![]() |
| Chavela Vargas. |

Fue después de medianoche, la fila de gente había ido adelgazando, cuando apareció una mujer de cincuenta y tantos años, con el pelo muy corto color gris perla, vestida o más bien tapada con unos anchos pantalones negros y un chaquetón también negro abotonado hasta el cuello. Sin saludar ni mirar a nadie, dirigió sus pasos hacia donde estaba Paloma. Se dieron un largo abrazo, sollozando las dos en silencio. Luego la mujer se acercó al catafalco y durante un rato contempló el rostro de su amigo. Se dejó caer a un lado, medio sentada y medio arrodillada, y empezó a cantar, al principio como en un susurro, canciones del repertorio de José Alfredo. Alzó un poco la voz, dolorida y ronca, mientras se hacía el silencio en la estancia. Sacó de uno de los bolsillos del chaquetón una pequeña botella, dio unos sorbos y siguió cantando. Una de las amigas que acompañaban a Paloma le pidió permiso para mandar sacar a aquella mujer de allí, le parecía irreverente su comportamiento. Paloma se negó. Aquella mujer era amiga suya, había sido amiga de su marido y tenía derecho a comportarse como quisiera, no le parecía que estuviese armando ningún escándalo. La mujer siguió cantando suavemente, como si estuviese arrullando al muerto, y cuando acabó con la primera botella sacó una segunda del otro bolsillo del chaquetón. Se acercaba la madrugada cuando la mujer se levantó y, sin despedirse de nadie, se dirigió con paso seguro hacia la puerta y desapareció. (...)






