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viernes, 17 de marzo de 2023

El murmullo


(...) "El cielo se teñía de violetas y naranjas cuando emprendieron el camino de regreso. No había apenas viento y el mundo parecía a la espera de algo. De pronto llegó a sus oídos un rumor que venía de lo alto de las copas de los árboles. 
La baronesa se detuvo. 

—Escuchen. 
Algo estaba irrumpiendo. Vagamente amenazador, tumultuoso. 
—Es el murmullo —dijo la baronesa. 

El sol era un disco incandescente en huida. El cielo imitaba a un cuadro de Turner. 
—Van a ver algo extraordinario, queridas —anunció la aristócrata, orgullosa como si ella misma lo hubiera propiciado—. El baile en el cielo del que les habló el señor Harting, ¿recuerdan? 
La baronesa levantó un dedo, señaló un punto distante del firmamento. 
—Miren, por allí. 
James Crombie. Murmullo de estorninos en Irlanda.
Las dos americanas observaron entonces algo inexplicable, por extraño, por nunca visto. En el cielo se movía una voluta oscura. Una inmensa sombra en movimiento. El murmullo que hace un momento parecía aún lejano era ahora atronador. Procedía de una turba veloz de pájaros danzantes. Lo más curioso era que se movían todos juntos, como si atendieran a una única voluntad. Giraban a una, se disgregaban, se disolvían y se volvían a agrupar de nuevo, transformados en una mancha negra y densa que se contorsionaba. 
Las dos foráneas se estremecieron de frío, o de emoción. 

—Los estorninos —anunció la baronesa. 

Durante el rato que duró aquel espectáculo sobre el cielo en llamas, Catherine y Martha experimentaron la extraña emoción de la belleza. La misma que en aquel mismo lugar llevó al poeta Samuel Coleridge a escribir que el estornino «brilla o tiembla, tenue, sombrío, espeso, profundo, oscuro». Así somos los seres humanos: nos sobrecogemos ante lo hermoso y un segundo después hacemos lo imposible por retenerlo o lloramos amargamente su pérdida. 
Ed Sykes.
Por la noche, cuando Martha escribió en su diario sobre los estorninos de St. James Park, reparó en algo importante: hay cosas que no pueden escribirse. El lenguaje es útil para los asuntos prácticos, pero no alcanza para hablar de las emociones profundas. Comprendió también que la abundancia de adjetivos de los versos de Coleridge eran el torpe intento del poeta de capturar aquel instante que se había ido para siempre. Y que no lo había logrado, a pesar de todo, del mismo modo que ella tampoco lo conseguiría. En su cuaderno, Martha escribió: «Ni que viva mil años olvidaré el espectáculo que he presenciado esta tarde». Y también: «Ojalá los estorninos pudieran bailar algún día sobre las aguas de la bahía de Nueva York». (...)"

Care Santos. El loco de los pájaros. Ed. Destino. 2023.

miércoles, 15 de marzo de 2023

La voz interior

Ansel Adams. California. Circa 1940.
(...) "En Rooka Hall se cenaba siempre a las siete en punto. Todos procesionaban hasta el comedor, donde compartían algunas viandas más bien frugales en el más absoluto y reverencial silencio. Al terminar, la abuela volvía a sus epigramas, les hablaba otra vez de la voz interior, delicada como el susurro de una brisa suave. Les pedía que le prestaran especial atención antes de dormir, porque Dios gusta de hablar a sus hijos justo antes del sueño.

—Estad atentos, niños. No dejéis que el ruido del mundo os distraiga.

Tras la cena había orden de retirarse. En Rooka Hall todo el mundo se acostaba a las nueve y media. Se espabilaban las velas y se repartían las palmatorias. Tras los deseos de buenas noches, cada luz se iba por su camino.
Robert Adams. De la serie Summer Nights Walking. 1976-82.
Eugene y Martha cumplían la orden de meterse en la cama temprano, pero siempre se quedaban un buen rato hablando en voz baja. Era su rato de los balances del día y de las confidencias. Cuando su hermana se dormía —siempre antes que él—, Eugene escuchaba el silencio y ponía mucho empeño en atender, por si su voz interior tenía algo que decirle. Lo único que lograba escuchar era el rumor de las ramas de los grandes árboles, el fragor misterioso del mundo. A veces también el ulular de alguna lechuza, las pisadas de algún ser misterioso, el viaje de los segundos en el reloj de la escalera o la sinfonía de la lluvia. En ocasiones le parecía oír el lento movimiento de los astros en el firmamento, o el crujir del deshielo que comenzaba en lo alto de las montañas o el latido del corazón de Martha, que dormía en la cama contigua. O tal vez solo era el lugar, que le aguzaba los sentidos. Hay lugares que nos vuelven poderosos. Rooka Hall fue para Eugene Schieffelin uno de esos lugares." (...)

Care Santos. El loco de los pájaros. Ed. Destino. 2023.
Walker Evans. Granja en Westchester County, Nueva York.1936.