lunes, 20 de enero de 2020

Cantar para no llorar

Bar del norte de España, hacia 1930.
(...) «Ha pasado un ángel, dice, mirando al techo.
   ¡Me pido el muslo!, grita afeminando la voz Mari Bombita, mirando también al techo. Moquillo lo mira con desdén, mientras los demás callan.
   Parece que de golpe fuésemos conscientes de que hemos hablado toda la noche solo por matar ese silencio que ahora se ha apoderado de nosotros, ese silencio que nos acechaba para reavivar el duelo que hemos venido a compartir, a aliviar, a ahogar con copas. Es el mismo silencio que reina en la noche allá afuera, sobre el mundo cubierto por un manto de nieve, sobre la tumba reciente y helada de Borriquina.
   Julio Palangana empieza a echar sus cuentas sobre la tabla del mostrador con la tiza que suele llevar encajada en la oreja. Debajo de las iniciales de cada uno ha ido apuntando las consumiciones a lo largo de la noche. Mueve los labios bisbiseando: ocho, nueve, diez copas
bajo cada nombre, de anís, de coñá, todas al mismo precio. Cuando acabe ha llegado la hora de pagar y de irse. Lo miramos sin decir nada, queriendo que no acabe sus cuentas. Hay algo importante que nadie se atreve a pedir, algo que esta noche necesitamos más que nunca.
   Es Moquillo, con voz carrasposa y quebrada, quien rompe con un ruego el silencio.
   ¡Chuchi, cántanos un tango!, grita implorante. ¡Cántanos un tango, coño, que tenemos ganas de llorar!

Carlos Gardel ("el Zorzal Criollo"), afinando el oído. Circa 1930.
   Julio Palangana ha sumado todo lo que tenía que sumar, ha cerrado sus cuentas y se vuelve a colocar la tiza en la oreja. Mira en silencio, expectante, a Chuchi Zacarías. Lo miramos todos. Chuchi sigue con la mirada perdida en el suelo, observando las estrías negras de una baldosa rota. Parece que trata de buscar un sentido en las finas líneas que mueren en el borde acanalado y negro.



         Carlos Gardel canta "Tomo y obligo" en "Las luces de Buenos Aires." 1931.   

  
   Lentamente Zacarías adelanta su bota de cordones deshilachados, y tapa la baldosa como si quisiera tapar también sus pensamientos. Luego se levanta y da unos pasos cansinos, acercándose al mostrador. Apoya en él la espalda, se vuelve hacia la puerta y la mira intensamente, como si quisiera ver a través de ella la noche que devuelven los cristales. Palangana con gesto serio le sirve una copa que ya no apunta en la cuenta. Chuchi se lleva la copa a los labios, pero apenas los moja. La bombilla que cuelga sobre el mostrador ilumina su pelo blanco, denso, alborotado. Sigue mirando la puerta y cierra los ojos en el instante en que cogiendo aire se arranca con “Tomo y obligo”.
Vik Muniz. Manolete. 2001.

   Cuando acaba se vuelve a llevar la copa a los labios, da un trago pequeño y se queda cabizbajo. Un cuchillo se ha clavado en las gargantas y nadie mira a nadie. Chuchi Zacarías dice que nació con el tango. Vio cantar a Gardel en el teatro Pavón de Madrid, allá por el año 27. Lloró su muerte como lloraría quince años más tarde la de Manolete. Tienen que haberle pasado a uno muchas cosas para cantar como canta Chuchi. Siente uno ese dolor que queda dentro de las cicatrices. Se le han hundido los ojos, de pronto achinados y duros. Alzando la copa, sin apartar la mirada de la puerta, dice con voz firme: y ahora, “Caminito”. Hace una pausa larga dirigiendo un brindis hacia la puerta, hacia la noche inmensa y negra. Añade en tono desafiante: ¡va por Borriquina!


Enrique Morente canta "Caminito" en la despedida 
de Fernando Fernán-Gómez. 23.11.2007.

   Borriquina siempre le pedía “Caminito”, hasta ponerse pesado. Chuchi canta con rabia, casi llorando. Le sabe la boca a sangre. Ha empezado en un tono muy alto y cuando llega al final se le quiebra un poco la voz en los últimos versos. Julio Palangana le rellena la copa, aunque la tiene casi hasta los bordes. Chuchi se la queda mirando un rato largo. Luego se la toma de un trago, con un gesto agrio, y la deja con desdén sobre el mostrador. Vuelve con pasos temblorosos hacia el banco que ha ocupado toda la noche.
   Ahora todos empiezan a moverse y a acomodarse. Intentan volver a la postura en que estaban antes de que cantase Chuchi. Hasta que Pepe Tirillas rompe el silencio.
   Dime cuánto te debo, Julio.» (...)


Manuel Arroyo-Stephens. Palangana. (Recogido en Pisando ceniza. Ed. Turner. Madrid, 2015)

Luis Escobar. Domingo por la tarde. Albacete, 1930.
Cantar por no llorar.
Cantar como quien llora.

2 comentarios:

  1. Mi abuela tenia una tienda de ese tipo, la de todo un poco y el ambiente es como el que describes. copas, mas copas y conversaciones serias, y al final alguien arrancaba a cantar, festivamente una isa, o con el lamento de una folia.

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    1. Pues habrá que hacer un grupo de esculturas a partir de ese recuerdo, ¿no?
      Un abrazo, querido amigo. Gracias por pasarte por este tabanco. Hasta pronto.

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