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martes, 3 de diciembre de 2024

Inabarcable

F.G. Árbol inabarcable. 2024.
Me gustan los árboles y la recreación que los artistas hacen de ellos, con intenciones tan diferentes como las de Giuseppe Penone, Rodney Graham o Charles Clifford.
Giuseppe Penone. Repetir el bosque. 1969.

Rodney Graham. El árbol del patio de la escuela. Vancouver. 2002.

 Charles Clifford. Nogal del Emperador Carlos V en Yuste. Primavera de 1858.
Los fotografío frecuentemente, y a veces los “retrato” por otros medios.
F.G. Ventana de los castaños. 02.2020.

F.G. Ventana de la acacia. 2020.

Siempre tienden a salirse del marco en el que tratamos de encuadrarlos y es bastante probable que acaben por lograrlo.
Este que ahora presento en la Casa de la imagen, en compañía y a la sombra del viejo plátano que atraviesa el techo de la sala de exposiciones para seguir creciendo hacia el cielo más allá de la terraza, tiene vocación de inabarcable y desborda el férreo marco que trata de abrazarlo.
El amasijo de hierro que define su copa queda estabilizado en un punto de la base, una especie de toma de tierra que en realidad es una raíz aérea. 
Su forma azarosa podría ser la de una morera o la de cualquier variedad de quercus, pero poco más se puede decir al respecto. Mientras pensaba en ello me he acordado de un poema de Bertolt Brecht sobre la irremediable aspiración a romper los corsés que nos impone la vida:

"Hay en el patio un ciruelo
que no se encuentra menor.
Para que nadie le pise
tiene reja alrededor.

Aunque no puede crecer,
él sueña con ser mayor.
Pero nunca podrá serlo
teniendo tan poco sol.

Duda si será un ciruelo
porque ciruelas no da.
Mas se conoce en la hoja
que es ciruelo de verdad."


Esperemos, pues, confiados, "otro milagro de la primavera".
F.G. Árbol inabarcable, en la Casa de la imagen. 2024.

(Lo puedes ver en la Casa de la Imagen, de Logroño, hasta el 20 de diciembre, dentro de mi exposición luz y sombras)

lunes, 26 de marzo de 2018

Autorretrato de fotógrafo con nogal

Charles Clifford. Nogal del Emperador Carlos V en Yuste. Primavera de 1858.

El galés Charles Clifford llegó a España en 1850, y con la facilidad y el prestigio que le daba ser el fotógrafo oficial de la reina Isabel II recorrió casi toda la península y las Baleares documentando paisajes urbanos, tipos populares, monumentos, vistas pintorescas y un sinfín de obras públicas (líneas férreas, nuevas carreteras y traídas de agua) en una coyuntura económica expansiva. 
En 1858 visitó el monasterio de Yuste, donde tres siglos antes se retirara y muriera Carlos I. Además de por los restos de lo que fuera el “Imperial Monasterio, con las oficinas y palacio de Carlos V», arruinado durante la Guerra de Independencia y propiedad privada tras la desamortización de 1821, Clifford se interesó muy especialmente por un nogal centenario de sorprendente porte, que había sobrevivido al poder terrenal de los Austrias y a la influencia divina de los monjes Jerónimos. 
Junto a él, bajo su cobijo y protección, Clifford, tan poco dado a la vanidad que nunca se había permitido hacer otro tanto, se mandó retratar, de pie, mirando fijamente a la cámara, componiendo una hermosa metáfora sobre la irremediable decadencia de todas las obras humanas. De su pasajera pequeñez.  

 Fotografía de autor anónimo del claustro de San Juan de los Reyes, en Toledo. 1857.
 (Posible retrato de Charles Clifford)


jueves, 30 de junio de 2016

Las escenas de caza de Valentín Vallhonrat


Valentín Vallhonrat. Fotografías de la serie Escenas de caza.

¿Hay alguna relación entre las armaduras que construyeron para los Habsburgo los mejores orfebres del siglo XVI, las prodigiosas fotografías que de ellas hicieron los Clifford y Jean Laurent a lo largo del XIX, los actuales aviones de combate y las últimas obras del fotógrafo Valentín Vallhonrat?
¿Hay belleza en las máquinas mortíferas concebidas para dominar los cielos y la tierra? 
Descúbrelo en la Sala Amós Salvador, de Logroño, en la exposición Fotografía ornamental. Escenas de caza.
Charles Clifford. Borgoñota de parada de Carlos V y Celada del emperador Maximiliano I. Circa 1860.

miércoles, 26 de marzo de 2014

El "papamoscas" de Burgos

Charles Clifford. Fachada de la catedral de Burgos.1853.
(El reloj, del siglo XVIII, fue retirado diez años después de hacerse esta fotografía)



Hubo un tiempo en que las catedrales eran el parque de atracciones de las ciudades. Cuando -de pequeños- nos llevaban de excursión a Burgos, lo que comentábamos a la vuelta era que habíamos visto el papamoscas, a pesar de que no era ni el único ni el mayor tesoro allí albergado.

Las cuatro de la tarde en el interior de la 
catedral de Burgos.19.10. 2013.
Papamoscas y Martinillo. Siglos XVI al XVIII. Catedral de Burgos.
Todo era sonido: la palabra, relojes, autómatas, campanas, preces y cánticos, órganos, coros, cantorales, maestros de capilla, instrumentos portátiles, púlpitos, y, muy especialmente, la pintura y la escultura rodeándolo todo y contando de diversas maneras -pero siempre con suma eficacia- las mismas viejas historias para conmover y afianzar a la grey. 
Una indescifrable acústica que todo lo envolvía convirtiéndolo en misterio sobrenatural. 
Algo que podía pasar por verdadero.
Catedral de Burgos. Detalle escultórico de la portada del Sarmental.



lunes, 10 de febrero de 2014

José Valencia, o cómo cortar la respiración del respetable




Si, como afirmara Sir John Gielgud, el arte del teatro consiste básicamente en lograr que el público deje de toser, el arte del flamenco llegaría a perfección cuando el cantaor consigue cortar de cuajo la respiración de los aficionados. Entiéndaseme bien: que dejen de respirar, al menos, un rato largo, mientras aquel presenta sus credenciales. Y José Valencia alcanzó ese milagro, y nos puso el corazón en un puño, al apostarlo todo, en frío y sin compañía, en unas tremendas tonás con las que comenzó su actuación en el Salón de Columnas del Teatro Bretón ante un público que recordaba su anterior presencia (hace  ya cinco años) y que acudió a la búsqueda de sabiduría antigua en estos tiempos de tanto naynoná.

Robert Peter Napper. Joven gitano de Sevilla vestido de "majo". 1860-63.
José Valencia es un lebrijano nacido en L´Hospitalet, gitano, serio, con grandes capacidades y, gracias a su actitud, con amplias posibilidades. A sus casi cuarenta años está pletórico de energía y de ganas, y es un profesional constante que, metido en el mundo del espectáculo ¡desde los cinco años!, ha visto pasar modas y estrellas rutilantes desde donde le ha tocado estar, unas veces detrás (cantando muy bien para el baile, donde tanto se aprende) y ahora en primer plano, reinventándose y asumiendo toda la responsabilidad y ofreciendo un recital largo y exigente, (tientos-tangos, malagueñas abandolás, soleá, seguiriyas, bulerías,…) sin alivios, sin descanso, sin retórica vana, por derecho, para gustarse y dar gusto a la entregada concurrencia, que es, digo yo, para lo que se debe dar o se va a un concierto.

Charles Clifford. Gitanos cantando. 1860. 


José Valencia nos recuerda a cantaores “de otra época”, a los que forjaron el cante grande tal como lo conocemos y a los que lo mantuvieron y mantienen, voces poderosas y flexibles como las de Antonio Mairena, Caracol, Juan Peña, Terremoto,… Tiene una dicción clara y precisa, muy expresiva, y muy buen gusto a la hora de elegir las letras, que dice y cuida con todo el cariño que se merecen por ser parte sustancial del legado recibido. Da gusto ver cómo aguanta -pegado a la silla o a pie firme y sin amplificación- hasta que todo está dicho, hasta que el cante ha terminado, sin desplantes ni espantadas.

Emilio Beauchy. Café cantante sevillano. 1888.

Viéndole en directo se entiende la importancia de todo el cuerpo como máquina para cantar: su gestualidad, tan sobria, tan tensa, tan precisa, nos enseña cómo todos sus miembros están implicados en la modulación del sonido emitido, y que es necesaria su participación para lograr los sofisticados efectos de vibración, melisma y ornamento que dan a su voz ese extraño brillo antiguo tan atractivo. 
Por otra parte, es un prodigio de compás, y ensambla de maravilla su voz y la guitarra con sus pitos, palmas y pies. En esos momentos mágicos e intensos en el escenario hay muchos más que dos, y ligados de manera natural.
Para dar un recital de esa categoría hace falta también un guitarrista como Juan Requena, que le acompañó con total solvencia en tan severo repertorio, sin renunciar a sus oportunidades para aportar imaginación, musicalidad y un brillante sonido muy valorado por el público.
El disco de José Valencia, de 2012. Un título que suena a desafío. El que quiera entender...
Ambos artistas se merecen más suerte y, sobre todo, más reconocimiento. Pero, como sabemos bien por tantos casos, el mundo del arte -como la vida en general- no tiene entre sus indudables cualidades la de ser justo. Ojalá cambien las cosas y, en esto también, desaparezca o se controle adecuadamente el peso de los "lobbies".



José Valencia.
Salón de Columnas del Teatro Bretón. Logroño.
Jueves flamencos.
6 de febrero de 2014.