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lunes, 24 de agosto de 2026

La escuela de la vida

Belita Gracia. El ángel. León, 1968.

"¡Ojalá te ahogues! ¡Paquiaprendas!"

Oído al vuelo al borde de la piscina a una Madre Medea dispuesta a lo que haga falta con tal de que el fruto de sus entrañas obedezca y cumpla, por su bien, todas sus expectativas.

André Kertész. Nadador bajo el agua. Esztergom, Hungría. 1917.

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lunes, 5 de febrero de 2024

Para una historia de las miradas

Alfred Stieglitz. La terminal de tranvías de caballos. Nueva York, 1893.

(...) "Yo quisiera una Historia de las Miradas." (...)

Roland Barthes. La cámara lúcida. Nota sobre la fotografía. Ed. Paidós, 1990.
André Kertész. Ernest. París,1931.

miércoles, 6 de diciembre de 2023

¿Mirar sin ver?

André Kertész. El perrito. París, 1928.

(...) "La mirada fotográfica tiene algo de paradójico que encontramos también algunas veces en la vida: el otro día, en el café, un adolescente, solo, miraba la sala; a veces su mirada se posaba en mí; tenía yo entonces la certeza de que me miraba sin que por ello estuviese seguro de que me viese: distorsión inconcebible: ¿cómo mirar sin ver? Diríase que la Fotografía separa la atención de la percepción, y que sólo muestra la primera, a pesar de ser imposible sin la segunda; se trata, lo que es aberrante, de un acto de pensamiento sin pensamiento, de un apuntar sin blanco. Y es sin embargo este movimiento escandaloso lo que da lugar a la más rara cualidad de un aire. He aquí la paradoja: ¿cómo puede tenerse el aire inteligente sin pensar en nada inteligente, mirando ese pedazo de Baquelita negra? Lo que ocurre es que, ahorrándose la visión, la mirada parece estar retenida por algo interior. Este pobre muchacho que tiene un cachorro recién nacido entre las manos y que acerca su mejilla hacia él (Kertész, 1928) mira al objetivo con sus ojos tristes, ansiosos, asustados: ¡que cavilación tan lastimosa, tan desgarradora! De hecho, no mira nada; retiene hacia dentro su amor y su miedo: la Mirada es esto." (...)

Roland Barthes. La cámara lúcida. Nota sobre la fotografía. Ed. Paidós, 1990. 

André Kertész. Autorretrato. 1935.

viernes, 16 de octubre de 2015

El buen consejo

Hammershoi. Interior con joven leyendo. 1898.
"Acuérdate siempre de esta frase: `al principio de toda carrera hay un milagro de trabajo´. Y trabajo significa soledad."

Max Jacob. Consejos a un joven poeta. (José J. de Olañeta, editor. Palma de Mallorca, 2015)
André Kertész. Autorretrato con libro y flores. París, 1927.
La recomendación es incombustible, útil en toda edad y válida cualquiera que sea la inclinación y veleidades del destinatario. Tan buena como exigente; tan sabia como necesaria; tan ineludible como impracticable. 

Francisco de Zurbarán. Las tentaciones de San Jerónimo. Monasterio de Guadalupe. 1639.
Lo que resulta curioso es que esos resistentes invitados a la soledad a menudo son representados tras el parapeto de un libro, útil apotropaico que mantiene a las tentaciones a distancia. Aunque no siempre, afortunadamente.

viernes, 24 de abril de 2015

De libros y bibliotecas

Joost Swarte. Isla de libros.
El amor por los libros es una pulsión que llena nuestra vida de placer y satisfacción diversa. Pero, como cualquier otro amor, ha de ser desinteresado y consciente de que no durará para siempre. 
Manolo Valdés. Biblioteca.
En "Pisando ceniza", las excelentes memorias del librero y editor Manuel Arroyo-Stephens, este nos cuenta un esclarecedor sucedido, coprotagonizado con el librero de viejo Jovino, castizo personaje que en cierto momento trasladó el objeto principal de su modus vivendi desde la atención callejera noctámbula (un servicial sereno pluridisciplinar) hasta el tasado a ojo de cubero interesado de bibliotecas que no iban a seguir a sus creadores en el incierto rumbo hacia la otra vida. Dice así:
Chema Madoz. Arco.
"Me propuso que pusiéramos un cartel en el escaparate de mi librería, anunciando que se compraban bibliotecas. Esta es una calle muy buena, está muy cerca del Tribunal Supremo, me dijo. Por aquí tiene que morir mucha gente con buenas bibliotecas. Mucho abogado, mucho magistrado, mucho catedrático. No sé si usted lo sabe, pero cuando muere alguien por la escalera principal bajan un día el cadáver y por la puerta de atrás al día siguiente la biblioteca. A las viudas los libros no les sirven para nada. Quieren sacarlos de casa cuanto antes porque acumulan polvo y ocupan mucho espacio."
Wolf Suschitzky. Librería de viejo en Charing Cross Road. Londres, 1937
Ni a las viudas, ni a los viudos, ni a los hijos, ni a los sobrinos. Ni a las oenegés beneficiarias de herencias de gente sola o con ganas de ajustar cuentas pendientes.
Así que, si compras (como debes) libros, no pienses en legados futuros. Léelos cuanto antes. Disfrútalos mientras puedas.
André Kertész. El lector. París, 1963.

jueves, 22 de enero de 2015

Aprende de memoria este poema de György Faludy

 György Faludy en 1994. Foto de Szebeni András.
Recientemente, las editoriales Fulgencio Pimentel y Pepitas de calabaza han dado a la luz Días felices en el infierno, memorias de quince años de la atropellada vida del poeta húngaro György Faludy traducidas al castellano por Alfonso Martínez Galilea. 
Camisa de la portada del libro, que reproduce un cartel de Pál Markovics para el Frente Popular húngaro. 1949.
A Faludy le tocó vivir y fue víctima de una "época interesante", en la que fue arrollado por varias apisonadoras totalitarias y mantuvo una vitalidad a prueba de exilio y campo de concentración, quizá forjada en su devoción por François Villon y en sus acendradas virtudes cosmopolitas (don de lenguas, cultivo provechoso del desarraigo y disfrute alegre de la diversidad afectiva).
En la presentación del libro, Alfonso Martínez Galilea leyó (tan bien como siempre) este hermoso poema:


André Kertész. Esztergom. (Hungría). 1915.

"Aprende de memoria este poema mío;
los libros solo duran un suspiro
y este será requisado por los guardias fronterizos húngaros,
lo quemarán en la hoguera, lo cubrirán de cicatrices,
la biblioteca lo dará por perdido, será desencuadernado,
el papel desecado, cuarteado, crujido, 
comido por los gusanos, desmigado hasta convertirse en polvo,
tostado lentamente hasta entrar por sí mismo en combustión
cuando lleguemos trepando por Fahrenheit
hasta 451, porque esa será la temperatura
que alcance tu aldea al arder.
Aprende de memoria este poema mío.

Aprende de memoria este poema mío.
Pronto los libros habrán desaparecido y descubrirás
que ya no hay versos ni poetas
ni gasolina para el coche o el autobús
–ni siquiera para el coche fúnebre–,
ni cerveza para darte ánimos hasta acabar doblado;
las tiendas de licor habrán sido demolidas o clausuradas,
el dinero solo servirá para ser arrojado a la basura,
a medida que se acerque el día
en que la televisión proyecte incesantemente
rayos mortales en lugar de filmes de éxito
y no habrá un alma a quien tender la mano
y todo se hallará ante su fin
salvo aquello que guardes en el interior de tu mente,
de modo que haz un hueco allí para estas líneas
y aprende de memoria este poema mío.

Aprende de memoria este poema mío;
recítalo cuando las mareas corruptas
desborden los cauces apestando a lejía,
cuando el vómito de la industria se extienda
cubriendo cada palmo de terreno,
cuando hayan asesinado cada lago y cada estanque,
la Destrucción encorvada sobre su cayado,
las hojas negras y podridas en sus ramas; cuando la plaga
hirviente oprima con sus gárgaras la garganta de la Primavera
y la brisa del crepúsculo no sea sino veneno, ponte
tu máscara de gas y línea
a línea declama este poema mío.

Aprende de memoria este poema mío
de manera que, incluso muerto, todavía pueda ver el día
en que privado de luz, de agua y gas
no puedas conservar ya tu casa,
y dando tumbos en busca de una cueva,
en busca de nueces, de bayas, de raíces para sobrevivir,
consigas un garrote, encuentres un manantial,
un trozo de tierra y, si acaso tiene dueño,
lo mates y te comas el cadáver.
Acompañaré tus pasos vacilantes
por entre las duelas y los escombros
susurrándote: "Estás muerto, estás acabado.
¿Adónde irás? El alma se heló en tu pecho
cuando abandonaste tu hogar".
Aprende de memoria este poema mío.

Tal vez allá arriba, en la tierra,
no quede nada y tú, adentro,
en lo profundo de tu búnker, te preguntes cuánto falta
hasta que el aire envenenado acabe filtrándose
a través de las sucesivas capas de plomo y hormigón. ¿Pudo
algo haber tenido sentido para el Hombre
si es así como debe acabar la cosa?
¿Qué palabras de consuelo puedo enviarte?
¿Habré de admitir que has llenado mi mente
durante incontables años, a través de la ciega
y opresiva oscuridad, a través de la luz amarga,
y que, aunque partí hace mucho, mis ojos
antiguos y heridos te observan todavía?
¿Qué más me resta por decirte
a ti, que, enfrentado a los designios del tiempo,
no encontrarás útiles ni la vida ni el tiempo?
Será mejor que olvides este poema mío."

György Faludy. Aprende de memoria este poema mio (versión inédita de César Sánchez, que prepara la publicación de la poesía de Faludy en su editorial, Fulgencio Pimentel).
 
André Kertész. Circus Budapest. 1920.
Para que te hagas una idea cabal de cómo suenan el húngaro y Faludy, pulsa aquí y escucha este poema en la versión de Lázsló Foldes (Hobo), una de las muchas adaptaciones musicales que se han hecho de sus versos a lo largo de los últimos ochenta años.
André Kertész. Esztergom. (Hungría). 1917.

viernes, 16 de enero de 2015

Vuelo sin motor

Yves Klein. Salto al vacío. 1960.
En plena euforia colectiva por el reciente lanzamiento del satélite soviético Sputnik (que en ruso significa, como no podía ser de otra manera a pesar de los logros semánticos del materialismo dialéctico, "satélite"), el francés Yves Klein saltó al vacío en 1960 desde la ventana de su estudio de pintor en su afán por conquistar la sensibilidad inmaterial del espacio. Quería, con sus compañeros, construir un "nuevo realismo" que les llevó a aproximarse a la realidad desde lo real, a partir del objeto y transcendiendo de la copia mimética; para ello se involucró en estrategias desconocidas (que con el paso del tiempo llegarían a llamarse happening y performance)  inmerso en la apasionante aventura de aprehender lo real percibido en sí mismo.
Koldo Chamorro. España Mágica. Andalucía, 1982.

Esa sensación de "desmaterialización del arte", esa percepción de "lo espacial como espiritualidad", no tiene que estar muy lejos de lo sentido por el joven campanero que echa a volar y levita abducido por la dinámica mecánica generada por el giro acelerado y constante de la campana, ante la mirada cómplice (y adivinamos envidiosa) de los copartícipes necesarios para tan sonoro rito.

Sevilla. Final de volteos y repiques de campanas
en el centro de la ciudad. 3.1.2015.
André Kertész. New York City Ballet. 1938.

Pero la conquista del espacio se disfruta más cuando es un logro colectivo y todos emprenden el leve vuelo a la vez, ante el asombro perplejo de los no iniciados. 
Ya lo decía Yves Klein en su Manifiesto del Chelsea Hotel (sí, el mismo, el que sale en todas las canciones de una época): "El hombre sólo será capaz de conquistar el espacio cuando lo haya impregnado con su propia sensibilidad".


jueves, 15 de enero de 2015

Un encuentro inesperado

André Kertész. Papeles y libros tirados. 1974. (Serie de cinco fotos).
André Kértesz fue un fotógrafo muy aficionado a los libros, a las bibliotecas y a retratar lectores, estuvieran en confortables estudios, en apacibles rincones domésticos o en la diversa precariedad de los sin techo. 

La lectura selectiva siempre tiene mucho de arbitrario. Al margen de las obligaciones ineludibles con "lo imprescindible" y la novedad, hay que atender al implacable canon, que, contra toda lógica, siempre es múltiple y contradictorio. 

También hay que dejar un hueco para los libros que, cada vez más, entran por los ojos en una pasada rápida por un escaparate o en la visita demorada de una librería. 

Pero nunca hay que despreciar los encuentros fortuitos que nos puedan salir al paso en cualquier improbable lugar. 

Del azar también pueden surgir grandes descubrimientos y extraordinarias pasiones.


André Kertész. Sin título. Libros dispersos en la acera. 1974.
(Este es el "escenario" de la secuencia anterior, con toda su utilería y maquinaria. Nada falta para el desarrollo de la historia, porque nada más se necesita. 
Sólo queda una duda que seguramente tú, querido lector, despejarás: ¿qué libro ha interesado tanto a nuestro protagonista? Espero tu iluminación (como en el caso de la peliculita de Duane Michals) en los comentarios de esta entrada. 
Se generoso y escribe aaaalgo).