viernes, 9 de octubre de 2015

Sobre hélices, escultura pública y árboles


Las hélices propulsoras del Titanic.  Circa 1912.

Cuentan que en 1912, durante una visita al Salón Anual de la Aviación de París, Marcel Duchamp, deslumbrado por tanta belleza, se dirigió a Constantin Brancusi y afirmó categórico, como siempre: "Pintar se ha terminado. ¿Hay alguien capaz de hacer algo mejor que esta hélice? ¿Acaso sabrías tú?".

Publicidad del ventilador diseñado por Peter Behrens para AEG. 1908.
Brancusi estuvo de acuerdo, aunque, para nuestra fortuna, siguió esculpiendo, siempre más interesado por el vuelo que por los propios pájaros.
Constantin Brancusi. Pájaro en el espacio, todavía en L´atelier. 1928.
No es de esa opinión, lamentablemente, la autoridad, que, a la menor oportunidad, encarga por un precio injustificable un chisme de tres dimensiones a un parroquiano y lo coloca en cualquier rotonda para dar gusto a la clientela y de paso entorpecer la visibilidad.
Cuánto mejor, si fuera necesario, una hélice.

F.G. Hélice y tamarindos en el faro de Biarritz. 9.2015.
Aunque, pensándolo bien, todavía mejor un árbol que una hélice. Cualquier árbol. Un tamarindo, por ejemplo.

4 comentarios:

  1. Hemos de sospechar que Brancusi escuchó con atención a Duchamp aunque la aplicación útil e inteligente de la triple espiral, el Triskel, fascinara más al de Vinci que al Rumano. Lo que seguro que ambos no tenían era la absurda necesidad de dar forma a los miserables deseos de perdurar del "gobernador" de turno que, aún hoy -y quizás desde siempre: echa un vistazo a la razón de ser de las esculturas en la antigüedad-, cambiaría las estúpidas esculturas que por imitación pretende para rotondas, paseos y plazas por un busto propio, una cabeza bien gorda, con la mirada perdida hacia el infinito, representando su divino ensimismamiento en cumplir los planes de sus conciudadanos que solo él, o ella, como elegidos visionarios, son capaces de vislumbrar.
    El único problema es que la abyecta discusión sobre la colocación de su propio busto, el del gobernarte/a me refiero, se topa "de cara" con el deseo del artista de colocar el suyo... Debe ser esta la razón por la que esos mamarrachos de bronce que pueblan el mundo entero, habitualmente en el simbólico cruce de caminos, se resuelvan con un engendro que según el ángulo desde el que los observemos nos darán la faz del político, y con solo rodearlo unos pocos centímetros, la del artista que lo creó. Cuánto mejor árboles, es cierto: cualquier árbol o vegetación.

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    1. Ya sabía yo que el amigo H. tenía cosas interesantes que decir al respecto.
      Gracias por contarlas.

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  2. A ver qué opinan el tandem Fabra-Ripollés.

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