viernes, 21 de agosto de 2026

Donde menos se piensa... salta la liebre

Alberto Durero. Liebre joven. 1502.

(...) "Presté atención a los sonidos del entorno. La calma reinante permitía oír el roce del viento contra el suelo y su bramido al alcanzar el bosque. Entre las pausas del viento, había calma suficiente para distinguir los reclamos de las distintas aves. Era un paisaje sonoro de cielo, árboles y tierra, no el eco artificial y el barullo del hogar de los humanos, y a partir de ese momento, me propuse ser más consciente y tener más cuidado con el tintineo de las cacerolas, el grifo abierto al máximo o los gritos, y con cómo podía percibir el lebrato esos sonidos. El animalito se pasaba la mayor parte del tiempo en completo silencio. Pero cuando tenía apenas unos días de vida, comenzó a emitir un leve «chi chi chi» apenas audible en mi presencia y mientras exploraba el cuarto, como si estuviera rechinando los dientes o juntando las mandíbulas con mucha, pero mucha cautela. Confié en que se tratara de una señal de que estaba relajado." (...)

Chloe Dalton. La liebre y yo. Traducción de Celia Filipetto. Libros del Asteroide, 2026.
Barry Flanagan. Liebre C III. 2002.

4 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Para los vecinos, mucho mejor que un putoperro.

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  2. Mejor una salamandra. ¿Dónde va a parar? Cualquiera sabe…

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  3. Al pasar el arroyo, dijo la liebre:
    “patas, ¿pa qué os quiero, qu’el galgo viene?”

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