchicho. Kioto. 04.2024.

Tenía en el taller una chapa de latón que había sobrevivido a la fotografía que soportaba, y pensé ponerla en circulación aplicándole las técnicas de la papiroflexia, pero en la herrería de Pájaro. Calcular, dibujar, cortar y doblar, y luego quemar el resultado para anular óxidos y brillos, para después sobar el plegado hasta romper su tersura inicial y pandearlo hasta hacerlo más amable y atractivo a la vista, más sugerente, más flexible.

En esta exposición sobre la luz y las sombras quise complementar la idea brillante del relámpago con la profunda ronquera del eco lejano y tardío del trueno, y esponjé el artilugio para darle volumen, contrastar sus partes y generar sombras de variada intensidad y dinamismo, y, de paso, convertirlo en un ruido secreto, en un trueno cautivo. 

Lo separé de la pared todo lo razonable, pero pienso que donde estaría muy bien es debajo de un árbol, sometido a las inclemencias y benevolencias del cambiante tiempo y sorprendiendo con la portentosa profundidad de su bajo a los distraídos. 

F.G. Imanol Legross y Carlos Traspaderne preparando el relámpago en la Casa de la imagen. 11.2024.

Por eso me gustó que Jesús R. Rocandio y Jorge Elías eligieran este relámpago para anunciar el baile de luces y sombras desde lo alto de la fachada de la Casa de la imagen. 
Seguro que, antes o después, acabamos encontrando el árbol.

(Lo puedes ver y escuchar en la Casa de la Imagen, de Logroño, hasta este viernes, 20 de diciembre, dentro de mi exposición luz y sombras)

miércoles, 1 de febrero de 2017

El fotógrafo Carlos Traspaderne, río abajo

Carlos Traspaderne. Persianas. 2015.
Parafraseando a Heródoto y su sintética visión sobre el origen y la milenaria pervivencia de la cultura egipcia, podríamos afirmar que Riberia –el fértil territorio de confluencia entre La Rioja, Navarra y Aragón al que ha puesto nombre y definido en imágenes Carlos Traspaderne- es un don del Ebro.
Mapa de Riberia según la información de Carlos Traspaderne dibujado por Jorge Elías en 2016.
Un Ebro invisible pero omnipresente que ha recorrido durante cuatro años cargando con su Hasselblad y guiado por la actitud de un etnógrafo ajeno a la propaganda y los interesados “hechos diferenciales”, que mira atento y percibe entre el marasmo dominante cierto equilibrio, una imprecisa intención, algo así como un atisbo de orden. Seguramente esas dos armas, la mecánica y la mental, han sido decisivas para “pegar” a Carlos Traspaderne a un territorio privilegiado del que ha hecho un retrato completo (el del campo y el de su difícil costura con la confusa periferia urbana), a la distancia justa y con la mirada desapasionada y sistemática de un forense.
Carlos Traspaderne. Cabaña El Bienestar. 2015.
En el centro está el árbol protector, y todo crece a su sombra, todo se desparrama en torno a él. Ahí nace una arquitectura sin arquitectos, sin visados ni permisos, de volúmenes crecidos por acumulación, primarios, esenciales. Como por ensalmo se ha llegado a la posmodernidad espontáneamente, sin que por aquí, ni de lejos, haya pasado, ni de visita, la modernidad. En cualquier rincón te encuentras la casa de Frank Gehry en Santa Mónica o una instalación de arte povera digna de Mario Merz, y la estética del art brut es la tendencia dominante (por los siglos de los siglos y sin perspectiva de cambio) en ambas márgenes.
Carlos Traspaderne. Espejo. 2015.
Es el reino del reciclaje y lo biodegradable (sujeto a las previsibles crecidas destructoras con la vuelta inexorable al punto de partida, pero con el suelo enriquecido y renovado incansablemente): barro, paja, cañas, cantos rodados, lonas, uralita y una especial torpeza para todo lo que tenga que ver con el encofrado.
Carlos Traspaderne. Bidón. 2015.
Su carácter básicamente estacional y su virtuosa adaptación a la necesidad y la urgencia aproxima estos recintos a la irregularidad de los cobijos efímeros y transitorios de los recolectores prehistóricos, como una evidente pervivencia neolítica. Estos lugares son el observatorio privilegiado para apreciar pormenorizadamente el crecimiento y la belleza inagotable de una planta de alcachofa alzada y de las estrellas y lunas libres de la odiosa polución lumínica de las urbes, por no hablar de las placenteras posibilidades del sosegado cultivo de la soledad y el deleitoso trabajo manual, además de posibilitar la elegancia social de recibir a los amigotes para merendar en ambiente distendido.
Carlos Traspaderne. Sillas. 2014.
Brindan lo de siempre: cobijo, alimento y distracción, y últimamente una posibilidad especulativa al convertir la paupérrima caseta de aperos en recalificado chalet de dos plantas, transformando su conjunto en caótico barrio residencial. Eso los liga a los imprecisos límites de un paisaje urbano desconsideradamente deteriorado, refractario no sólo a la belleza sino al mínimo decoro. Como si tanto trabajo en ordenar las primorosas huertas hubiera desecado a los “riberos” de sus naturales capacidades para el buen gusto, el sentido estético y el estudio y aplicación provechosa de las acertadas soluciones que recibieron de la tradición y de sus antepasados.
Carlos Traspaderne. Bürstner. 2015.
En ese territorio sin ley (o con poca y cambiante a conveniencia) se sigue la misma estrategia de siempre: aprovechamiento y acumulación, con especial atracción por las ruedas y las caravanas, porque hoy estamos aquí y mañana, ¿quién sabe dónde? Eso es el progreso: cables y ruedas.
Carlos Traspaderne. Balcón. 2016.
El hermoso (y desasosegante) trabajo de Carlos Traspaderne es un extraordinario documento fotográfico sobre un territorio en profunda transformación (a pesar de su apariencia congelada en el tiempo se va despoblando y empobreciendo aceleradamente en beneficio de las ciudades y sus depredadoras dinámicas económicas) y está en consonancia con una literatura cada vez más abundante e influyente (Llamazares, Labordeta, Sergio del Molino, Paco Cerdá, Emilio Gancedo,...) que habla de un mundo (el de la rica y variadísima cultura popular española) que irremediable y estúpidamente se pierde para siempre. La cosa es más grave, mucho más grave, que la mera alabanza de la aldea. En ese sentido Riberia tiene cierto aire de distopía postapocalíptica, porque, ¿qué peor apocalipsis que el abandono criminal?
Los registros de Carlos Traspaderne son precisos, elocuentes y desapasionados, y podrían equipararse al trabajo de los equipos de la FSA que fotografiaron la deprimida vida rural americana (siendo especialmente acordes con las obras de Dorothea Lange y Walker Evans en su afán por contar las vidas y sus precarias condiciones retirando del escenario a los protagonistas). Ese tono "deshumanizado" y "antiestético" me recuerda también a alguno de los mejores disparos de los fotógrafos-exploradores que documentaron "cómo se ganó el oeste." 
Carlos Traspaderne. Flor. 2015.
Riberia, enmendémosle ahora la plana a Heródoto, es también el fruto de los ribereños luchando contra el Ebro, un padre Ebro que quita y que regala. Y ese dinámico y desigual combate se está dando por perdido por vergonzante abandono de uno de los contendientes. Todo aquí es humano, demasiado humano, y, como tal, efímero. Somos agua (especialmente los de regadío) y estamos de paso. Nada quedará de todo esto, salvo las acequias y los regatos, que aguantarán, como poco, otros mil y pico años.
Carlos Traspaderne. Escalera. 2014.
Y al fondo, tras la ruina, seguirá la frondosa chopera, inmenso caudal de madera ascendente cargada del canto de los pájaros.

Carlos Traspaderne
Riberia. 2012-2016
Aloha editorial
Madrid, 2016