martes, 30 de enero de 2018

Fiebre

Mariano Fortuny. Cuatro pinturas sobre la vejez. 1863-71.
Una gripe de tres semanas da para mucho: puedes percibir el cuerpo como una incontrolable caja de ruidos; sentir incrustado en la frente un marco rectangular en el que se agita una tormenta; tiritar y sudar a la vez; quebrarte en cada estornudo; mermarte y expandirte a cada rato; sentirte transparente, solo pellejo y hueso; apreciar cómo cruje el pecho, oírlo crepitar de continuo, sonar como hemos oído que suenan los barcos de madera en las películas, en agitación constante en medio de la incontrolable tempestad; sentir distintos y descoyuntados cada uno de los huesos de la caja torácica, una mezcla de xilófono y gamelán; percibir y escuchar cada articulación; desaparecer la preocupación por todo lo exterior; verte perdido como si fuera para siempre; no saber, temer, temblar; 
pensar que te vas a morir más que que te estás muriendo; descubrirte irremisiblemente caduco, y a corto plazo; perder el interés y espantarte por haberlo perdido; desesperar; tratar de respirar frente a una masa elástica que lo ocupa todo y que casi logra impedirlo; no querer ver, dejar de mirar, ser incapaz de leer, desinteresarse por todo; apreciar otro nivel de percepción acústica, sorprenderte por ello y valorar la escucha de una manera especialmente sutil, capaz de apreciar matices hasta entonces desapercibidos, en lo delicado y en lo crudo, en cualquier ruido y en la música más elaborada; no necesitar, desprenderse, dar por perdido; renunciar al alimento, del que solo se aprecian las temperaturas extremas, las texturas y la acidez, una vez abolido el gusto; 
sentirse sobrar, querer partir, acabar de una vez, marchar; sufrir la garganta como rígida, ardiente, llena, punzante, exigida para realizar sus funciones pero incapaz de hacerlas sin dolor; percibir las cañerías, los entresijos, la casquería, los descartes, y apreciar que todo suena y que suena mal; necesitar a la vez -y tanto- el viento frío y la ducha caliente, la manta eléctrica y la helada terraza; apreciar como humillantes los mocos, la sangre, las flemas, cualquier fluido; reparar obsesivamente en el ronco jadeo de la respiración, en su rítmico rugido de ida y vuelta, y obsesionarse con la insuficiencia; experimentar un miedo equivalente frente a lo desconocido y a lo previsible, ante lo seguro vivido como incierto; sufrir una y otra vez el deprimente panorama de la hilera de píldoras y pastillas, inmensas, intragables, y aborrecerlas casi tanto como los jarabes;...
Si un asunto menor y relativamente controlado me deja así, si no aguanto estar "pachucho", ¿qué vejez me espera?

2 comentarios:

  1. Decía Ciorán que “Envejeciendo aprendemos a convertir nuestros terrores en sarcasmos”.

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